¡Bienaventurados!
Las Bienaventuranzas nos atraen.
Jesús nos habla,
- a nuestro corazón
inquieto,
- a nuestra sed de
amor,
- a nuestra necesidad
inextinguible de felicidad,
- a esa necesidad que hay en lo más profundo de cada uno de nosotros de ser reconocidos en nuestra identidad más auténtica, amados con un afecto puro, total, hermoso y que dure para siempre.
Es precisamente desde aquí desde donde parte el mensaje de Jesús.
Al decir «bienaventurados», nos remite al mundo de nuestras mayores aspiraciones, mientras que lo que añade en cada ocasión nos desconcierta y nos interroga, porque parece indicar precisamente lo contrario de lo que habríamos deseado o buscado de inmediato; no es un discurso consolador o ilusorio, sino un grito que invita a levantarse, a volver a ponerse en marcha.
La palabra clave que volverá a aparecer varias veces en los labios de Jesús es, de hecho, «ashre» - אשר -, un término que en hebreo suena como una invitación a seguir adelante.
Una promesa que es cierta y que precede a quienes viven una situación determinada.
Una palabra que indica un estilo que hay que adoptar.
Una palabra que cambia la perspectiva con la que se miran la vida, la realidad y los demás.
Traducimos esta expresión, tan presente en los Salmos y en la sabiduría de Israel, como «bienaventurados» - del griego makárioi -.
Por desgracia, en nuestra lengua italiana un término que revele adecuadamente su contenido.
«Bienaventurados» no es un adjetivo, es una invitación a la felicidad,
- a la plenitud de
vida,
- a la conciencia de una alegría que nada ni nadie puede arrebatar ni apagar.
Contemplamos las Bienaventuranzas para descubrirlas como una promesa de felicidad,
- como una invitación
a la belleza,
- a trabajar en nuestra propia vida hasta convertirla en una obra maestra.
Pero más aún que la felicidad, buscamos un sentido, y las Bienaventuranzas, como promesa, dan fe de que se puede encontrar sentido incluso en lo absurdo del dolor, de que el mundo se puede vivir incluso en lo insoportable del sufrimiento, en lo absurdo del mal.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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