María Reina - porque mi Reino no es de este mundo -
¡Qué reina tan extraña! Una reina sin trono, sin corte, sin súbditos. Una joven de Nazaret que, cuando por fin toma la palabra ante el ángel, dice: «He aquí la sierva del Señor».
Esto bastaría para comprender hasta qué punto el Evangelio da un vuelco a nuestras ideas sobre la grandeza.
Seguimos pensando que ser grande significa ascender, tener importancia, tener a alguien por debajo de nosotros.
Dios, en cambio, elige a una joven desconocida de un pueblo que no cuenta para nada y la llama a formar parte de su historia.
El ángel no es enviado a Jerusalén, al templo ni a los lugares donde se decide el destino de los hombres, sino a Nazaret, a una casa.
Dios parece tener una extraña predilección por aquello que nosotros pasaríamos por alto.
Y es allí donde pronuncia unas palabras sorprendentes: «Alégrate, llena de gracia».
María se turba, y menos mal. De hecho, podría haberse acostumbrado enseguida a la idea de ser especial, podría haberse complacido con esa palabra, pero no, se turba: no se siente dueña de lo que Dios le está diciendo.
La verdadera diferencia entre María y nosotros está precisamente aquí: nosotros somos capaces de convertir incluso los dones de Dios en títulos de mérito.
Una responsabilidad se convierte en prestigio, un servicio se convierte en un papel, una llamada se convierte en algo que hay que defender.
María lo recibe todo y no posee nada.
«¿Cómo será esto?»
No es la pregunta de quien quiere echarse atrás, sino la de quien descubre que Dios no encaja en nuestros esquemas.
María conoce un camino, Dios le abre otro y ella deja a Dios el derecho a sorprenderla.
«Nada es imposible para Dios».
Es decir, no podemos decretar de antemano dónde Dios ya no puede actuar.
¡Cuántos juicios pronunciamos a lo largo del día sobre una persona, sobre una comunidad, sobre una relación, incluso sobre nosotros mismos!
María, en cambio, deja una puerta abierta y es por esa puerta por donde entra Dios.
Luego llega su «sí»: «He aquí la sierva del Señor: hágase en mí según tu palabra».
Ahí es donde nace la Reina, no cuando es coronada, sino cuando se entrega. Esto es lo que hace que María sea tan diferente de la forma en que nosotros imaginamos el poder.
Pensamos que reinar significa tener la posibilidad de disponer de los demás; en el Evangelio, en cambio, reina quien se pone a disposición de los demás.
Jesús lo dirá con su vida incluso antes que con palabras: el más grande es aquel que sirve. María ya lo había aprendido en la casa de Nazaret.
En cuanto María dice «sí», «el ángel se alejó de ella».
No se queda a su lado, ni le ofrece ninguna protección especial, ni ninguna explicación adicional, ni ninguna garantía de que todo vaya a ser fácil.
Queda María, queda la casa, queda José, a quien habrá que contarle lo increíble. Queda un embarazo que sin duda suscitará preguntas, queda la vida concreta.
El «sí» de la fe suele comenzar cuando el ángel se marcha, cuando ya no oímos nada, cuando el entusiasmo se desvanece, cuando tenemos que vivir en el día a día lo que hemos pronunciado en un momento luminoso.
María no es Reina porque haya tenido una vida fácil, sino porque no se ha retractado de su «sí».
Lo repetirá sin palabras en Belén, cuando no haya sitio; lo repetirá en la huida a Egipto; lo repetirá cuando no comprenda a ese Hijo; lo repetirá al pie de la cruz, cuando parezca que de todas las palabras del ángel no se haya cumplido ni una sola.
«Será grande… su reino no tendrá fin».
Y Ella verá a ese Hijo morir como un condenado. ¿Cuánto cuesta creer en una promesa cuando lo que tenemos ante nosotros parece desmentirla?
La Liturgia llama a María Reina y Ella se llama sierva.
No hay contradicción. Justo aquí reside la forma evangélica de reinar.
María no se hace grande tomando algo para sí misma, sino poniéndose a disposición: no ocupa espacio, hace sitio, no retiene a Dios, le ofrece carne y tiempo.
Su realeza comienza con un «he aquí». Una realeza extraña y, sin embargo, si se mira bien, es la única que no necesita defender su propio trono.
Su trono será la fidelidad, su corona, ese «sí» pronunciado muchas veces sin necesidad ya de palabras.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:
Publicar un comentario