Perdona, Padre, como nosotros perdonamos - San Mateo 18, 15-20 -
Me gustaría aprender a vivir como el centinela de Ezequiel: atento, siempre.
Pero no vigilante contra los enemigos. No como una de esas centinelas que mantienen a raya los peligros aguzando la vista y dando la voz de alarma. No, me gustaría aprender a ser un hombre atento, ante todo, al sonido de Sus labios: «cuando oigas de mi boca una palabra». Un hombre valiente, capaz de perderlo todo con tal de no perder la verdad: «tú deberás advertirles de mi parte».
Cómo me gustaría ser como el centinela de Ezequiel, que no es un centinela asustado ante la vida, ni uno que mira al horizonte para encerrarse a la defensiva y no permitir invasiones… sino un hombre valiente ante todo consigo mismo: para quien incluso el destino del malvado forma parte de su historia: «de su muerte yo le pediré cuentas a mí mismo».
Un versículo terrible y valiente, verdadero retrato del profeta: no solo un portador de advertencias divinas, sino un ser que asume el riesgo de entrar en relación con el mal, porque la vida no se cambia condenándola, sino asumiéndola. Un centinela atento y dispuesto a comprometerse.
No me preocupa la falta de gente entre los muros de la iglesia —eso, en el fondo, es también una buena señal—; me preocupa la dura vida en ausencia de centinelas; me preocupa no ser capaz de caminar hasta lo más profundo del corazón de la Palabra, porque no bastan los maestros: se necesita alguien que cuide de mí y que esté dispuesto a compartir mi destino.
Me preocupa que, si no encuentro verdaderos profetas, gente que se deje involucrar por mi miseria, el Evangelio siempre me resultará algo lejano, un vago aroma tranquilizador.
Cómo desearía que ahora solo quedara el amor, solo la caridad. Solo la fuerza que fecunda la vida. Sueños del paraíso que vendrá. Pero quizá, al menos, mientras tanto se pueda repetir, sin añadir nada. Que nuestro único derecho es ser amados, y lo mismo ocurre con los deberes.
Cómo desearía que todo el andamiaje se revelara tal y como debe ser: un gran e inmenso pretexto. Todo es un pretexto: cada aliento, cada reverencia, cada lágrima, cada camino. Cada objeto de esta habitación, cada libro, cada pesadilla, cada dolor. Cada cosa de mi escritorio, cada página del Evangelio, cada calle de esta ciudad que pide ser contemplada más allá del horizonte de mi ordenador, cada gota de esta lluvia y cada preocupación que no deja de atormentar el corazón.
Y también la Ley, sí, incluso la Ley, que por fin se despoje del manto del mandamiento y se revele tal y como es: un pretexto para amar, para sentirse responsable de la felicidad de cada persona.
Y si la Ley no conduce a gestos concretos de atención, de cuidado, de protección de todo ser vivo, que sea la propia Ley la que cambie, por amor, porque solo el amor implica compromiso.
Una Iglesia que se convierta a la caridad, que cambie para amar, para no tener otra deuda más que «el amor mutuo».
Cómo me gustaría aprender a llamar hermano, a sentir como hermano a toda persona que cometa una falta contra mí. Porque la primera forma de desenmascarar el mal e impedir que invente nuevos nombres —los nombres matan como cuchillas afiladas— es que la falta no nos convierta en enemigos.
El primer gesto profético de la centinela es sentir como hermano, sobre todo, a quien comete el mal; es sentirse parte del gran universo, sentirse un solo cuerpo con los hombres, los animales, las plantas y el aire. Y si el mal golpea a cualquier nivel, sentirse heridos. Como hermanos. Estar inmersos en una especie de compasión cósmica.
Y entonces, callar, aprender a llorar si el rostro de la vida está desfigurado, evitar asumir, con orgullo enmascarado de dolor, el papel de víctima, sentirse, si no culpable, al menos responsable de formar parte de un mundo que olvida que no es más que el pretexto para mostrar el rostro del amor.
Y no aprovechar nunca la ocasión para la venganza, nunca. Si alguien me hace daño, soy doblemente culpable si utilizo ese mismo odio para avivar las llamas de la venganza. Aunque sea víctima, lo correcto será no hablar de ello con nadie para mantener a raya la ola de resentimiento. O hablar de ello directamente solo con quien me ha hecho daño.
Pero hablaré de ello solo si en mi corazón aún lo considero de verdad un hermano. Que cesen los sermones de quienes no sufren junto al verdugo. Si no amo al otro, si no me siento centinela compasivo de su historia, debo permanecer en silencio, para siempre. Cada palabra me convertiría en verdugo.
Y si, por el contrario, le hablo y él sigue sin escucharme, ahí está la primera tarea a la que estoy llamado, porque yo, la parte agraviada, soy el sujeto de este movimiento de reconciliación (¡qué magnífico es el Evangelio, que no dice nada del culpable!), tendré que buscar dos o tres testigos. Testigos del amor. Profetas compasivos.
Y estoy seguro de que, si tuviera que encontrarlos, si lograra encontrar a dos o tres personas que sepan dar testimonio del amor verdadero, tres personas capaces de escuchar mi drama y el de quien me ha hecho daño con sincera compasión, estoy seguro de que mi vida ya habría cambiado. Y daría las gracias a quien me ha hecho daño por la oportunidad que me ha dado de conocer a tres personas capaces de bailar el amor.
Y si tres testigos no bastaran, he aquí la utopía de Jesús: acudir a la comunidad. Pero una Comunidad, una Iglesia capaz de verdad y compasión, que no juzga, que se siente responsable del dolor, que no finge, que no tiene miedo de decir la verdad y de mostrarse cómplice del mal, que no tiene miedo de quedar en evidencia, que se hace cargo de la felicidad de sus hijos, que ya no cosecha víctimas, que se siente responsable también de mí.
He aquí que, si encontrara una comunidad así, aunque solo fuera por un instante, se me desbordaría el corazón de alegría, habría conocido el Evangelio y correría a abrazar al hermano que, al hacerme daño, me ha llevado a vivir la posibilidad concreta del Evangelio.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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