¿Quién es Éste? - San Mateo 26,14-27,66 -
La obediencia a Dios permite al Siervo y a Jesús soportar la dolorosa sumisión a los hombres y a su violencia. La fe del Siervo Jesús se manifiesta así como fidelidad radical a Dios y solidaridad con los hombres, que redime el mal con el bien.
El relato de Mateo es ante todo cristológico:
Jesús está en el centro de la narración como figura hierática que domina los
acontecimientos con la autoridad del Señor.
El Jesús de la Pasión de Mateo se parece más al Cristo
majestuoso de los mosaicos bizantinos que al Jesús kenótico de la
narración de Marcos. Él domina los acontecimientos.
Jesús sabe lo que le espera y lo dice: a la luz de
este conocimiento, se relativizan los esfuerzos de Judas y las conspiraciones
de sus adversarios para arrestarlo. En verdad, lo que se cumple en la Pasión es
el designio de Dios manifestado en las Escrituras: la correspondencia entre
detalles incluso banales y textos bíblicos se convierte para Mateo en una
ocasión para mostrar que la Pasión tiene un fundamento meta-histórico, es el
cumplimiento dramático de la historia de Dios con la humanidad.
La autoridad incomparable de Jesús se debe a su
conocimiento y aceptación de la voluntad divina, en otras palabras, a su
obediencia a las Escrituras. Siempre atento al cumplimiento de las Escrituras,
Mateo lo está aún más en el relato culminante del evangelio.
El señorío
que Jesús muestra (en particular con las palabras con las que interviene para
dar sentido a los acontecimientos, para amonestar y corregir) va acompañado de su obediencia: Él es el Siervo del Señor, el Justo, es decir, Aquel
que no persigue su propia voluntad, sino que cumple la del Padre. Jesús es el
Hijo de Dios, expresión que no indica una identidad de naturaleza, sino una
comunión total de voluntad y acción.
La dirección
precisa que Jesús mantiene, con resolución, en su existencia y en su
vocación, se expresa en el texto evangélico a través del control absoluto de
los acontecimientos, enviando a los discípulos de dos en dos, dándoles
indicaciones claras y previendo lo que sucedería.
Pero Jesús prevé acontecimientos banales, que no
parecen tener valor histórico o espiritual. Parece que Jesús quiere que las
cosas sucedan así, que monte un burro manso, que luego devolverá a su dueño,
para narrar y marcar con el ritmo del mulo el camino de Dios al encuentro del
hombre.
La reacción de desconocimiento
e incomprensión de la ciudad ante este Rey que, solo por su actuar,
contradice las características de un rey de la época, es significativa de una
posibilidad permanente para el cristiano y para la Iglesia: sentirlo como
extraño a sí mismo, el Jesús revelado por los Evangelios, el Jesús pobre, el Jesús
manso, el Jesús que no se impone. En definitiva, el Jesús que elige como medio
de transporte no un caballo, sino un burro.
Ese «¿Quién es este?» de la ciudad
incrédula debe imponer al cristiano y a la Iglesia otra pregunta: «¿Quién
soy yo?», «¿Qué imagen del Señor guía mi fe cristiana?».
Es a la luz de la mansedumbre de ese «Mesías», de la pobreza de ese Rey, de la exclusión de Aquél que vino, que los cristianos y las Iglesias están llamados a verificar su fe. La paradoja tiene la función de revelación, pero puede convertirse en obstáculo.
Mateo subraya, más que los otros Evangelistas, la
presencia de una multitud numerosa a la entrada de Jesús en Jerusalén: «Una
gran multitud...»; «Y todos...». Una gran cantidad de
gente que precede y sigue a Jesús, participación popular, confesión de fe,
invocaciones litúrgicas, gestos de tributo a Aquél que entra en Jerusalén.
Parecen escenas de un evento coronado por el éxito.
Pero en medio de todo este alboroto, la presencia silenciosa de Jesús. Se
impone una pregunta: ¿comprende la multitud lo que está sucediendo? ¿Comprende
lo que es verdaderamente importante comprender? ¿Comprende a Jesús y su actuar
paradójico?
La escena posterior de la misma multitud que pide a
Pilato que libere a Barrabás, condenando a Jesús, sugiere una respuesta
negativa a la pregunta. Desde siempre, la fe cristiana ha exigido calidad (es
decir, profundidad, interioridad, seriedad, libertad, valentía, coherencia...),
no cantidad. El problema es la tierra buena, no toda la tierra ni cada tierra.
La Pasión de Mateo tiene incluso una dimensión
eclesial que se trasluce en una presentación de los hechos iluminados
por la fe en el Resucitado: esta Pasión es un relato destinado a una asamblea
de creyentes.
La comunidad a la que se dirige el Evangelio de Mateo,
necesitada de ser fortalecida en la fe y animada en las hostilidades, aparece,
en su pobreza y pequeñez, como destinataria de ese Reino de Dios que es un tema
fundamental del primer evangelio.
Comunidad ya abierta a los no judíos, ve en la
intervención divina (en sueños) a la esposa de Pilato, una pagana, un
antecedente de la apertura universalista que caracterizará a la comunidad
cristiana.
La Pasión de Jesús es también un juicio sobre Israel,
sobre todo sobre sus líderes religiosos, los sacerdotes y los ancianos: la
expresión en boca de todo el pueblo, presente solo en Mateo, «su
sangre (caiga) sobre nosotros y sobre nuestros hijos», no es una fórmula
de maldición.
La expresión «sobre nuestros hijos» es una
amplificación retórica que no puede significar en absoluto una maldición que se
perpetúe en la historia sobre el pueblo de Israel: Mateo no está tan interesado
en identificar quién es más culpable de la muerte de Jesús, sino en mostrar que
Jesús es el único Justo.
Por último, la muerte de Jesús en la cruz es narrada
por Mateo de manera teológica, no cronológica: los signos teofánicos que la
acompañan (terremoto, apertura de los sepulcros, resurrección de los muertos,
su entrada en la ciudad santa, etc.) anticipan lo que sucederá al final del
mundo.
Así, Mateo dice que la muerte de Jesús constituye el
acontecimiento culminante y decisivo de la historia: es ya la culminación de la
historia. Este texto, exclusivo de Mateo, habla de la resurrección de Jesús en
el mismo momento de su muerte, y muestra que la narración de la pasión es revelación de un misterio, el
misterio de la historia de la salvación.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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