Baño de realidad
La estructura de nuestras certezas se tambalea porque
se basa en la ilusión de lo ya dado.
El prejuicio no es más que el refugio de los
temerosos, una cortina polvorienta que erigimos para no mirar el ardor del
presente.
Resolvemos los dramas de la existencia aplicando
fórmulas prefabricadas, códigos escritos ayer para un mundo que hoy ya no
existe.
Pero la voz del verdadero Profeta nos llama al
despertar: ninguna doctrina heredada puede sustituir al latido de la realidad
actual.
Mientras nos aferremos a las definiciones abstractas,
permaneceremos ciegos ante el hombre y la mujer que tenemos delante.
La duda no se supera acumulando conocimientos
antiguos, sino rasgando el velo de la abstracción.
La salvación intelectual y espiritual exige un baño de
realidad.
Estamos llamados a realizar un acto de audacia: tocar
con las propias manos.
Bajemos de los pedestales de nuestras teorías y
sumerjámonos en el barro y en la luz del presente.
Vayamos a la fuente profunda del problema, allí donde
el origen de la cuestión sangra y clama por su urgencia.
Tocar con la propia mano significa renunciar al escudo
del juicio preventivo. Significa exponer la piel desnuda de la mente al impacto
con el hecho concreto.
Quien se sumerge en el momento presente ya no necesita
ídolos ideológicos a los que aferrarse; la realidad misma se convierte en la
roca sobre la que apoyar el pie.
El principio de realidad es, en este sentido, una
disciplina del alma.
Obliga a suspender el automatismo de lo ya sabido, a
desconfiar de las conclusiones precipitadas, a no absolutizar lo que se ha
dicho una vez como si fuera a valer para siempre.
La realidad, de hecho, no se deja atrapar por
categorías inmutables. Exige presencia, exposición, escucha, verificación.
Exige inmersión.
No se comprende de verdad a una persona si uno
permanece prisionero de la etiqueta que se le ha asignado; no se afronta una
crisis refugiándose en las interpretaciones del pasado; no se desata un nudo
humano aplicando mecánicamente una solución ya preparada.
Hay que descender.
Hay que ver.
Hay que oler.
Hay que tocar.
Hay que dejarse desmentir por los hechos.
Solo así se purifica la duda y la mente se libera de
la pereza del prejuicio.
Ir a la raíz del problema significa precisamente esto:
no conformarse con el reflejo, sino buscar el manantial. No tratar los efectos
como si fueran las causas. No confundir el ruido con la verdad.
Nuestra época se ve tentada continuamente por el
comentario sin experiencia, por el veredicto sin encuentro, por la sentencia
sin escucha.
Pero la verdad no se entrega a quien se queda en el
umbral. La verdad exige un baño de realidad, una inmersión en el presente, una
disposición a dejarse interrogar por lo que ocurre aquí y ahora.
Porque es en el presente donde las cosas muestran su
verdadero rostro; es en el presente donde los nudos se revelan tal y como son;
es en el presente donde cae el ídolo del «siempre se ha sabido así».
Miremos a Aquel que trastocó la historia con la fuerza
de la evidencia: el estilo de Jesús es el manifiesto supremo de esta revolución
del presente.
Él nunca se movió dentro del perímetro tranquilizador
de las leyes teóricas de los fariseos. Ante la adúltera, el ciego, el leproso,
no consultó lo ya sabido; miró, tocó, vivió el momento.
De este modo, mostró una seguridad inquebrantable en
sus propios medios. Una certeza absoluta que no derivaba de la arrogancia del
poder, sino de la perfecta sintonía con lo que es y lo que sabe.
Jesús no defendía una verdad abstracta de laboratorio;
mostraba una verdad encarnada, que vibraba al mismo ritmo que la realidad
circundante.
Su palabra era poderosa porque era un fiel espejo del
ser, nunca en contradicción con el aliento del mundo presente.
¿No es verdad que el tiempo de las respuestas prefabricadas
ha llegado a su fin? ¿No habrá que abandonar nuestros viejos esquemas y la
costumbre de juzgar antes de haber visto, olido, tocado…?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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