miércoles, 12 de agosto de 2026

¿Quién es Jesús? - San Mateo 16, 13-20 -.

¿Quién es Jesús? - San Mateo 16, 13-20 - 

El Evangelio según San Mateo llega a un punto de inflexión en la vida de Jesús: ahora los discípulos, tras haberle seguido, escuchado y observado como Maestro, y venerado como profeta, llegan a comprender, por gracia, que su identidad va más allá de su comprensión y de su experiencia humana. 

Jesús, de hecho, tiene un vínculo único con Dios, que le ha enviado al mundo: es el Hijo de Dios. Precisamente a partir de ese momento, Jesús revela a los discípulos la necesidad de su pasión, muerte y resurrección, y lo hace de manera continua durante el viaje que tiene como destino Jerusalén (cf. Mt 16,21; 17,22; 20,17-19), la ciudad santa que mata a los profetas (cf. Mt 23,37). 

El relato es denso, fruto del testimonio sobre el acontecimiento, pero también de la meditación de la Iglesia de San Mateo, que profundiza cada vez más en el misterio de Jesús. 

Jesús se dirige con los discípulos a los territorios de Cesarea, la ciudad fundada treinta años antes por el tetrarca Felipe, hijo de Herodes el Grande, a los pies del monte Hermón. Y precisamente allí, donde se venera a César como divino, precisamente en una ciudad construida en su honor, surge la ocasión para plantearse la pregunta sobre Jesús: ¿quién es realmente Jesús? 

Es Él mismo quien plantea esta pregunta a sus discípulos: «¿Y vosotros, quién decís que es el Hijo del hombre?» A Jesús le gustaba llamarse a sí mismo «Hijo del hombre», una expresión oscura y tal vez incluso ambigua para los oídos de los judíos, una expresión que indicaba a un hombre terrenal, hijo del hombre, y al mismo tiempo a alguien que venía de Dios. 

Los discípulos cuentan que la gente piensa que Jesús es un profeta, uno de los grandes profetas presentes en la memoria colectiva de Israel: tal vez Elías, a quien se esperaba; tal vez Juan el Bautista, asesinado por Herodes pero resucitado (cf. Mt 14,1-12); o tal vez Jeremías, ya que, al igual que él (cf. Jer 7), Jesús pronunciaba palabras contra el templo de Jerusalén. 

Entonces Jesús pregunta directamente a los discípulos: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?» 

En realidad, poco antes, al final de la travesía nocturna y tempestuosa por el lago de Galilea, cuando Jesús se había dirigido hacia ellos caminando sobre las aguas, los discípulos habían confesado: «¡Verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios!» (Mt 14,33). Pero ahora la respuesta la da Simón Pedro, el discípulo llamado en primer lugar (cf. Mt 4,18-19). 

La pregunta de Jesús no pretendía en absoluto obtener como respuesta una fórmula doctrinal, ni mucho menos dogmática, sino que pedía a los discípulos que manifestaran su relación con Jesús, su implicación en su vida, la confianza que depositaban en su Rabí. 

¿Quién es Jesús? es una pregunta que debemos hacernos y volver a hacernos con el paso de los días. Porque nuestra adhesión a Jesús depende precisamente de lo que vivimos en el conocimiento de su persona. 

«¿Quién es Jesús para mí?», es la pregunta incesante del cristiano, que procura no convertir a Jesús en el producto de sus deseos o de sus proyecciones, sino acoger el conocimiento de Él que nos da Dios mismo, contemplando el Evangelio y escuchando al Espíritu Santo. Nuestra fe siempre será parcial y frágil, pero si es una «fe» que «nace de la escucha» (Rom 10,17), es fe verdadera, no una ilusión ni una ideología. 

Según San Mateo, aquí los discípulos permanecen en silencio, y solo Pedro proclama, con una respuesta personal: «Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios vivo». 

Él afirma que Jesús no es solo un Maestro, ni solo un profeta, sino que es el Hijo de Dios, en una relación muy intensa con Dios, que podemos expresar con la metáfora padre-hijo. En Jesús hay mucho más que un hombre llamado por Dios como profeta: hay el misterio de aquel a quien la Iglesia, al profundizar en su fe, llamará Señor (Kýrios), llamará Dios (Theós). 

Es cierto que en hebreo la expresión «hijo de Dios» era un título aplicado al Mesías, el Ungido del Señor y al pueblo de Israel pero aquí Pedro confiesa claramente en Jesús la singularidad del Hijo de Dios vivo. 

