Bienaventuranza de la fe enjuta y simple
¿Qué es la fe, si no es la confianza radical
depositada en la palabra del Maestro?
No es posesión, no es cálculo, no es una garantía
forjada por las manos del hombre.
La fe es docilidad viva ante una palabra reconocida
como realidad auténtica y verdadera; es el corazón que, tras haber buscado
durante mucho tiempo, finalmente se inclina, no por miedo, sino porque ha
intuido la luz.
En verdad, no todos oyen de la misma manera. Hay
palabras que pasan como el viento sobre las piedras, y hay palabras que
penetran como una semilla en la tierra fértil.
Solo quien recorre la vida con el deseo de
autenticidad, solo quien cuestiona sus propias decisiones, solo quien no se
conforma con una verdad cómoda, sino que busca una verdad capaz de juzgar y
salvar, es capaz de reconocer la voz que viene de lo alto.
Es el camino interior el que abre los ojos de la
conciencia. Es la purificación secreta del corazón la que genera la intuición
de la palabra verdadera.
Así como el centinela reconoce el amanecer antes de
que aparezca el sol, así también el alma sincera reconoce la palabra auténtica
incluso antes de comprender todas sus razones. La reconoce porque esa palabra
no domina, sino que llama; no hiere, sino que sana; no aprisiona, sino que
devuelve a la vida su sentido profundo.
Así le sucedió al centurión en su encuentro con Jesús.
En el centro no estaba el orgullo de un hombre
poderoso, ni el deseo de ver una señal para saciar la curiosidad. En el centro
estaba el dolor de un siervo que sufría, la preocupación por una vida frágil,
la atención concreta hacia aquel que yacía en la necesidad.
Y este dato existencial es fundamental: la fe nace
donde el corazón no está cerrado en sí mismo, sino que vibra ante la herida del
otro.
Quien vive relaciones profundas ya conoce, aunque sin
saberlo, la gramática del Reino.
La madre que vela por su hijo, el padre que cuida del
camino de sus hijos, los cónyuges que se sostienen mutuamente en la fidelidad y
en la prueba, el amigo que no abandona a su amigo en la hora oscura: todos
ellos aprenden, en el fuego del amor, a discernir lo verdadero de lo vacío. Las
relaciones auténticas educan al alma para reconocer la palabra que merece
confianza.
Porque la palabra verdadera nunca es ajena a la
compasión. Desciende donde hay una herida, se posa donde hay una pregunta, se
convierte en bálsamo donde el hombre ya no encuentra remedio.
La palabra del Maestro no pasa de largo ante el dolor
como un juez distante: lo visita, lo asume, lo transfigura. Y quien ha
aprendido a amar reconoce esta palabra, porque lleva el sello de la
misericordia.
No busquemos la fe como una fórmula que repetir, ni
como una certeza que esgrimir contra los demás.
Busquémosla en el seno de nuestras relaciones
auténticas, en el cuidado de quienes sufren, en la fidelidad cotidiana, en la
disposición a dejarnos herir por la necesidad del otro. Allí, en el lugar donde
el amor se convierte en responsabilidad, la conciencia se aclara y el oído
interior se abre.
Bienaventurado quien reconoce la palabra auténtica
cuando llega.
Bienaventurado quien no pretende poseerla, sino que se
deja guiar.
Bienaventurado quien, como el centurión, lleva ante el
Maestro el dolor de otro y comprende que basta una palabra verdadera para
volver a poner la vida en marcha.
Porque la fe es esto: confiar en la palabra que sana,
en la palabra que ilumina, en la palabra que, al penetrar en nuestras heridas,
las transforma en manantiales de esperanza.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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