lunes, 9 de marzo de 2026

Tocar lo divino.

Tocar lo divino

De los cinco sentidos, mi favorito es sin duda el tacto.

 

Siempre me ha parecido un poco el pariente pobre entre los cinco.

 

La vista y el oído acaparan casi toda nuestra atención. Al gusto le dedicamos incluso programas de televisión de éxito con cocineros de renombre. Y el olfato es por el que quizá gastamos más dinero en desodorantes y perfumes.

 

Pero, si sentimos que estamos vivos es porque alguien nos toca.

 

Aún recuerdo como si fuera ayer el día en que, hace ya muchos años, puse mis manos sobre el cuerpo de una adolescente con un cáncer que fue avanzando sin tregua, inmisericorde.

 

Mirándome a los ojos, me dijo: «Me has tocado con cariño». Y así fue.

 

Su nombre era Yaima, alumna de 1º de Bachillerato. Adolescente a la que muchos Domingos a la mañana visité en su casa durante su convalecencia.


Y a la que despedí en aquella fría y oscura madrugada en el Hospital cuando el cuerpo entonces inerte aún conservaba algún asomo de calor. 

 

Hoy no es Domingo. Pero, no, no me he olvidado, Yaima. Descansa en paz.


De los cinco sentidos, el tacto es el que transmite menos información, pero es la más básica, la indispensable: estoy aquí, te quiero...

 

Sin embargo, también es el sentido que tiene una connotación emocional más fuerte: ninguna imagen, ningún sonido, ningún perfume nos conmoverá jamás tanto como una caricia, ni nos herirá tanto como una bofetada.

 

¿No es cierto que cuando queremos decir que algo nos ha emocionado profundamente decimos que nos ha «tocado»?

 

Debe ser por eso que me parece que no poca gente ha desarrollado una especie de fobia al contacto físico.

 

Quizá sea porque pasamos horas y horas apretujados como sardinas en el metro, abrazados a perfectos desconocidos, quizá sea porque las emociones fuertes nos dan miedo y al mismo tiempo las deseamos, pero me parece que ya nadie se deja tocar de buen grado.

 

Todavía recuerdo lo que me impresionó en Londres ver la atención con la que la gente evitaba tocarse en el ascensor.

 

Como si tocarse en el ascensor fuera el preludio de acostarse juntos.

 

Por eso me conmueve profundamente el hecho de que Jesús quiera tocarme.

 

A Jesús le gustaba tocar a la gente, los Evangelios nos muestran continuamente que toca. Toca a todos, hombres, mujeres, niños, ancianos.

 

Incluso a los intocables, a los leprosos.

 

Tiene una caricia para todos, a menudo impone las manos en señal de bendición.

 

Y no puedo evitar preguntarme cómo habrá sido ser tocado por Él.

 

Si es cierto que el tacto es el sentido que comunica las emociones más fuertes, ¿cómo vivieron aquellos el hecho de que Él les tocara?


 

En el libro del Éxodo se dice que nadie puede ver a Dios y seguir con vida, ¿no será esto aún más cierto para aquellos que lo tocan?

 

Pero, Jesús tocaba a todos.

 

Y todos podían tocarlo.

 

No rehuía el contacto.

 

A veces se entregaba a la multitud hasta el punto de que la gente lo empujaba y lo apretujaba por todas partes.

 

Precisamente una situación que yo detesto. Lo confieso.

 

Sin embargo, Él parece sentirse perfectamente a gusto.

 

Jesús quiere que Tomás también lo toque: extiende tu mano, tócala, siente esta carne herida, aún sangrante, caliente de amor.

 

Jesús ha inventado una forma de que yo lo toque.

 

Cada día tomo su cuerpo entre mis manos.

 

Es pan, claro, y es su cuerpo, su carne, su presencia.

 

Y se entrega a mí. Totalmente. Irrevocablemente.

 

Y también quiere que todos los que tienen hambre y sed… lo toquen.

 

Quiere sentir a través del tacto que estamos ahí, que lo amamos.

 

Tantas veces lo pienso cuando lo tomo entre mis manos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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