Y cabe señalar que, si en San Marcos y en San Lucas Pedro expresa la fe de todo el grupo de discípulos (cf. Mc 8,29; Lc 9,20), aquí, en cambio, habla en su propio nombre, y por eso la respuesta de Jesús se dirige solo a él: «Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás, porque ni la carne ni la sangre te lo han revelado, sino mi Padre que está en los cielos». 

Aquel que se llamaba Simón, el pescador de Galilea, hijo de Jonás, es definido por Jesús como «bienaventurado», no por sí mismo, sino por la revelación gratuita que el Padre le ha hecho. Si Simón proclama esta confesión de fe, es por revelación de Dios, no como fruto de razonamientos y experiencias humanas (carne y sangre). Por la voluntad amorosa de Dios, Pedro ha tenido acceso a dicha revelación, y por eso Jesús, al constatar la acción del Padre, lo define como bienaventurado. 

De hecho Jesús ya lo había dicho: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo» (cf. Mt 11,27), y aquí no hace más que reiterarlo, al discernir que, a través de Pedro, es el propio Padre quien ha hablado. 

Precisamente en obediencia a esa revelación, Jesús continúa, declarando a Simón: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». 

Jesús está construyendo la Iglesia, y sin duda será Él «la piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios» (1 P 2,4), pero en esta construcción Pedro es la primera piedra. 

Para llevar a cabo una construcción es necesario que haya alguien capaz de ser la primera piedra, y Pedro demuestra serlo; por eso Jesús le cambia el nombre de Simón por Kefâs, Pedro (cf. Jn 1,42). 

Así, por gracia, participará de la firmeza de la Roca que es Dios (cf. Sal 18,3.32; 19,15; 28,1, etc.), firmeza en la confesión de la fe, aunque subjetivamente pueda fallar en su seguimiento, caer en el pecado y manifestarse con sus debilidades y sus comportamientos contradictorios. 

La bienaventuranza de Jesús no constituye a Pedro en la santidad moral, sino en la firmeza de la fe confesada. ¿Y no serán precisamente la fragilidad y la debilidad en su seguimiento de Jesús las que permitirán a Pedro, autoridad suprema entre los Doce, ser experto en la misericordia del Señor? 

Pedro sabe que ha experimentado en sí mismo la misericordia del Señor, que ha conocido verdaderamente al Señor, y por eso puede anunciarlo y dar testimonio de él de manera creíble. Pedro ha recibido por gracia el don del discernimiento, ha visto claramente quién era Jesús, y por eso puede ser la primera piedra, aquella que marca la solidez de toda la construcción, un hombre capaz de fortalecer y confirmar a los hermanos, también porque, a su vez, es sostenido y confirmado por la oración de Jesús (cf. Lc 22,32). 

En este pasaje aparece la palabra «Iglesia», que solo volverá a aparecer una vez más en todos los Evangelios, de nuevo en San Mateo (cf. Mt 18,17). Iglesia, ekklesía, significa asamblea de los llamados (ek-kletoí): este es el nombre que los helenocristianos dieron a sus comunidades, también para diferenciarse de la sinagoga (asamblea) de los judíos no cristianos. 

Esta Iglesia tiene a Jesús como edificador —«Yo edificaré mi Iglesia»— y le pertenece para siempre: nunca será ni de Pedro ni de otros, sino propiedad del Señor (Kýrios). En esta edificación de Cristo, Pedro será en la tierra el administrador, aquel que abre y cierra con las llaves que le ha confiado el propio Cristo: se trata de imágenes semíticas que significan que Pedro estará facultado para interpretar la Ley y a los Profetas, como testigo y siervo de Jesucristo. 

Se trata de un gran don de Jesús a los discípulos: Pedro, el humilde pescador de Galilea, que recibió una revelación de parte de Dios y la confesó. Es innegable que aquí Pedro recibe un primado, el del hombre del principio, el primero llamado, el «primero» en la comunidad (cf. Mt 10,2), el hombre capaz de ser la primera piedra en la edificación de la comunidad cristiana (cf. Is 28,14-18). 

Podríamos decir que aquel día, en Cesarea, se esbozó la Iglesia y se colocó su primera piedra. Luego, a lo largo de la historia, seguirá su curso, enfrentándose a contradicciones, enemistades y persecuciones; pero, aun en su pobreza y en la fragilidad de sus miembros, débiles y pecadores, completará su camino hacia el Reino, porque la voluntad del Señor y su promesa nunca fallarán, y ni siquiera el poder de la muerte logrará vencerla, ni aniquilar el «pequeño rebaño» (Lc 12,32) del Señor. 

Un rebaño que es pequeño, sí, pero que tiene como pastor a Jesús resucitado y como recinto una Iglesia cuya primera piedra, por voluntad del Señor, permanece firme. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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