Cuando confundimos salvación con solución
¿Por qué consumís vuestros días dentro del recinto del
templo, afanándoos en ritos vacíos y ocupaciones que el viento dispersará como
paja?
Uno tiene la sensación de que hemos transformado lo
sagrado en un mercado de necesidades.
Nos acercamos al altar no con el corazón abierto, sino
con el estómago vacío, buscando a un Dios que no sea más que un solucionador de
problemas, un sanador a la carta, un garante de nuestro bienestar material.
Esta es la religión del hambre pasajera: una vez
saciados, una vez eliminado el obstáculo de nuestro camino, daremos la espalda
a la fuente para correr hacia otra parte, hacia nuevos ídolos de comodidad.
¡Ay de quien reduzca el Misterio a una función social!
Estamos construyendo casas sobre la arena, convencidos
de que hacer muchas cosas en la Iglesia equivale a vivir. Pero la vida
verdadera no se mide por el ruido de nuestras actividades, sino por el silencio
de nuestro deseo.
Existen dos tipos de alimento, y hoy estamos llamados
a elegir: está el alimento que perece, movido por el interés y el ansia de
llenar los vacíos de la vida cotidiana. Es el camino de quien utiliza a Dios
para servirse a sí mismo.
Y está el alimento que perdura para la vida eterna. Es
el pan de quien está movido por la sed de verdad, de quien siente en lo más
profundo de su ser el estremecimiento de una vida diferente, más profunda, no
encadenada a la necesidad de las cosas tangibles.
La propuesta del Hijo del Hombre no es un anestésico
para nuestras angustias, sino un fuego que enciende nuestra alma. Él no nos
llama a permanecer en un lugar, sino a convertirnos en un lugar: un espacio de
gratuidad y de amor.
Solo quien descienda al abismo de su propia búsqueda
interior encontrará la clave para mirar el mundo con ojos nuevos.
No confundamos la salvación con la solución. El camino
del deseo nos espera: es la única vía que conduce fuera del laberinto del ego
hacia el horizonte de la luz verdadera.
La hora de la religión del deber ha llegado a su fin
bajo el peso de su propio formalismo; es el Templo de los mercaderes donde cada
oración es un anticipo y cada sacrificio una inversión.
La gratuidad no es un accesorio de la fe, sino su
único aliento profético: es la irrupción de lo Incondicional en un mundo
esclavo del do ut des.
La religión del deber se basa en la norma, un dique
que tranquiliza pero que no salva.
El Profeta clama que Dios no busca funcionarios de lo
sagrado, sino amantes heridos por la nostalgia.
La gratuidad transforma la relación con lo Absoluto: no se
actúa para obtener, sino porque ya se ha recibido.
Es la teología del exceso: el frasco de nardo roto que
no tiene en cuenta el derroche porque ha reconocido el Amor.
El deber genera la ilusión del mérito, la pretensión
de que el hombre pueda poner a Dios en deuda.
Pero la gratuidad es la muerte del ego religioso. En
sentido teológico, afirma que la gracia siempre precede a la respuesta.
Mientras que el deber mide el paso, la gratuidad
permite el vuelo; vacía las manos del hombre para que puedan ser llenadas no
por el salario del justo, sino por el don gratuito del Padre.
Quien vive la religión del deber es un siervo que teme
el castigo o ansía la recompensa.
Quien vive la gratuidad es un hijo que actúa por pura
alegría.
Esta es la verdadera subversión profética: la
gratuidad libera a la ética del chantaje.
La gratuidad es la única fuerza capaz de romper la
cadena de la necesidad.
En la cruz muere definitivamente la religión del
contrato.
La religión del deber construye muros de piedra; la
gratuidad profética abre pasos de luz.
El deber interroga a la conciencia, la gratuidad
enciende el corazón.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario