A través de la Cruz - San Mateo 26,14-27,66 -
Por eso hemos llegado hasta aquí.
Por eso hemos seguido al Nazareno en el desierto y en el Tabor. Por eso nos hemos identificado con la sed de la samaritana, con la ceguera del mendigo de Siloé, con la profunda angustia de las hermanas Marta y María por la muerte de Lázaro.
Por eso. Por estar aquí, un poco apartados, un poco agobiados. Como siempre estamos en nuestra caótica vida.
Ajetreo al que ha tratado de poner freno este tiempo de verdad y esencialidad.
Nos mezclamos entre la multitud, lo vemos bajar de Betania, entre los olivos, cruzar el torrente Cedrón. Monta un pequeño burro, al que ha pedido que desaten para llevarlo a él.
Desátame también a mí, Señor, úsame si lo necesitas, solo soy un pobre asno al que tú conviertes en corcel. Desátame de todo vínculo de muerte y oscuridad que me impide descubrirme amado.
He aquí que desciende por el empinado camino de
herradura, seguido y precedido por niños que ríen y corren como locos. Algunos
adultos toman ramas de olivo y las agitan delante de Él.
¡Hosanna! Grita alguien.
¡Hosanna! Responden otros. Los discípulos sonríen. El Maestro sonríe.
No están los sumos sacerdotes, ni los fariseos. Ningún escriba, ni doctor de la Ley.
Ningún sabio. Ningún erudito.
Jesús sonríe. Y nosotros con Él, caminando por su camino.
Hosanna, manso Mesías. Hosanna, Rey que no te tomas demasiado en serio tu realeza.
Hosanna, Dios que aceptas
entrar en nuestras vidas. Hosanna, Dios que estás a punto de
morir.
Hosanna, mi rey, mi
esperanza, mi certeza.
Hosanna, mi Todo.
La medida
Esta es la medida, la señal, la cima.
La culminación de ese camino que desde Nazaret le ha llevado hasta aquí. Un camino que, desde la multitud aplaudiendo, ha acabado chocando contra la dureza del poder religioso que no cede, que no se conmueve, que no se convierte.
Galilea está lejos. Los amigos están lejos.
Los pocos que quedan aquí no cuentan para nada. Los que aún lo siguen no saben lo que está en juego.
Mejor que muera uno por todos, había sentenciado el Sumo Sacerdote.
Mejor acabar con este profeta improvisado, descarriado e inquieto, que ver a Roma retomar el bastón.
¡Necio Caifás! Jesús morirá de verdad por todos. Por ti. Por mí.
Jesús hizo lo que pudo. Habló, amó, sanó, compartió.
Y convirtió, abrazó, sonrió.
¿Qué más puede dar para convencernos de Él y de Dios?
Solo una cosa. Hacer ganar a sus adversarios.
Morir.
Para hacernos superar el miedo a la muerte. Para hacernos entrar en una nueva dimensión, temerosos creyentes sacudidos por una epidemia, cañas agrietadas y llamas titilantes que somos.
Es Él quien lo toma todo en sus manos. Él quien anima,
salva, sacude. Se entrega.
Otra cosa
Una cosa es predicar, otra cosa es colgar de una cruz.
Una cosa es convencer o fundar una religión, otra cosa es permanecer colgado hasta exhalar el último aliento.
Jesús está dispuesto a morir para mostrar la verdad de sus gestos. Morir para mostrar a cada hombre quién es realmente Dios.
Su amor nos salva, no su dolor. Un amor que se manifiesta, que desnuda, que sacude y sorprende.
La cruz se convierte, entonces, en el último sí dicho al Padre. Y al hombre.
El último intento, cargado y fecundo, de manifestar a Dios.
¿Lo entenderá el hombre? ¿Lo entenderemos nosotros?
Sincrónicos
Hora tras hora, esta semana, seguiremos la última semana del Maestro.
Poniéndonos a su lado, junto a Él, sin hacer ruido.
Silenciosos, reflexivos, asombrados, aturdidos, conmovidos.
Conscientes de que todos podemos volver a ponernos en juego, reapropiarnos del cristianismo como discipulado, como experiencia que conduce a Dios.
La Iglesia que construiremos, la Iglesia sinodal, parte de la experiencia del mismo Cristo que llena los corazones.
Una Pascua de renacimiento. Inesperada, fuerte, desestabilizadora.
Para decir que la Iglesia está viva. Pero solo si la mantenemos viva. Solo si sabemos leer la Palabra, meditarla, escrutarla.
Y rezar.
Pasión
No nos acercamos a la cruz para estimular nuestras emociones y justificar los dolores que, por el contrario, Dios nos pide que superemos. No lo hacemos para proyectar sobre el Crucificado nuestras frustraciones, que adquieren dignidad si se comparten con Dios.
No ofendamos la cruz de Cristo pensando que también nosotros somos cireneos solo porque afrontamos algunas dificultades inevitables.
Permanezcamos al pie de la cruz para aprender a amar.
Y para huir del dolor inútil.
Y para dejarnos convertir por el espectáculo de un Dios que muere por amor.
Feliz Semana Santa.
Tan intensa. Tan verdadera.
Dejémonos encontrar por este Amor desarmado.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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