Y tú, ¿de qué tienes miedo?
Por la noche, cuando el lago pierde sus contornos y el
viento parece hablar con una voz más antigua que nuestro miedo, el Evangelio
nos ofrece una imagen que no deja de inquietarnos y consolarnos: Jesús
duerme en la barca, mientras a su alrededor las aguas se agitan, el cielo se
oscurece y los discípulos tiemblan.
Normalmente, nuestra mirada se dirige enseguida al milagro
visible, a la orden dirigida al viento y al mar, a la calma repentina que sigue
a la palabra del Maestro.
Pero tal vez el prodigio más grande no sea que Jesús
haya calmado la tormenta. El prodigio más misterioso, más radical, es que
durante la tormenta Él dormía.
Ese sueño no es indiferencia, no es huida, no es
ausencia ante el dolor de los hombres. Es más bien la revelación silenciosa de
un corazón habitado por una paz más profunda que el estruendo.
Jesús duerme no porque no vea el peligro, sino porque
no lo absolutiza; no porque el mar no dé miedo, sino porque el mar no es la
última palabra.
En la oscuridad de la noche, su descanso se convierte
en una luz oculta, una pregunta que se nos plantea a nosotros: ¿desde
qué centro interior se puede vivir para no dejarse arrollar por lo que ocurre?
Si intentamos leer este episodio desde el punto de
vista de la experiencia humana, nos damos cuenta de que la tormenta no
pertenece solo al lago de Galilea.
Atraviesa nuestros hogares, nuestras relaciones,
nuestras decisiones, nuestras enfermedades, nuestras pérdidas.
Hay noches en las que todo parece volverse en nuestra
contra: las olas de los pensamientos, el viento de las preocupaciones, el ruido
de las preguntas sin respuesta.
En esos momentos, lo que deseamos es que alguien calme
las aguas de inmediato.
Pero el Evangelio parece sugerir algo aún más
exigente: antes incluso de pedir que la tormenta termine, hay que aprender
dónde apoyar el corazón mientras la tormenta continúa.
¿Cómo se hace para mantenerse tranquilo, relajado y
sereno ante los acontecimientos dramáticos de la vida?
No basta con una técnica, no basta con repetirse
palabras de consuelo, no basta con fingir que el peligro no existe. Se necesita
una espiritualidad grande, madura, cultivada con paciencia.
Espiritualidad significa claridad en los propios
objetivos, capacidad de mirar la realidad sin reducirla a su fragmento más
doloroso, libertad interior ante la urgencia del momento.
Significa, sobre todo, haber aprendido a no confundir
el acontecimiento pasajero con el todo de la vida.
Quien no cuida de su alma queda prisionero del
instante. Cada ola se convierte en un abismo, cada viento en contra se
convierte en una condena, cada noche parece definitiva.
Pero quien ha aprendido a velar en su interior, quien
ha dedicado tiempo al silencio, a la oración, al discernimiento, al recuerdo
del bien recibido, consigue poco a poco situar incluso el acontecimiento más
dramático dentro de un horizonte más amplio.
No lo niega, no lo minimiza, no lo llama bien si es
mal. Pero lo inserta en la historia, en el camino, en la dinámica global de la
existencia, donde incluso lo que hiere puede atravesarse sin que se convierta
en dueño del alma.
El sueño de Jesús en medio de la tormenta es, pues, la
forma más elevada de confianza.
Es la paz de quien sabe de dónde viene y hacia dónde
va.
Es la serenidad de quien no entrega su identidad a las
circunstancias, ni su esperanza a la incierta meteorología de los
acontecimientos.
En aquella barca sacudida por el viento, Jesús nos
muestra que la verdadera fuerza espiritual no consiste en no tener tormentas,
sino en no dejar que la tormenta se convierta en el centro de todo.
El creyente no es aquel que vive sin miedo, sino aquel
que, incluso en medio del miedo, busca un punto más profundo desde el que
mirar.
Quizá nuestra vida espiritual se mide precisamente
aquí: en la calidad de nuestro corazón cuando se levanta la noche, cuando nos
sorprende el viento en contra, cuando ya no podemos controlar lo que sucede.
En esos momentos se ve si hemos vivido solo en la
superficie o si hemos excavado en nuestro interior un espacio habitado por
Dios.
Porque solo quien cuida de su alma puede mantenerse
firme ante el drama; solo quien ha aprendido a contemplar el todo puede evitar
ser devorado por el fragmento; solo quien ha cultivado una paz profunda puede,
al menos un poco, dormir en medio de la tormenta.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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