Jesús se hizo pregunta - San Mateo 16, 13-20 -
San Mateo sitúa el episodio evangélico de la «confesión de Pedro» en los alrededores de Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la tierra de Israel, en las laderas del monte Hermón, allí donde nace el Jordán, cerca de esa ciudad cuyo propio nombre lleva las huellas de sus orígenes romanos y de su nobleza imperial.
Y es precisamente allí donde tiene lugar la confesión que proclama a Jesús como Mesías. Es interesante señalar que nos encontramos muy lejos de Jerusalén, prácticamente en el vértice geográfico —pero también simbólico— opuesto al lugar donde se encuentra la «ciudad santa».
Es en esta zona excéntrica, periférica y paganizada donde resuena la confesión mesiánica de Pedro. De hecho, el viaje que llevó a Jesús a Genesaret (14,34), luego hacia las cercanías de Tiro y Sidón (15,21), después a lo largo del mar de Galilea (15,29) y a la región de Magadan (15,39), llega a su última etapa.
Inmediatamente después, el camino de Jesús tomará una dirección completamente diferente, dirigiéndose hacia Jerusalén: «Desde entonces, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén» (Mt 16,21).
En Cesarea de Filipo, Jesús interroga a sus discípulos. Y los interroga en dos ocasiones. Primero de manera indirecta, luego de forma directa o, podríamos decir, sin escapatoria.
Tras una primera pregunta genérica sobre quién dice la gente que es el Hijo del hombre —una pregunta que, por tanto, no les interpela personalmente y no implica demasiado a sus discípulos—, llega una de la que no pueden eludir: «¿Y vosotros, quién decís que soy yo?»
Es más, el texto contiene un matiz adversativo: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Lo que quiere decir que, según Jesús, su condición de discípulos debía de haberles llevado a un conocimiento diferente y más profundo de Él, más allá de las habladurías y las opiniones de la gente.
No solo eso: en la primera pregunta, Jesús indaga sobre la identidad del Hijo del Hombre, quizá el título mesiánico más elevado pero en la segunda pasa directamente al «yo» y la pregunta se vuelve personal, apremiante, incluso dolorosa. Vosotros que habéis vivido conmigo, vosotros que habéis escuchado de cerca mis palabras, vosotros que habéis compartido conmigo un tramo de vida y de camino existencial, vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Jesús se plantea una pregunta para sus discípulos. Y Jesús llega a nosotros como una pregunta. Él mismo es la pregunta que nos inquieta, que nos sacude, que no pide ser eludida con una respuesta ilusoriamente exhaustiva, sino replanteada cada día y en cada etapa de la vida.
Incluso para el creyente, Jesús no es ante todo y únicamente una respuesta, o la respuesta, sino una pregunta, la pregunta.
Y precisamente este carácter interpelante de Jesús es vital. Ciertamente, como una espina clavada en la carne. Jesús es una pregunta a la que no es nada fácil responder. Como se desprende también de nuestro texto.
Si a la primera pregunta de Jesús le sigue una respuesta colectiva, de todos los discípulos: «Dijeron» (Mt 16,14), a la segunda, que también va dirigida a todos ellos, responde uno solo, Pedro.
Esta pregunta hace huir a muchos, deja mudos a muchos, opera una selección radical: esta pregunta pone a prueba a los discípulos, quienes, antes de huir en el momento de la pasión, ya ahora se desvanecen, incapaces de decir nada. Excepto Pedro.
Pero, ante todo, los discípulos repasan las identificaciones de Jesús que circulaban entonces entre la gente. Un rasgo común a las distintas identificaciones es el carácter profético que se atribuía a Jesús.
En primer lugar, Juan el Bautista. También a Elías. Solo en San Mateo se encuentra la referencia a Jeremías. Para otros, por último, Jesús es simplemente un profeta, un profeta como cualquier otro. Pero todas estas palabras se quedan en lo superficial, y el propio Jesús no se conforma con ellas. Sobre todo le interesa saber qué han comprendido de él sus discípulos.
