Educar en el encanto del placer del silencio
El silencio es un bien tan precioso como descuidado, de máxima importancia para el bienestar personal.
Creo que algunos estudios han demostrado/están
demostrando que ruido del tráfico rodado, del ferrocarril, de los aviones, de
los aires acondicionados, de la música a alto volumen,…, tiene un impacto muy
alto en la salud de las personas.
Sin hablar de las molestias del sueño. Por ejemplo,
despertarse a menudo por el ruido sin poder volver a conciliar el sueño, o
verse obligado a elegir entre abrir la ventana para recibir un poco de aire
fresco o cerrarla para no sufrir la violencia del ruido, y tal vez también la
de los gases de escape, las partículas finas, el dióxido de nitrógeno...
Para ser una ciudad precisamente saludable y
silenciosa se debería prohibir los coches y permitir la circulación solo a pie
o en bicicleta y, para las largas distancias, en transporte público con energía
solar, como ocurre en algunos barrios modelo de ciudades del norte de Europa,
donde los niños van al colegio a pie, solos o con otros niños, y juegan, sin adultos que los dirijan y controlen, en las calles, plazas y
prados circundantes, como yo jugaba (¡qué recuerdos!)… hasta la progresiva extinción de los
propios niños.
¿Mudarse a estos lugares? ¿Trasladarse? ¿Quién puede
permitirse establecer su hogar en zonas tranquilas, lejos del tráfico, sin
sufrir las molestias de los largos desplazamientos diarios? ¿No sería, por
tanto, previsor hacer que las ciudades descubrieran por sí mismas el placer del
silencio, en lugar de imponerles la obligación de preservarlo, y que las personas
aprendiéramos su valor y lucháramos por una nueva ecología… del silencio?
No es fácil defender las razones del silencio porque
el silencio da miedo, siempre lo ha hecho. El silencio se asocia en el
pensamiento analógico con la muerte, la oscuridad - otro valor descuidado -, el
frío, la soledad.
Es la palabra la que cuenta, la que actúa y pone en
marcha el mundo, la que lo crea con el verbo divino por ejemplo en la tradición
judeocristiana; es la palabra la que caracteriza al ser humano —explica
Aristóteles— junto con la sociabilidad.
Pero el silencio, que parecería no ser palabra, no ser
ruido, no ser vida, casi no ser, es una elección que abre a una ecología
también existencial, para conocerse a uno mismo, desarrollar relaciones
auténticas y liberar la creatividad.
Es difícil experimentar el aislamiento acústico total.
Es algo que se puede hacer en laboratorios especiales revestidos con paredes
dobles y triples de acero y hormigón. Estar encerrado allí dentro hasta puede
parecer más insoportable que estar en la oscuridad total. El simple hecho de
cerrar los ojos nos da una experiencia aceptable; los oídos, en cambio, no
tienen párpados, siempre están activos.
Los oídos permiten diferentes formas de escucha más o
menos concentrada, que definimos con diferentes verbos: oír, es decir, absorber
los ruidos sin prestarles especial atención, y escuchar, concentrarse en los
sonidos y voces que nos rodean y aislar lo que nos interesa.
El latín tiene incluso verbos diferentes para indicar
el silencio de las voces humanas, taceo, y el de las voces de la
naturaleza y las cosas inanimadas, sileo.
El silencio tiene otros muchos detalles. Por ejemplo, el
detalle de las pausas. Las pausas musicales o las pausas entre una palabra y
otra: intersticios mínimos pero fundamentales para comprender el sentido de las
frases.
Y pensaba cómo sería el silencio de Jesús, o la cadencia
de sus palabras, o el tono de su voz, o las pausas en sus fraseos…
Y pensaba en la relación entre el silencio y esa
enfermedad de nuestro tiempo, diagnosticada ya desde hace muchos años, que se
llama exceso y que somete al silencio a los ataques desenfrenados de los ruidos.
Hay quien demoniza las redes sociales. Por ejemplo, el
tiempo que se pasa en ellas.
Yo creo que el exceso de tiempo que se dedica a esa
actividad es hasta sintomático… porque tal vez en su lugar deberíamos crear un
poco de tiempo vacío, gratuito, incluso aburrido,…, silencioso. Tiempo de
silencio para pensar, reflexionar y fantasear, y para usar nuestra inteligencia
sin cederla a la inteligencia artificial.
El problema hoy en día radica en el exceso (del latín
excedere, «sobrepasar»; ir más allá del límite, superar la medida justa y
los términos debidos).
Exceso de comunicación, de número de canales de
televisión, de libros inútiles, de horas pasadas frente a las pantallas. Exceso
del número de objetos y de su tamaño, pero también demasiados estímulos,
demasiada información, demasiada comida y, sobre todo, demasiado ruido
producido también individualmente, por personas que no se preocupan por
ensordecer a los demás, así como por cegarlos con luces muy potentes.
No lo sé. Ya no estoy en el mundo de la educación.
Pero se me ocurría que a lo mejor sería interesante, ¿o más bien necesario?, educar
en el encanto del placer del silencio. Esto sería más eficaz que el deber de
preservarlo. Creo que hasta podría ser un aspecto de la ecología. Me refiero a
la ecología existencial.
Ahí lo dejo. En silencio.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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