Obras son amores y no buenas razones - San Mateo 21, 28-32 -
En el capítulo 21 de su Evangelio, San Mateo muestra cómo el enfrentamiento entre Jesús y las autoridades judías se vuelve cada vez más tenso y se agrava.
En concreto, tras una discusión con los sumos
sacerdotes y los ancianos del pueblo sobre su autoridad (Mt 21,23-27), Jesús
pronuncia tres parábolas centradas todas ellas en el rechazo, por parte de los
líderes de Israel, de la oferta de salvación.
En su conjunto, estas parábolas trazan una síntesis de
la historia de la salvación, mostrando que, ante los distintos enviados por
Dios (Juan el Bautista: Mt 21,28-32; los profetas del Antiguo Testamento y el
Hijo: Mt 21,33-46; los profetas del Nuevo Testamento y los misioneros
cristianos: Mt 22,1-14), siempre ha habido una reacción idéntica de rechazo.
En particular, Jesús vincula estrechamente su
autoridad a la de Juan el Bautista y condena el rechazo a «creer en» Juan (Mt
21,25.32) por parte de las autoridades judías, considerándolo un factor que les
impide llegar al pleno reconocimiento de su propia persona y de su ministerio.
De hecho, tanto Juan como Jesús son enviados por Dios.
Aunque de formas diferentes, ambos narran la acción de Dios, pero ambos se han
encontrado con una oposición y un rechazo similares: «Vino Juan, que no come ni bebe, y
dicen: “Está poseído por un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe,
y dicen: “He aquí a un glotón y a un borracho, amigo de publicanos y pecadores”»
(Mt 11,18-19).
Y es precisamente justo después de negarse a responder
a quienes le preguntaban sobre su autoridad —y que, a su vez, no habían querido
responder a su pregunta sobre la autoridad del Bautista (Mt 21,27)—, cuando
Jesús dirige a sus interlocutores la parábola de los dos hijos enviados a la
viña.
El texto evangélico se compone de la parábola
propiamente dicha y de una aplicación. Ambas partes se introducen con una
pregunta: «¿Qué os parece?»; «¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del
padre?».
La pregunta, frecuente en el discurso de Jesús, se
presenta como una invocación y como una oferta. Invocación y oferta de verdad,
de implicación, de relación auténtica. En el centro de ambas preguntas se
encuentra la parábola: la primera pide atención y la segunda, que se adopte una
postura.
Así, la propia parábola se presenta como una pregunta
que actúa como un tercero entre Jesús y sus interlocutores y trata de
conducirlos a la verdad de manera respetuosa y delicada.
La parábola se convierte en un relato que habla de
Juan el Bautista («Juan vino a vosotros…») tanto en referencia a las prostitutas y
los publicanos que le creyeron («los publicanos y las prostitutas…»)
como a sus interlocutores que no le creyeron («vosotros, en cambio…»).
La inversión descrita en la parábola —por la cual quien
respondió que sí a la orden del padre en realidad no le obedece y quien
respondió que no, al final sí le obedece— se convierte en un espejo de la
situación existencial de los marginados y los pecadores públicos que adelantan,
«preceden»
en el Reino a aquellos que parecían los obedientes y los fieles. Es decir,
aquellos que, según todo indicaba, habían respondido que sí a la voluntad de
Dios Padre.
La parábola trata de dos hijos a los que el padre pide
que vayan a trabajar a la viña. Uno responde que no, pero luego, arrepentido,
va; el otro responde que sí, pero luego no va. Ambos se contradicen a sí
mismos.
Es interesante el comportamiento de quien responde que
sí. Responde llamando a su padre «Señor»: ¿se dirige a un padre o a un
amo? ¿Está respondiendo con libertad o bajo la lógica opresiva del deber?
¿Acaso imagina que el padre se siente halagado al ser llamado amo, señor? De palabra, se muestra «como es debido», pero sus
actos se revelarán muy alejados de sus palabras.
