El discernimiento de Jesús
En primer lugar está el reconocimiento. Antes que
cualquier palabra, antes que cualquier doctrina, antes que cualquier rito, hay
un hombre que ve en Jesús una presencia diferente, una grandeza que no se puede
medir con las categorías habituales, una luz que no pertenece ni a los poderosos
ni a los guardianes del Templo.
El leproso no se postra ante los sacerdotes, no se
arroja a los pies de los líderes, no busca el favor de los ricos. Se postra
ante Jesús, y con ese gesto silencioso proclama lo que muchos no quieren ver:
en medio de Israel ha surgido una presencia nueva, una presencia que no pide
permiso a las instituciones para manifestar la compasión del Misterio.
Las palabras y los gestos de Jesús ya habían
atravesado pueblos y caminos como un viento inesperado. Habían sacudido los
hogares de los pobres, llegado a los cuerpos heridos de los enfermos, encendido
la esperanza en los rostros de quienes habían sido excluidos.
Allí donde la religión había puesto límites, Jesús
abría pasos; allí donde los hombres habían levantado muros, Él hacía pasar la
vida.
Por eso se acercaban a Él sobre todo aquellos que ya
no tenían nada que defender: los pobres, los enfermos, los impuros, los
hambrientos, los marginados. Reconocían en Él no a un nuevo amo, sino el signo
de un Misterio finalmente devuelto a su verdad.
Los poderosos, en cambio, no acuden. Los políticos,
los ricos, los guardianes del orden religioso no se sienten atraídos, sino
amenazados.
Perciben que la multitud que sigue a Jesús no es una
multitud manipulada, sino un pueblo que empieza a respirar. Y cuando el pueblo
respira, los tronos tiemblan; cuando los excluidos alzan la mirada, las leyes
injustas quedan al descubierto; cuando el Misterio vuelve a ser esperanza de
los pobres, todo poder que lo había secuestrado entra en crisis.
Entre los que buscan a Jesús hay un leproso, un hombre
al que la religión de su tiempo había declarado impuro. No solo enfermo, sino
apartado. No solo sufriente, sino convertido en símbolo viviente de una
distancia: distancia de los demás, distancia del templo, distancia del
Misterio. Su piel se había convertido en sentencia, su cuerpo en frontera, su
vida en exilio.
Los hombres habían dicho: «No puedes entrar en el
espacio sagrado». Los hombres habían dicho: «No puedes acercarte». Los
hombres habían dicho: «Quien te toque quedará contaminado».
Pero Jesús conoce estas leyes y conoce su peso. Sabe
que hablan el lenguaje del miedo más que el del Misterio. Sabe que, a menudo,
los hombres llaman voluntad divina a lo que sirve para conservar privilegios,
distancias y dominio.
Por eso Jesús no retrocede. No discute desde lejos. No
bendice la exclusión con palabras prudentes.
Extiende la mano y lo toca. Ese toque es profecía. Ese
toque es juicio. Ese toque es revelación.
En el momento en que la mano de Jesús alcanza el
cuerpo del leproso, se desmorona la mentira de una religión que pretende
defender el Misterio excluyendo a sus hijos.
Jesús acepta volverse impuro según la Ley de los hombres,
para mostrar que, ante el Misterio, ningún ser humano es impuro cuando busca
vida, dignidad y comunión. Se sitúa del lado del excluido y, así, revela que el
lugar del Misterio no es el recinto de los puros, sino la carne herida de quien
ha sido rechazado.
El texto no habla simplemente de curación, sino de
purificación. Y esta palabra abre un abismo.
El leproso no solo pide que su cuerpo sea sanado; pide
poder volver entre los hombres y las mujeres, reincorporarse a la comunidad, no
estar ya condenado a la invisibilidad. Pide que se rompa la sentencia que lo
mantenía al margen. Pide, en el fondo, que el Misterio ya no se utilice en su
contra.
Y Jesús responde a su profunda pregunta: «Quiero,
quédate purificado».
No es solo una palabra dirigida a la enfermedad; es
una palabra dirigida a la historia. Es una palabra contra todo Templo que cierra
sus puertas, contra toda Ley que humilla, contra todo sistema religioso que
divide a los hombres entre dignos e indignos. Jesús no confirma el mundo tal y
como es: lo atraviesa, lo desenmascara, lo derriba desde dentro.
Aquí el Misterio se libera de la deformación producida
por las leyes de los hombres. ¿Qué Dios sería aquel que excluye a los
leprosos de su templo? ¿Qué Dios sería aquel más preocupado por la pureza
ritual que por el sufrimiento de un hijo? ¿Qué Dios sería aquel custodiado por
manos poderosas y negado a quienes lloran a las puertas?
El Evangelio responde con el gesto de Jesús: el
Misterio no habita en la exclusión, sino que la visita; no consagra la
distancia, sino que la rompe; no teme a la impureza, sino que la atraviesa para
devolver al hombre a la vida.
Por eso, la acción de Jesús resulta peligrosa a los
ojos de los poderosos. Les quita el monopolio de lo sagrado. Muestra que el
Misterio no es propiedad de nadie, no pertenece a los Templos administrados como
fortalezas, no obedece a las fronteras construidas por el miedo. Su
misericordia no puede quedar aprisionada en los códigos de quienes quieren
establecer quién puede acercarse y quién debe permanecer lejos.
El leproso purificado se convierte entonces en signo
del mundo nuevo inaugurado por Jesús. En él se purifican todos aquellos que han
sido declarados indignos. En él vuelven a hablar los cuerpos silenciados. En él
vuelven a formar parte de la historia aquellos que habían sido relegados a los
márgenes.
Y el pueblo comprende que la santidad del Misterio no
consiste en separarse de los heridos, sino en inclinarse hacia ellos; no
consiste en defender privilegios, sino en generar comunión.
Así, el Evangelio nos llama aún hoy a discernir qué
leyes, qué costumbres, qué miedos siguen produciendo leprosos en nuestras
ciudades, en nuestras comunidades, en nuestras Iglesias.
Y nos pide que reconozcamos dónde se ha secuestrado el
Misterio, dónde se ha desfigurado su imagen, dónde su palabra se ha
transformado en instrumento de exclusión.
Y nos anuncia que cada vez que alguien vuelve a
levantarse, cada vez que un excluido es acogido de nuevo, cada vez que una mano
se atreve a tocar lo que el poder declara intocable, por allí pasa de nuevo el
Señor.
Ay de quien utilice el Misterio para cerrar puertas.
Ay de quien pronuncie el nombre del Santo para proteger su propio poder. Ay de
quien convierta la ley en piedra y la coloque sobre los hombros de los
pequeños.
Porque el Misterio revelado en Jesús no se deja
poseer. Él camina hacia los excluidos, toca a los impuros, levanta a los
caídos, devuelve la dignidad a los olvidados.
Y donde los hombres habían escrito «fuera»,
Él escribe con su mano viva: «Tú eres hijo».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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