A la segunda pregunta de Jesús responde Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Pedro retoma la confesión de los discípulos que estaban en la barca: «De verdad que eres el Hijo de Dios» (Mt 14,33); antepone a ello la confesión mesiánica: «Tú eres el Cristo», y añade el adjetivo «vivo».
Pedro retoma del Antiguo Testamento la expresión que define al Dios de Israel como el «Dios vivo» (cf. Dt 5,26; Os 2,1) y, al unificar la confesión mesiánica y el reconocimiento de la divinidad, compone un título único, típicamente cristiano, en el que destaca la centralidad de Jesús como manifestación de la plenitud de la vida que viene de Dios.
Pedro reconoce en Jesús a Aquel que da vida a Dios en su existencia. Pedro, la piedra que se hundía en las aguas del mar de Galilea, lastrada por la poca fe y las dudas sobre quién era realmente Jesús («Si eres tú»: Mt 14,28), se convierte ahora en piedra viva (cf. 1 P 2,5) gracias a la fe, y a una fe que es por gracia, por revelación, como el propio Jesús le declarará (Mt 16,17).
Del «Si eres tú» al «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» se produce un paso que no se debe a una evolución de la inteligencia, sino al don de Dios. De hecho, Jesús responde a Pedro proclamando su bienaventuranza como depositario de una revelación venida de lo alto. Jesús reconoce que Pedro se ha convertido en receptáculo de la revelación de Dios.
La confesión de Pedro está marcada por la gratuidad, no por el mérito. Y el hecho de que Jesús llame a Pedro con la expresión aramea que contiene el patronímico, «Simón, hijo de Jonás» (Mt 16,17), y luego utilice la fórmula hebrea «carne y sangre», indica que esta revelación se ha depositado sobre la debilidad humana de Pedro, sobre su humanidad frágil y pobre.
Como destinatario de la revelación divina, Pedro es uno de los pequeños destinatarios de la benevolencia y el agrado divinos. La bienaventuranza dirigida a Pedro se hace eco de la alabanza que Jesús dirige al Padre «porque ha ocultado estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las ha revelado a los pequeños» (cf. Mt 11,25).
Esta proclamación dirigida a Pedro constituye la base de la afirmación relativa a la Iglesia (Mt 16,18). La Iglesia nace de la gracia y del don de Dios. Una gracia y un don que Pedro ha experimentado en primera persona.
La firmeza de Pedro va acompañada de la conciencia de su fragilidad y debilidad, que ciertamente no le son ajenas, como se verá en el desarrollo posterior del relato evangélico: la última mención de Pedro en el primer evangelio nos lo muestra entre lágrimas tras su triple negación (Mt 26,75). Pedro, a quien aquí se le concede (en sentido etimológico) una bienaventuranza dirigida nominalmente a él, ya no será mencionado por Mateo en los relatos de las apariciones del Resucitado.
La figura de Pedro permanece con toda su ambivalencia, que lleva a Jesús a declararlo roca y piedra de tropiezo, destinatario de la revelación del Padre y de Satanás (Mt 16,23).
Jesús habla de las llaves del Reino entregadas a Pedro y de su poder para desatar y atar (Mt 16,19). Estas palabras señalan a Jesús como Aquel que determina los criterios de la acción eclesial.
Las «llaves» simbolizan la autoridad (cf. Is 22,22). Jesús es el Señor y las posee, y las entrega a quien lo reconoce, confiándole así la autoridad para enseñar de acuerdo con su palabra. Si los fariseos se llevaron la llave del conocimiento, impidiendo la entrada en el Reino a quienes hubieran querido entrar en él (cf. Lc 11,52), las llaves del Reino que Jesús entrega son esenciales para que todos los pueblos entren en el Reino: «Id y haced discípulos a todas las naciones… enseñándoles a observar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19).
El poder de las llaves va acompañado, además, del poder de desatar y atar, es decir, de prohibir o permitir, en el ámbito disciplinario y doctrinal. Y se convierte, en particular, en el ámbito eclesial, en el poder de perdonar los pecados, verdadero poder que da testimonio del poder de la resurrección y del Espíritu Santo.



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