miércoles, 2 de septiembre de 2026

Sed lo que sois.

Sed lo que sois

 

«Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo».

 

Este es un decreto eterno. Un indicativo absoluto. Una Verdad que no admite réplicas, no tolera cambios de opinión, no concede espacio a la reticencia del corazón humano. Es así y punto.

 

El que tenga oídos para oír, que oiga: vuestra esencia no depende de vuestros méritos, no se sustenta en vuestras frágiles cualidades, ni en vuestras virtudes fluctuantes. Brota únicamente de la fuerza de la Palabra que os llama.

 

Es el soplo de Jesús el que nos constituye discípulos y discípulas, imprimiendo en nuestro ser un sello indeleble. No hay vacilación en esta palabra, no hay lugar para el aplazamiento, no hay refugio en lo posible.

 

Jesús no dice: «podríais ser», «quizá os convirtáis», «si queréis, seréis». Dice: «sois». El indicativo del Evangelio recae sobre la vida como una sentencia de verdad y, al mismo tiempo, como una llamada irrevocable.

 

Es una palabra que no se limita a describir, sino que crea; no solo constata, sino que genera.

 

Quien escucha esta voz no recibe una simple tarea: recibe una nueva identidad.

 

En una época que ama los matices, los términos medios, las pertenencias intermitentes, Jesús habla con la claridad del fuego. Él arranca al discípulo de la ambigüedad y lo sitúa en el corazón de la historia como signo.

 

No basa el discipulado en las capacidades personales, en la fuerza moral ni en la excelencia de cada uno.

 

La raíz de todo no es el mérito humano, sino el poder de la Palabra que llama. Es la Palabra la que consagra una vida, es la Palabra la que hace fecunda una fragilidad, es la Palabra la que transforma a hombres y mujeres comunes en presencia viva del Reino.

 

Se impone una acción oculta, un camino de humildad que se consume en el secreto. El discípulo no busca el aplauso de las plazas, no ansía los focos del mundo.

 

Nuestro estilo de vida debe fundirse en el tejido cotidiano de la humanidad.

 

Caminaremos entre los hombres, haremos lo mismo que todos, trabajaremos bajo el mismo sol. Pero lo haremos todo de una manera radicalmente diferente.

 

Habitaremos el mundo con la lógica disruptiva del Evangelio. Así como la sal se disuelve para dar sabor, así nosotros nos perderemos en el servicio, venciendo la corrupción del mal con la fuerza de la gratuidad.

 

De este ocultamiento brotará el prodigio. Este estilo de vida renovado, esta fidelidad silenciosa, se convertirá en la Luz del mundo.

 

No una luz que ciega, sino una evidencia tan clara y resplandeciente que resulta indudable.

 

Ella rasgará las tinieblas de esta generación. Será un faro de justicia y de verdad que pondrá al descubierto, sin necesidad de condenas verbales, la falsedad de quienes eligen la muerte.

 

Quien vive en la injusticia temblará ante la claridad de nuestra vida; quien camina en la mentira será iluminado por nuestra coherencia.

 

Convertíos, pues, a vuestra verdadera identidad nos diría Jesús. Dejad de esconderos tras la excusa de vuestra debilidad. La Palabra ya os ha transformado. Sed lo que sois: el sabor de la tierra, la luz de las naciones.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El ritmo lento del crecimiento.

El ritmo lento del crecimiento   Hay un dato biográfico, aparentemente secundario, en la vida de Juan el Bautista, que, sin embargo, enc...