La respuesta verdadera (no necesariamente la exacta) - San Mateo 16, 13-20 -
Me imagino a los discípulos: si algún día alguno de ellos no dudará en reclamar un sitio en primera fila pidiendo sentarse uno a la derecha y otro a la izquierda en el Reino, me imagino cómo se habrán peleado por llevarse el trofeo de la respuesta correcta: «Elías. Juan el Bautista. Uno de los antiguos profetas».
En el grupo, ya se sabe, siempre hay alguien que tiene que salir ganando y, si para ello consigue incluso ridiculizar al compañero que, hasta ahora, bueno, no es que haya quedado precisamente bien parado, tanto mejor.
Pedro —¡pobre Pedro!— se quedaba en un rincón.
Había encajado varios golpes: había querido caminar sobre el agua y nada, se había visto sumergido por las olas; pensaba que había sido cortés en el Tabor con lo de las tiendas y, en cambio, «no sabía lo que decía»; creía haber sido bastante generoso al proponer perdonar hasta siete veces y, como respuesta, vio cómo se multiplicaba por diez lo que estaba en juego; sabía que era uno de los pescadores más expertos y, en cambio, tuvo que aprender que se puede pescar incluso cuando todo indicaría que no vale la pena, y eso se lo enseñó alguien que sabía de palabras, pero desde luego no de peces.
Y dentro de poco, por si fuera poco, comprobará de
primera mano la inconsistencia de sus promesas de pescador. Tenía motivos de
sobra para quedarse tranquilito al fondo, detrás de todos. Que hagan lo que
quieran, que esta vez sean ellos quienes se expongan…
«Pero vosotros…».
Mientras se trataba de repetir lo que había oído decir, no había ningún problema. De repente, sin embargo, el foco se había centrado precisamente en él: «Pero vosotros…», es decir, «Pero tú…». «¿Quién soy yo para ti?».
Le tiemblan las piernas, probablemente; la voz le falla, tal vez, pero el corazón está seguro: «Tú lo eres todo para mí. Eres aquel que nunca habría imaginado que me elegiría precisamente a mí. Eres el Cristo».
Quién sabe, quizá esta vez los compañeros hubieran
querido tomarse la última revancha ridiculizando la respuesta de Pedro. Quizá
estaban listos para echarse unas buenas risas, seguros como estaban de que no
acertaría. Y, en cambio, esta vez son ellos los que se encuentran acorralados.
«Tú eres Pedro…».
Quién sabe cómo habrán sonado solemnes estas palabras que ningún cálculo humano habría podido imaginar jamás.
A Pedro, que se había convertido en el último por las tantas meteduras de pata que había cometido, se le reconoce como el único que se había dejado instruir por el propio Padre.
En los distintos ámbitos de la vida pueden valer los consejos y, a veces, incluso copiar. No así en la fe: cada uno da su respuesta por sí mismo y, desde luego, no por lo que ha oído decir.
Y, por lo general, se da cuando menos te lo esperas. La pregunta de examen, de hecho, siempre llega el día del desmentido y del fracaso, cuando, tal vez, te encontrarías menos preparado.
Le sucedió tanto a Pedro como a Pablo.
¿No es cierto que son precisamente esos momentos los que más revelan lo más auténtico que llevamos en el corazón?
Hay situaciones que valen toda una vida porque nos permiten expresar las razones mismas de vivir.
«Bienaventurado eres, porque ni la carne ni la sangre te lo han revelado, sino mi Padre que está en los cielos».
Son los acontecimientos de la vida y nuestra forma de afrontarlos los que revelan hasta qué punto estamos permitiendo que el propio Padre nos instruya con su gracia.
La respuesta verdadera —no la exacta— surge solo cuando, una vez dejados a un lado los libros, dejas que la vida hable.
Cuando leemos este relato evangélico podemos hacer un sencillo ejercicio: intentemos contar qué nos pasó cuando le conocimos a Jesús y le re-conocimos como Señor de nuestra vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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