Existe un decir «Señor, Señor» que queda desmentido
por una práctica en la que no se cumple la voluntad de Dios (Mt 7,21). El
criterio de verdad de la palabra es el hacer, la práctica. De hecho, hay un uso
de la palabra que se ve contradicho por prácticas y comportamientos contrarios,
o que se convierte en una cortina de humo que distorsiona la realidad y engaña
tanto a uno mismo como a los demás.
Por un lado, a menudo confundimos el «hablar
de» con el «tener experiencia de», pero aún más grave es el comportamiento
de quien no vive de la realidad, sino de sus palabras sobre la realidad, de su
reinterpretación de la realidad y de su remodelación a su antojo.
El «sí» que el hijo dice al padre corre
el riesgo de convertirse en la realidad en la que cree el propio hijo. Quien
dice que sí y luego no actúa, es quien reduce su obediencia a Dios a un mero
acto verbal: la apariencia queda a salvo, su imagen queda a salvo, pero su
corazón está lejos de Dios.
¿Cuál es la diferencia con el otro hijo que dice «no»
y luego obedece? Este dice lo que siente, quizá de forma irreflexiva, pero
habla con sinceridad, expresando lo que siente y lo que le pone en conflicto
con el padre. Precisamente, se expone a un conflicto
con el padre, con una persona ajena a él, y esto le lleva a tomar conciencia de
su conflicto interior y a cambiar de opinión. Algo que no ocurre en quien
responde «sí» y que complace al otro, se acomoda al otro, no se expone
conflictivamente al otro y puede evitar mirar la tentación de la desobediencia
que también habita en él.
Para Mateo resulta evidente que quienes viven en el «sí»
son los religiosos (sacerdotes y ancianos del pueblo: Mt 21,23), que pueden no
sentirse necesitados de conversión porque ya están «en orden», a diferencia de
quienes, en cambio, viven en el «no», como los publicanos y las
prostitutas, y que pueden hacer espacio al Evangelio y entrar en el Reino.
Pero pueden abrirle un espacio, como señala Mateo, a
través del arrepentimiento. El primer hijo, el que respondió impulsivamente que
no, después «se arrepintió» (Mt 21,29); en cambio, a los sacerdotes y a los
ancianos Jesús les dice: «ni siquiera os habéis arrepentido»
(Mt 21,32) para creer en Juan.
El arrepentimiento afirma que creer implica a veces cambiar de opinión. La obediencia a la
palabra y a la voluntad de Dios pasa también por desmentir la propia palabra y
la propia voluntad.
De hecho, la fe no nos pide que no nos equivoquemos ni
que no pequemos, sino que reconozcamos el error y confesemos el pecado.
En ese «cambiar de opinión» hay un diálogo
interior, hay una toma de conciencia de la realidad, hay la audacia de mirarse
a uno mismo a la cara, de atreverse a verse tal y como se es, un paso previo
esencial para actuar de forma responsable. En definitiva, hay un inicio del
movimiento hacia la responsabilidad,
hay el comienzo de la decisión de pasar de la irresponsabilidad a la
responsabilidad.
En este sentido, lejos de ser un signo de debilidad,
el arrepentimiento es un signo de valentía
y de fuerza. Por muy raro e
impopular que sea, incluso en la Iglesia, el gesto de quien reconoce haber
errado, de quien admite haber adoptado posturas que han resultado poco
conformes al Evangelio y cambia su postura tratando de ser más fiel al
Evangelio, es un signo de grandeza humana y espiritual.
El arrepentimiento es, además, una prueba de libertad: libertad respecto a
uno mismo y a la potentísima tiranía del yo narcisista. El arrepentimiento
afirma que incluso el malvado puede cambiar: el pecado no es una potencia
metafísica que aplasta al hombre y que tiene sobre él la última palabra.
En el arrepentimiento, todo ser humano vuelve a
encontrar el camino recto y «vuelve» a sí mismo y a Dios al mismo
tiempo. Acto de libertad, el arrepentimiento es también un acto de liberación. El malvado que
cambia de conducta «se da vida a sí mismo» demostrando que no es esclavo de sus
comportamientos anteriores.
Debemos reconocer que, en el cristianismo, el
arrepentimiento es el camino principal
para acceder a la voluntad de Dios.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


No hay comentarios:
Publicar un comentario