miércoles, 2 de septiembre de 2026

El discernimiento de Jesús.

El discernimiento de Jesús

 

En primer lugar está el reconocimiento. Antes que cualquier palabra, antes que cualquier doctrina, antes que cualquier rito, hay un hombre que ve en Jesús una presencia diferente, una grandeza que no se puede medir con las categorías habituales, una luz que no pertenece ni a los poderosos ni a los guardianes del Templo.

 

El leproso no se postra ante los sacerdotes, no se arroja a los pies de los líderes, no busca el favor de los ricos. Se postra ante Jesús, y con ese gesto silencioso proclama lo que muchos no quieren ver: en medio de Israel ha surgido una presencia nueva, una presencia que no pide permiso a las instituciones para manifestar la compasión del Misterio.

 

Las palabras y los gestos de Jesús ya habían atravesado pueblos y caminos como un viento inesperado. Habían sacudido los hogares de los pobres, llegado a los cuerpos heridos de los enfermos, encendido la esperanza en los rostros de quienes habían sido excluidos.

 

Allí donde la religión había puesto límites, Jesús abría pasos; allí donde los hombres habían levantado muros, Él hacía pasar la vida.

 

Por eso se acercaban a Él sobre todo aquellos que ya no tenían nada que defender: los pobres, los enfermos, los impuros, los hambrientos, los marginados. Reconocían en Él no a un nuevo amo, sino el signo de un Misterio finalmente devuelto a su verdad.

 

Los poderosos, en cambio, no acuden. Los políticos, los ricos, los guardianes del orden religioso no se sienten atraídos, sino amenazados.

 

Perciben que la multitud que sigue a Jesús no es una multitud manipulada, sino un pueblo que empieza a respirar. Y cuando el pueblo respira, los tronos tiemblan; cuando los excluidos alzan la mirada, las leyes injustas quedan al descubierto; cuando el Misterio vuelve a ser esperanza de los pobres, todo poder que lo había secuestrado entra en crisis.

 

Entre los que buscan a Jesús hay un leproso, un hombre al que la religión de su tiempo había declarado impuro. No solo enfermo, sino apartado. No solo sufriente, sino convertido en símbolo viviente de una distancia: distancia de los demás, distancia del templo, distancia del Misterio. Su piel se había convertido en sentencia, su cuerpo en frontera, su vida en exilio.

 

Los hombres habían dicho: «No puedes entrar en el espacio sagrado». Los hombres habían dicho: «No puedes acercarte». Los hombres habían dicho: «Quien te toque quedará contaminado».

 

Pero Jesús conoce estas leyes y conoce su peso. Sabe que hablan el lenguaje del miedo más que el del Misterio. Sabe que, a menudo, los hombres llaman voluntad divina a lo que sirve para conservar privilegios, distancias y dominio.

 

Por eso Jesús no retrocede. No discute desde lejos. No bendice la exclusión con palabras prudentes.

 

Extiende la mano y lo toca. Ese toque es profecía. Ese toque es juicio. Ese toque es revelación.

 

En el momento en que la mano de Jesús alcanza el cuerpo del leproso, se desmorona la mentira de una religión que pretende defender el Misterio excluyendo a sus hijos.

 

Jesús acepta volverse impuro según la Ley de los hombres, para mostrar que, ante el Misterio, ningún ser humano es impuro cuando busca vida, dignidad y comunión. Se sitúa del lado del excluido y, así, revela que el lugar del Misterio no es el recinto de los puros, sino la carne herida de quien ha sido rechazado.

 

El texto no habla simplemente de curación, sino de purificación. Y esta palabra abre un abismo.

 

El leproso no solo pide que su cuerpo sea sanado; pide poder volver entre los hombres y las mujeres, reincorporarse a la comunidad, no estar ya condenado a la invisibilidad. Pide que se rompa la sentencia que lo mantenía al margen. Pide, en el fondo, que el Misterio ya no se utilice en su contra.

 

Y Jesús responde a su profunda pregunta: «Quiero, quédate purificado».

 

No es solo una palabra dirigida a la enfermedad; es una palabra dirigida a la historia. Es una palabra contra todo Templo que cierra sus puertas, contra toda Ley que humilla, contra todo sistema religioso que divide a los hombres entre dignos e indignos. Jesús no confirma el mundo tal y como es: lo atraviesa, lo desenmascara, lo derriba desde dentro.

 

Aquí el Misterio se libera de la deformación producida por las leyes de los hombres. ¿Qué Dios sería aquel que excluye a los leprosos de su templo? ¿Qué Dios sería aquel más preocupado por la pureza ritual que por el sufrimiento de un hijo? ¿Qué Dios sería aquel custodiado por manos poderosas y negado a quienes lloran a las puertas?

 

El Evangelio responde con el gesto de Jesús: el Misterio no habita en la exclusión, sino que la visita; no consagra la distancia, sino que la rompe; no teme a la impureza, sino que la atraviesa para devolver al hombre a la vida.

 

Por eso, la acción de Jesús resulta peligrosa a los ojos de los poderosos. Les quita el monopolio de lo sagrado. Muestra que el Misterio no es propiedad de nadie, no pertenece a los Templos administrados como fortalezas, no obedece a las fronteras construidas por el miedo. Su misericordia no puede quedar aprisionada en los códigos de quienes quieren establecer quién puede acercarse y quién debe permanecer lejos.

 

El leproso purificado se convierte entonces en signo del mundo nuevo inaugurado por Jesús. En él se purifican todos aquellos que han sido declarados indignos. En él vuelven a hablar los cuerpos silenciados. En él vuelven a formar parte de la historia aquellos que habían sido relegados a los márgenes.

 

Y el pueblo comprende que la santidad del Misterio no consiste en separarse de los heridos, sino en inclinarse hacia ellos; no consiste en defender privilegios, sino en generar comunión.

 

Así, el Evangelio nos llama aún hoy a discernir qué leyes, qué costumbres, qué miedos siguen produciendo leprosos en nuestras ciudades, en nuestras comunidades, en nuestras Iglesias.

 

Y nos pide que reconozcamos dónde se ha secuestrado el Misterio, dónde se ha desfigurado su imagen, dónde su palabra se ha transformado en instrumento de exclusión.

 

Y nos anuncia que cada vez que alguien vuelve a levantarse, cada vez que un excluido es acogido de nuevo, cada vez que una mano se atreve a tocar lo que el poder declara intocable, por allí pasa de nuevo el Señor.

 

Ay de quien utilice el Misterio para cerrar puertas. Ay de quien pronuncie el nombre del Santo para proteger su propio poder. Ay de quien convierta la ley en piedra y la coloque sobre los hombros de los pequeños.

 

Porque el Misterio revelado en Jesús no se deja poseer. Él camina hacia los excluidos, toca a los impuros, levanta a los caídos, devuelve la dignidad a los olvidados.

 

Y donde los hombres habían escrito «fuera», Él escribe con su mano viva: «Tú eres hijo».

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El ritmo lento del crecimiento.

El ritmo lento del crecimiento   Hay un dato biográfico, aparentemente secundario, en la vida de Juan el Bautista, que, sin embargo, enc...