Sed lo que sois
«Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la
luz del mundo».
Este es un decreto eterno. Un indicativo absoluto. Una
Verdad que no admite réplicas, no tolera cambios de opinión, no concede espacio
a la reticencia del corazón humano. Es así y punto.
El que tenga oídos para oír, que oiga: vuestra esencia
no depende de vuestros méritos, no se sustenta en vuestras frágiles cualidades,
ni en vuestras virtudes fluctuantes. Brota únicamente de la fuerza de la
Palabra que os llama.
Es el soplo de Jesús el que nos constituye discípulos
y discípulas, imprimiendo en nuestro ser un sello indeleble. No hay vacilación
en esta palabra, no hay lugar para el aplazamiento, no hay refugio en lo
posible.
Jesús no dice: «podríais ser», «quizá os convirtáis», «si
queréis, seréis». Dice: «sois». El indicativo del Evangelio
recae sobre la vida como una sentencia de verdad y, al mismo tiempo, como una
llamada irrevocable.
Es una palabra que no se limita a describir, sino que
crea; no solo constata, sino que genera.
Quien escucha esta voz no recibe una simple tarea:
recibe una nueva identidad.
En una época que ama los matices, los términos medios,
las pertenencias intermitentes, Jesús habla con la claridad del fuego. Él
arranca al discípulo de la ambigüedad y lo sitúa en el corazón de la historia
como signo.
No basa el discipulado en las capacidades personales,
en la fuerza moral ni en la excelencia de cada uno.
La raíz de todo no es el mérito humano, sino el poder
de la Palabra que llama. Es la Palabra la que consagra una vida, es la Palabra
la que hace fecunda una fragilidad, es la Palabra la que transforma a hombres y
mujeres comunes en presencia viva del Reino.
Se impone una acción oculta, un camino de humildad que
se consume en el secreto. El discípulo no busca el aplauso de las plazas, no
ansía los focos del mundo.
Nuestro estilo de vida debe fundirse en el tejido
cotidiano de la humanidad.
Caminaremos entre los hombres, haremos lo mismo que
todos, trabajaremos bajo el mismo sol. Pero lo haremos todo de una manera
radicalmente diferente.
Habitaremos el mundo con la lógica disruptiva del
Evangelio. Así como la sal se disuelve para dar sabor, así nosotros nos perderemos
en el servicio, venciendo la corrupción del mal con la fuerza de la gratuidad.
De este ocultamiento brotará el prodigio. Este estilo
de vida renovado, esta fidelidad silenciosa, se convertirá en la Luz del mundo.
No una luz que ciega, sino una evidencia tan clara y
resplandeciente que resulta indudable.
Ella rasgará las tinieblas de esta generación. Será un
faro de justicia y de verdad que pondrá al descubierto, sin necesidad de
condenas verbales, la falsedad de quienes eligen la muerte.
Quien vive en la injusticia temblará ante la claridad
de nuestra vida; quien camina en la mentira será iluminado por nuestra
coherencia.
Convertíos, pues, a vuestra verdadera identidad nos diría Jesús. Dejad de esconderos tras la excusa de
vuestra debilidad. La Palabra ya os ha transformado. Sed
lo que sois: el sabor de la tierra, la luz de las naciones.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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