miércoles, 2 de septiembre de 2026

Cuando confundimos salvación con solución.

Cuando confundimos salvación con solución

 

¿Por qué consumís vuestros días dentro del recinto del templo, afanándoos en ritos vacíos y ocupaciones que el viento dispersará como paja?

 

Uno tiene la sensación de que hemos transformado lo sagrado en un mercado de necesidades.

 

Nos acercamos al altar no con el corazón abierto, sino con el estómago vacío, buscando a un Dios que no sea más que un solucionador de problemas, un sanador a la carta, un garante de nuestro bienestar material.

 

Esta es la religión del hambre pasajera: una vez saciados, una vez eliminado el obstáculo de nuestro camino, daremos la espalda a la fuente para correr hacia otra parte, hacia nuevos ídolos de comodidad.

 

¡Ay de quien reduzca el Misterio a una función social!

 

Estamos construyendo casas sobre la arena, convencidos de que hacer muchas cosas en la Iglesia equivale a vivir. Pero la vida verdadera no se mide por el ruido de nuestras actividades, sino por el silencio de nuestro deseo.

 

Existen dos tipos de alimento, y hoy estamos llamados a elegir: está el alimento que perece, movido por el interés y el ansia de llenar los vacíos de la vida cotidiana. Es el camino de quien utiliza a Dios para servirse a sí mismo.

 

Y está el alimento que perdura para la vida eterna. Es el pan de quien está movido por la sed de verdad, de quien siente en lo más profundo de su ser el estremecimiento de una vida diferente, más profunda, no encadenada a la necesidad de las cosas tangibles.

 

La propuesta del Hijo del Hombre no es un anestésico para nuestras angustias, sino un fuego que enciende nuestra alma. Él no nos llama a permanecer en un lugar, sino a convertirnos en un lugar: un espacio de gratuidad y de amor.

 

Solo quien descienda al abismo de su propia búsqueda interior encontrará la clave para mirar el mundo con ojos nuevos.

 

No confundamos la salvación con la solución. El camino del deseo nos espera: es la única vía que conduce fuera del laberinto del ego hacia el horizonte de la luz verdadera.

 

La hora de la religión del deber ha llegado a su fin bajo el peso de su propio formalismo; es el Templo de los mercaderes donde cada oración es un anticipo y cada sacrificio una inversión.

 

La gratuidad no es un accesorio de la fe, sino su único aliento profético: es la irrupción de lo Incondicional en un mundo esclavo del do ut des.

 

La religión del deber se basa en la norma, un dique que tranquiliza pero que no salva.

 

El Profeta clama que Dios no busca funcionarios de lo sagrado, sino amantes heridos por la nostalgia.

 

La gratuidad transforma la relación con lo Absoluto: no se actúa para obtener, sino porque ya se ha recibido.

 

Es la teología del exceso: el frasco de nardo roto que no tiene en cuenta el derroche porque ha reconocido el Amor.

 

El deber genera la ilusión del mérito, la pretensión de que el hombre pueda poner a Dios en deuda.

 

Pero la gratuidad es la muerte del ego religioso. En sentido teológico, afirma que la gracia siempre precede a la respuesta.

 

Mientras que el deber mide el paso, la gratuidad permite el vuelo; vacía las manos del hombre para que puedan ser llenadas no por el salario del justo, sino por el don gratuito del Padre.

 

Quien vive la religión del deber es un siervo que teme el castigo o ansía la recompensa.

 

Quien vive la gratuidad es un hijo que actúa por pura alegría.

 

Esta es la verdadera subversión profética: la gratuidad libera a la ética del chantaje.

 

La gratuidad es la única fuerza capaz de romper la cadena de la necesidad.

 

En la cruz muere definitivamente la religión del contrato.

 

La religión del deber construye muros de piedra; la gratuidad profética abre pasos de luz.

 

El deber interroga a la conciencia, la gratuidad enciende el corazón.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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