¡Bienaventurados!
Desde el principio de su Evangelio, Lucas había mostrado que el Dios de Jesús da un giro radical a las perspectivas habituales: el poder, la riqueza, todo aquello que retiene y ata al hombre, todos esos bienes que hay que defender y que lo encierran en sí mismo, todo aquello que le impide liberarse y seguir adelante, todo debe ser trastocado.
No se puede basar el propio futuro en una posesión que no ofrece garantías de perdurabilidad.
La misericordia de Dios no está reservada únicamente para el fin de los tiempos.
No tolera que la llaga permanezca abierta y sangre sin fin.
Adopta formas históricas y se concreta en gestos que transforman el juego de las fuerzas.
Los orgullosos, los que ostentan el poder y los ricos no tienen la última palabra, como siempre pretenden.
Serán despojados del poder, serán desenmascarados en su orgullo y serán enviados de vuelta con las manos vacías.
La forma de este cumplimiento tiene un estilo revolucionario.
Tal afirmación podría resultar chocante allí donde priman el equilibrio y la prudencia, pero, en boca de María, adquiere una eficacia única.
Y encuentra una perfecta sintonía con las palabras de Jesús, - que toma partido por Lázaro frente al rico glotón que sufre en el infierno -, que llama bienaventurados a los pobres, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los perseguidos y amenaza con terribles «¡Ay de vosotros!» a los ricos, a los saciados, a los que se deleitan en los placeres, a los aduladores.
Jesús no trata de la misma manera a los pobres, a los enfermos, a los fariseos, a los publicanos y a Herodes.
A los pobres los llama bienaventurados, a los fariseos, sepulcros blanqueados, a Herodes, el zorro, a los publicanos les muestra, como a Zaqueo, la iniquidad de su riqueza acumulada con fraude.
Por eso, la liberación que Él desea para todos encuentra caminos diferentes debido a las distintas formas de opresión.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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