viernes, 28 de agosto de 2026

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

El autorretrato más preciso y fascinante de Jesús —la imagen que Él mismo nos revela e imprime en nuestro corazón— las Bienaventuranzas se convierten en la revelación de una vida posible para nosotros si echamos raíces en la humanidad de Jesús. 

Entonces comprendemos que incluso la persecución y la aflicción, la ausencia de paz y la falta de justicia, son situaciones que pueden abrirnos a la bienaventuranza 

- enseñándonos a construir la paz,

- a atrevernos a ser misericordiosos,

- a vivir con mansedumbre,

- a crear belleza. 

Son el anuncio de que Dios se alía con la alegría de los hombres, se ocupa de ella. El Evangelio nos asegura que el sentido de la vida está, en lo más íntimo, en su núcleo más profundo, en la búsqueda de la felicidad. 

Las Bienaventuranzas son también un programa para quienes se ponen al servicio de la vida – según aquel adagio clásico de que la gloria de Dios es que el ser humano viva -. 

Un programa inesperado, a contracorriente, que provoca y llama a un verdadero cambio de vida, que abre caminos que dejan sin aliento: 

- bienaventurados los pobres,

- los que se empeñan en proponer caminos de justicia,

- los constructores de paz,

- los que tienen el corazón manso y ojos de niño,

- los no violentos,

- los que son valientes porque están desarmados: ellos son la única fuerza invencible. 

La felicidad que prometen las Bienaventuranzas no es solo la futura, la del más allá: Jesús no dice que los pobres, los mansos, los afligidos «serán» bienaventurados; dice que «son» bienaventurados, que ya lo son ahora. 

Imbuidos de esta alegría 

- la pobreza se convierte en riqueza;

- las lágrimas pueden convertirse en alegría;

- la pureza de corazón se convierte en transparencia de Dios;

- la mansedumbre vence más que la violencia;

- la misericordia penetra y convence más que la severidad;

- la paz prevalece sobre la guerra;

- el amor supera al odio y lo destruye. 

Al vivir la exigente lógica de las Bienaventuranzas, seguimos trazando continuamente caminos de esperanza y afirmando que el mundo no está ni estará, ni hoy ni mañana, bajo la ley del más rico y del más fuerte, sino bajo la ternura de los compasivos y la misericordia de aquellos que han aprendido a ser humanos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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