Tocar lo divino
De
los cinco sentidos, mi favorito es sin duda el tacto.
Siempre
me ha parecido un poco el pariente pobre entre los cinco.
La
vista y el oído acaparan casi toda nuestra atención. Al gusto le dedicamos
incluso programas de televisión de éxito con cocineros de renombre. Y el olfato
es por el que quizá gastamos más dinero en desodorantes y perfumes.
Pero,
si sentimos que estamos vivos es porque alguien nos toca.
Aún
recuerdo como si fuera ayer el día en que, hace ya muchos años, puse mis manos
sobre el cuerpo de una adolescente con un cáncer que fue avanzando sin
tregua, inmisericorde.
Mirándome
a los ojos, me dijo: «Me has tocado con cariño». Y así fue.
Su
nombre era Yaima, alumna de 1º de Bachillerato. Adolescente a la que muchos
Domingos a la mañana visité en su casa durante su convalecencia.
Y a la que despedí en aquella fría y oscura madrugada en el Hospital cuando el cuerpo entonces inerte aún conservaba algún asomo de calor.
Hoy no es Domingo. Pero, no, no me he olvidado, Yaima. Descansa en paz.
De los cinco sentidos, el tacto es el que transmite menos información, pero es la más básica, la indispensable: estoy aquí, te quiero...
Sin
embargo, también es el sentido que tiene una connotación emocional más fuerte:
ninguna imagen, ningún sonido, ningún perfume nos conmoverá jamás tanto como
una caricia, ni nos herirá tanto como una bofetada.
¿No
es cierto que cuando queremos decir que algo nos ha emocionado profundamente
decimos que nos ha «tocado»?
Debe
ser por eso que me parece que no poca gente ha desarrollado una especie de
fobia al contacto físico.
Quizá
sea porque pasamos horas y horas apretujados como sardinas en el metro,
abrazados a perfectos desconocidos, quizá sea porque las emociones fuertes nos
dan miedo y al mismo tiempo las deseamos, pero me parece que ya nadie se deja
tocar de buen grado.
Todavía
recuerdo lo que me impresionó en Londres ver la atención con
la que la gente evitaba tocarse en el ascensor.
Como
si tocarse en el ascensor fuera el preludio de acostarse juntos.
Por
eso me conmueve profundamente el hecho de que Jesús quiera tocarme.
A
Jesús le gustaba tocar a la gente, los Evangelios nos muestran continuamente
que toca. Toca a todos, hombres, mujeres, niños, ancianos.
Incluso
a los intocables, a los leprosos.
Tiene
una caricia para todos, a menudo impone las manos en señal de bendición.
Y no
puedo evitar preguntarme cómo habrá sido ser tocado por Él.
Si
es cierto que el tacto es el sentido que comunica las emociones más fuertes,
¿cómo vivieron aquellos el hecho de que Él les tocara?
En
el libro del Éxodo se dice que nadie puede ver a Dios y seguir con vida, ¿no
será esto aún más cierto para aquellos que lo tocan?
Pero,
Jesús tocaba a todos.
Y
todos podían tocarlo.
No
rehuía el contacto.
A
veces se entregaba a la multitud hasta el punto de que la gente lo empujaba y
lo apretujaba por todas partes.
Precisamente
una situación que yo detesto. Lo confieso.
Sin
embargo, Él parece sentirse perfectamente a gusto.
Jesús
quiere que Tomás también lo toque: extiende tu mano, tócala, siente esta carne
herida, aún sangrante, caliente de amor.
Jesús
ha inventado una forma de que yo lo toque.
Cada
día tomo su cuerpo entre mis manos.
Es
pan, claro, y es su cuerpo, su carne, su presencia.
Y se
entrega a mí. Totalmente. Irrevocablemente.
Y
también quiere que todos los que tienen hambre y sed… lo toquen.
Quiere
sentir a través del tacto que estamos ahí, que lo amamos.
Tantas
veces lo pienso cuando lo tomo entre mis manos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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