miércoles, 26 de agosto de 2026

Ten paciencia, Señor, hasta que vaya convirtiendo mi voluntad en la tuya (un relato biográfico) - San Mateo 21, 28-32 -.

Ten paciencia, Señor, hasta que vaya convirtiendo mi voluntad en la tuya (un relato biográfico) - San Mateo 21, 28-32 -

 

«Hijo, hoy ve a trabajar a la viña»

 

¿Llegará ese día, Señor? Ese en el que pueda sentarme en tus rodillas, ese en el que el silencio sea mi Belén. Y juntos contemplaremos esa parte de mí que no entendía, que se rebelaba, ¿contra qué?, ahora ya no lo sé. «No me apetece», decía yo, y tú: silencio.

 

Quizá habría bastado con poco: una palabra más tuya, un intento de convencerme, el agradable aroma del vino compartido, una caricia, pero Tú no decías nada, dejabas tu invitación en el aire, y yo, en mi interior, me dedicaba a escenificar hipotéticas revoluciones interiores.

 

¿Llegará ese día, Señor? Apoyaré mi cabeza en tu pecho y será como sonreír ante mi agitación, ante mi incapacidad para comprender que soy menos que un soplo en la Creación. «No tengo ganas», gritaba, no tengo ganas de Ti, del mundo ni de la vida; ya no tengo ganas de tu viña, de tu rostro, de tus órdenes; ya no tengo ganas, y quizá ya ni siquiera tenga ganas de mí mismo. Pero ¿cómo has podido soportar, Señor, mi infantilismo?

 

¿Llegará ese día, Señor? Me quedaré a tus pies, sin molestar, me bastará con estar ahí; contemplaremos desde lejos aquellos días patéticos, aquellos en los que te dije que sí, una promesa solemne, tal vez para convencerme a mí mismo, pero para no ir, en realidad, a tu viña.

Tú lo viste, tú lo sabías, quién sabe si sufriste, y sin embargo no dijiste nada, ¿por qué no me reprochaste? Me lo preguntaba. ¿Por qué me dejaste tranquilo en esa mentira tan banal? Bastaba con venir a buscarme, bastaba con ponerme frente a mis responsabilidades, a mi bajeza. ¿Por qué no viniste a castigar mi desobediencia, por qué no me mostraste tu ira? A mí no me importaba nada tu viña, yo te quería a ti, ¿lo entiendes? Y, en cambio, nada: silencio.

 

Quién sabe si llegará ese día en el que yo, apoyado en tus labios, al sentir que me llamas «hijo», me avergonzaré, por fin, de esa parte de mí arrogante, presuntuosa, estúpida y banal que carecía de sentido de la medida, que se creía el centro del mundo, que se creía con derechos, que pretendía pedir cuentas de las lógicas del mundo.

 

Quién sabe si llegará ese día en el que yo estaré, arraigado como un castaño, dando frutos y llorando por aquel yo que no sabía sentirte como un padre amoroso y tierno.

 

Quién sabe cuándo llegará de verdad ese día, aquel sin fin, en el que finalmente me sumergiré en el jardín perfumado de tu corazón y yo contigo, yo en ti, juntos, dulcemente, susurraremos: «hijo». Y nos derretiremos en un llanto compartido.

 

Será el día en que todo vuelva a casa: cada padre se encontrará con sus hijos. Será el día sin atardecer en el que ya no habrá ayer ni mañana, sino solo «hoy», un hoy luminoso en el que todo encontrará su lugar.

 

Quién sabe cuándo llegará ese día en el que por fin comprenderé que la invitación a ir a trabajar a la viña no era más que la única posibilidad de encontrarme contigo, juntos, que la viña era un espacio de identidad, era sentirme sarmiento, y vid, y raíz, y fruto, y vino: todo. De ser tú y tú en mí. No había nacido más que para liberarme de mi orgullo, de mi estúpida vanidad.

 

Llegará ese día, Señor, llegará, ¿verdad? Cuando convierta definitivamente mi voluntad en la tuya.

 

Mientras tanto, te lo ruego, espérame, ten paciencia, soporta mi miedo a perderme, ayúdame a vencer mi orgullo, ayúdame a desaparecer, a dejarlo todo, para morar por fin en Ti.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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