Ten paciencia, Señor, hasta que vaya convirtiendo mi voluntad en la tuya (un relato biográfico) - San Mateo 21, 28-32 -
«Hijo, hoy ve a trabajar
a la viña»
¿Llegará ese día, Señor? Ese en el que pueda sentarme
en tus rodillas, ese en el que el silencio sea mi Belén. Y juntos
contemplaremos esa parte de mí que no entendía, que se rebelaba, ¿contra qué?,
ahora ya no lo sé. «No me apetece»,
decía yo, y tú: silencio.
Quizá habría bastado con poco: una palabra más tuya,
un intento de convencerme, el agradable aroma del vino compartido, una caricia,
pero Tú no decías nada, dejabas tu invitación en el aire, y yo, en mi interior,
me dedicaba a escenificar hipotéticas revoluciones interiores.
¿Llegará ese día, Señor? Apoyaré mi cabeza en tu pecho
y será como sonreír ante mi agitación, ante mi incapacidad para comprender que
soy menos que un soplo en la Creación. «No
tengo ganas», gritaba, no tengo ganas de Ti, del mundo ni de la vida;
ya no tengo ganas de tu viña, de tu rostro, de tus órdenes; ya no tengo ganas,
y quizá ya ni siquiera tenga ganas de mí mismo. Pero ¿cómo has podido soportar,
Señor, mi infantilismo?
¿Llegará ese día, Señor? Me quedaré a tus pies, sin
molestar, me bastará con estar ahí; contemplaremos desde lejos aquellos días
patéticos, aquellos en los que te dije que sí, una promesa solemne, tal vez
para convencerme a mí mismo, pero para no ir, en realidad, a tu viña.
Tú lo viste, tú lo sabías, quién sabe si sufriste, y
sin embargo no dijiste nada, ¿por qué no me reprochaste? Me lo preguntaba. ¿Por
qué me dejaste tranquilo en esa mentira tan banal? Bastaba con venir a
buscarme, bastaba con ponerme frente a mis responsabilidades, a mi bajeza. ¿Por
qué no viniste a castigar mi desobediencia, por qué no me mostraste tu ira? A
mí no me importaba nada tu viña, yo te quería a ti, ¿lo entiendes? Y, en
cambio, nada: silencio.
Quién sabe si llegará ese día en el que yo, apoyado en
tus labios, al sentir que me llamas «hijo», me avergonzaré, por fin, de
esa parte de mí arrogante, presuntuosa, estúpida y banal que carecía de sentido
de la medida, que se creía el centro del mundo, que se creía con derechos, que
pretendía pedir cuentas de las lógicas del mundo.
Quién sabe si llegará ese día en el que yo estaré,
arraigado como un castaño, dando frutos y llorando por aquel yo que no sabía
sentirte como un padre amoroso y tierno.
Quién sabe cuándo llegará de verdad ese día, aquel sin
fin, en el que finalmente me sumergiré en el jardín perfumado de tu corazón y
yo contigo, yo en ti, juntos, dulcemente, susurraremos: «hijo». Y nos derretiremos en un llanto compartido.
Será el día en que todo vuelva a casa: cada padre se
encontrará con sus hijos. Será el día sin atardecer en el que ya no habrá ayer
ni mañana, sino solo «hoy»,
un hoy luminoso en el que todo encontrará su lugar.
Quién sabe cuándo llegará ese día en el que por fin
comprenderé que la invitación a ir a trabajar a la viña no era más que la única
posibilidad de encontrarme contigo, juntos, que la viña era un espacio de
identidad, era sentirme sarmiento, y vid, y raíz, y fruto, y vino: todo. De ser
tú y tú en mí. No había nacido más que para liberarme de mi orgullo, de mi
estúpida vanidad.
Llegará ese día, Señor, llegará, ¿verdad? Cuando
convierta definitivamente mi voluntad en la tuya.
Mientras tanto, te lo ruego, espérame, ten paciencia,
soporta mi miedo a perderme, ayúdame a vencer mi orgullo, ayúdame a
desaparecer, a dejarlo todo, para morar por fin en Ti.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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