Vosotros sois luz y sal de un mundo alternativo
Existe una radicalidad fundamental que envuelve el Evangelio,
un fuego que no admite tibieza, una Verdad que no se doblega ante las
negociaciones de los eruditos ni ante las conveniencias de los poderosos.
Es la proclamación de una diversidad absoluta, un faro
que no ilumina los senderos ya transitados, sino que orienta los pasos hacia un
camino que va estrictamente en sentido contrario a la historia de los hombres.
Mirad la corriente del mundo: fluye impetuosa hacia la
celebración del yo.
La historia humana está escrita con la tinta de la
competencia desenfrenada, del beneficio elevado a la categoría de divinidad,
del interés personal disfrazado de progreso. Es la lógica del dominio, donde el
fuerte aplasta al débil y el éxito se mide por el número de cuerpos que se
logran pisotear.
Pero se alza una voz, contraria y poderosa.
El Evangelio no desvía el curso de este río; lo
invierte.
Donde el mundo grita «acumula», el Evangelio
ordena «vende lo que tienes».
Donde el mundo exige «domina», la Palabra manda
el servicio gratuito.
Esto no es una
simple reforma moral, es una revolución ontológica.
Es el escándalo de la gratuidad en un mercado donde
todo tiene un precio.
Entre los discípulos no puede, no debe y no habrá
espacio para la misma lógica egoísta del mundo.
Quien profesa el Nombre no puede caminar con los
zapatos de la injusticia. No se puede servir a dos señores, ni se puede
esparcir el perfume del cielo mientras se estrechan las manos sucias del
oportunismo.
La comunidad de creyentes está llamada a ser la antítesis
viva de la barbarie individualista. Su forma de existir, de habitar el espacio
común y de relacionarse con los hermanos no es una elección de cortesía, sino
un mandato profético.
Cada gesto de acogida, cada reparto del pan, cada
lavado de pies silencioso y gratuito debe convertirse en un signo visible y
tangible de la realidad moldeada por el misterio.
Estamos puestos como centinelas en la noche, llamados
a dar testimonio de que otro Reino ya está aquí.
Un Reino donde los últimos son los primeros, donde
quien pierde su vida la encuentra, y donde el amor no calcula la recompensa.
Este es el momento de la elección: o conformarnos con
la corriente destinada al polvo, o abrazar la santa y bienaventurada
contracorriente evangélica, para convertirnos nosotros mismos en profecía viva
del mundo que vendrá.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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