¿Y si hacemos nuevas todas las cosas? - Apocalipsis 21,5 -
Desde hace bastantes años me gustan las visiones del futuro porque nos permiten pensar a largo plazo, mirar hacia adelante y descubrir partes de la realidad inesperadas, posibles, a veces atractivas y dignas de imitar, otras veces de evitar.
Pensar en el futuro, jugando y usando la imaginación, nos permite tener visiones, generar perspectivas y prepararnos para el futuro, antes de que suceda.
Necesitamos prever el futuro. Para tomar decisiones que no sean miopes, para
construir algo que tenga sentido y perdure en el tiempo, para orientar el
camino de las próximas generaciones.
A mí me gusta hacerlo para divertirme, para crear
perspectivas y ampliar los horizontes que soy capaz de vislumbrar. Me hace
sentir que tengo más oportunidades.
Por supuesto, predecir
no siempre significa «cumplirse»: podemos imaginar miles de futuros,
pero entonces... ¿cuál será el que realmente se materializará?
Predecir no es importante SI
la predicción es correcta, sino porque
nos permite pensar y también prepararnos
para posibles escenarios.
Ahí está, esa palabra mágica: «escenarios».
Un escenario es aquello que nos permite sentirnos protegidos y que, al mismo tiempo, nos indica un lugar donde probablemente viviremos: proviene del griego skené, que en el teatro indicaba la parte cubierta del escenario, y la comparación es con el sánscrito channa (lugar donde morar).
Para mirar hacia el lugar de lo posible, en ese camino
imaginario, podemos utilizar la
facultad imaginativa del pensamiento que podemos llamar «contemplación».
En pocas palabras: para mirar hacia el futuro y ver algo claro, es necesario saber hacia
dónde mirar y según qué reglas.
Por decirlo con una metáfora: imagina que estás en la
cima de una montaña y tienes que buscar una ciudad. Si no sabes dónde mirar, no
la encontrarás en absoluto, o lo harás con dificultad. Del mismo modo, si la
ciudad está lejos, necesitas prismáticos, de lo contrario será imposible verla.
Cuando extendemos nuestro pensamiento hacia el futuro, tenemos muchos lastres que nos bloquean: los prejuicios, los miedos, la desinformación o la simple falta de ejercicio imaginativo.
Por eso, una de las mejores formas de traspasar las
fronteras y acceder al futuro es jugar.
¿Cómo se juega al futuro?
Es muy sencillo, lo hemos
hecho millones de veces, pero quizá ha pasado un poco de tiempo: lo hacíamos cuando éramos niños y luego
dejamos de hacerlo.
Dejamos de jugar con los futuros posibles porque pensamos que, una vez que tomamos el camino de la identidad carismática, vocacional, congregacional, institucional,…, nuestro camino solo va en esa dirección.
Claramente, no es así. Solo es un razonamiento cómodo.
¿Qué haríamos, o que no haríamos, si tuviéramos que comenzar de nuevo?
¿Y si hacemos cosas nuevas?
Si lo imaginamos... a lo mejor incluso haremos cosas más grandes que las que hizo Jesús (cf. Juan 14, 12) ... ¿o será esa una exageración sin sentido del Maestro?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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