miércoles, 2 de septiembre de 2026

Y tú, ¿de qué tienes miedo?

Y tú, ¿de qué tienes miedo?

 

Por la noche, cuando el lago pierde sus contornos y el viento parece hablar con una voz más antigua que nuestro miedo, el Evangelio nos ofrece una imagen que no deja de inquietarnos y consolarnos: Jesús duerme en la barca, mientras a su alrededor las aguas se agitan, el cielo se oscurece y los discípulos tiemblan.

 

Normalmente, nuestra mirada se dirige enseguida al milagro visible, a la orden dirigida al viento y al mar, a la calma repentina que sigue a la palabra del Maestro.

 

Pero tal vez el prodigio más grande no sea que Jesús haya calmado la tormenta. El prodigio más misterioso, más radical, es que durante la tormenta Él dormía.

 

Ese sueño no es indiferencia, no es huida, no es ausencia ante el dolor de los hombres. Es más bien la revelación silenciosa de un corazón habitado por una paz más profunda que el estruendo.

 

Jesús duerme no porque no vea el peligro, sino porque no lo absolutiza; no porque el mar no dé miedo, sino porque el mar no es la última palabra.

 

En la oscuridad de la noche, su descanso se convierte en una luz oculta, una pregunta que se nos plantea a nosotros: ¿desde qué centro interior se puede vivir para no dejarse arrollar por lo que ocurre?

 

Si intentamos leer este episodio desde el punto de vista de la experiencia humana, nos damos cuenta de que la tormenta no pertenece solo al lago de Galilea.

 

Atraviesa nuestros hogares, nuestras relaciones, nuestras decisiones, nuestras enfermedades, nuestras pérdidas.

 

Hay noches en las que todo parece volverse en nuestra contra: las olas de los pensamientos, el viento de las preocupaciones, el ruido de las preguntas sin respuesta.

 

En esos momentos, lo que deseamos es que alguien calme las aguas de inmediato.

 

Pero el Evangelio parece sugerir algo aún más exigente: antes incluso de pedir que la tormenta termine, hay que aprender dónde apoyar el corazón mientras la tormenta continúa.

 

¿Cómo se hace para mantenerse tranquilo, relajado y sereno ante los acontecimientos dramáticos de la vida?

 

No basta con una técnica, no basta con repetirse palabras de consuelo, no basta con fingir que el peligro no existe. Se necesita una espiritualidad grande, madura, cultivada con paciencia.

 

Espiritualidad significa claridad en los propios objetivos, capacidad de mirar la realidad sin reducirla a su fragmento más doloroso, libertad interior ante la urgencia del momento.

 

Significa, sobre todo, haber aprendido a no confundir el acontecimiento pasajero con el todo de la vida.

 

Quien no cuida de su alma queda prisionero del instante. Cada ola se convierte en un abismo, cada viento en contra se convierte en una condena, cada noche parece definitiva.

 

Pero quien ha aprendido a velar en su interior, quien ha dedicado tiempo al silencio, a la oración, al discernimiento, al recuerdo del bien recibido, consigue poco a poco situar incluso el acontecimiento más dramático dentro de un horizonte más amplio.

 

No lo niega, no lo minimiza, no lo llama bien si es mal. Pero lo inserta en la historia, en el camino, en la dinámica global de la existencia, donde incluso lo que hiere puede atravesarse sin que se convierta en dueño del alma.

 

El sueño de Jesús en medio de la tormenta es, pues, la forma más elevada de confianza.

 

Es la paz de quien sabe de dónde viene y hacia dónde va.

 

Es la serenidad de quien no entrega su identidad a las circunstancias, ni su esperanza a la incierta meteorología de los acontecimientos.

 

En aquella barca sacudida por el viento, Jesús nos muestra que la verdadera fuerza espiritual no consiste en no tener tormentas, sino en no dejar que la tormenta se convierta en el centro de todo.

 

El creyente no es aquel que vive sin miedo, sino aquel que, incluso en medio del miedo, busca un punto más profundo desde el que mirar.

 

Quizá nuestra vida espiritual se mide precisamente aquí: en la calidad de nuestro corazón cuando se levanta la noche, cuando nos sorprende el viento en contra, cuando ya no podemos controlar lo que sucede.

 

En esos momentos se ve si hemos vivido solo en la superficie o si hemos excavado en nuestro interior un espacio habitado por Dios.

 

Porque solo quien cuida de su alma puede mantenerse firme ante el drama; solo quien ha aprendido a contemplar el todo puede evitar ser devorado por el fragmento; solo quien ha cultivado una paz profunda puede, al menos un poco, dormir en medio de la tormenta.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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