Al Sr. Juan Gabriel Rufián Romero
Dicho sea con el respeto a un representante político, y portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso de los Diputados, al que me atrevo a escribirle. Y con libertad. Lo digo también de antemano: le sigo en sus intervenciones. Y me gusta su forma de hablar. Y sus contenidos.
No, no se trata de una provocación difundida por algún
comentarista político: todos nos
estamos acostumbrando a considerar que esta democracia está gravemente enferma.
Una enfermedad que no ha
afectado tanto a la institución en sí, sino a la cultura democrática sobre la que hemos basado nuestro funcionamiento.
Es bastante natural que la democracia presente algunos
achaques, teniendo en cuenta también el escaso margen de tiempo que lleva
regulando nuestra vida de ciudadanos.
Pero esto no hace que la cuestión sea menos alarmante,
sobre todo porque las causas del
malestar son tan evidentes como desarmantes: esta democracia ha comenzado hace tiempo a dejar de
responder a nuestras expectativas.
La decepción va generando
crecientes manifestaciones de desconfianza, capaces de suscitar sentimientos
diversos y contradictorios.
Por ejemplo transformarse en
desafección y distanciamiento individual:
reconozco que el sistema no funciona y renuncio a participar en él, dejo de
votar y de interesarme por la política. Es decir, paso.
O bien genera un estado de ánimo de resentimiento
colectivo que se alimenta de la comparación con otras realidades: observamos el
resto del mundo y vemos gobiernos y regímenes diferentes, aparentemente capaces
de crecer y fortalecerse mejor y más rápidamente que nosotros, mientras que nosotros,
ricos en parlamentos nacionales, autonómicos y municipales, permanecemos al
margen.
No es de extrañar que estas realidades se conviertan
en puntos de referencia para quienes, al otro lado de la frontera, se hacen eco
del descontento.
Cuando estas formas de
decepción se acumulan, asistimos a un rechazo del espacio democrático que, con
el tiempo, acaba alimentándose a sí mismo: cuanto más crece la desconfianza en
la democracia, menos capaz es esta de responder a las expectativas.
Seguramente evitar demonizar estas manifestaciones contribuiría a reforzar la cultura democrática: son el síntoma, la «fiebre» con la que el cuerpo de nuestro sistema agonizante reacciona a una enfermedad.
Como cualquier respuesta autoinmune, también esta, si
se prolonga demasiado, corre el riesgo de dañar el organismo, pero eso no nos
autoriza a confundirla con el virus que la ha provocado.
Si nos limitamos a tratar los síntomas en lugar de las
causas profundas, corremos el riesgo de agravar al «paciente» en nuestro afán
por bajarle la temperatura.
Por lo tanto, la curación no
se producirá tratando a las fuerzas antidemocráticas como si fueran elementos
ajenos al cuerpo que las ha generado.
Peor aún sería ignorarlas, intentando aislarlas con la ilusión de que la
sociedad plural puede curarse por sí sola o, por el contrario, dando por
perdida a esta última, ya desprovista de toda fuerza para reaccionar. Entonces
sí que estaríamos realmente en problemas.
Hay quienes parecen esperar solo a que la voz de la democracia
se debilite para llenar el vacío con propuestas capaces de sacudir a las masas
de su apatía: desde las peligrosas promesas del fanatismo de ciertas derechas,
hasta seducciones más sutiles y sofisticadas, hábiles para limitar el espacio
político sin dar la impresión de comprometer nuestra libertad. El mundo
hipertecnológico, propuesto por ejemplo Musk, es solo el ejemplo más evidente.
Pero no el único.
No se trata de un destino ineludible: aún habría
posibilidad de intervenir antes de llegar al punto de no retorno. Empezando precisamente
por medir mejor la fiebre de la insatisfacción para comprender el estado real
de salud de la democracia.
Quién sabe si no descubriríamos que estamos… incluso más
enfermos de lo que creemos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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