La libertad del peregrino para ponerse en camino
Quien dice habitar en el Espíritu, pero permanece encadenado a sus propios límites, se miente a sí mismo.
La dimensión del Misterio no es un puerto seguro donde
amarrar, sino un océano sin orillas que exige el valor de zarpar.
¡Ay de quienes se quedan quietos!
La vida sedentaria del alma es la tumba de la
profecía.
Hemos construido recintos alrededor de nuestras tareas
y muros alrededor de nuestros lugares, llamándolos seguridad. P
ero el Espíritu del Misterio no se deja secuestrar por
nuestras costumbres, ni se domestica con la repetición de gestos vacíos de
fuego.
Él es el Misterio del Éxodo, el soplo que empuja hacia
fuera, la voz que llama a caminar por senderos que aún no existen.
Entremos en la nueva dimensión.
Acoger al Espíritu significa rasgar el velo del tiempo
lineal y del espacio limitado. Es nacer a una libertad que el mundo no conoce:
la libertad de no estar definidos por lo que hacemos, sino por Aquel que nos
llama.
No somos nuestro papel, no somos nuestra tierra; somos
caminantes del Infinito, dispuestos a cambiar de rumbo al más mínimo susurro
del Viento.
No hay vuelo sin raíces sumergidas en el silencio. Nadie puede decirse libre si no se nutre a diario del Misterio, en un diálogo que no conoce descanso.
La libertad no es ausencia de vínculos, sino el abrazo
constante con la Fuente. Todo fluye de Él y a Él todo debe volver.
Sin este contacto íntimo, perseverante y prolongado,
vuestra libertad se convertirá pronto en un nuevo desierto, y vuestro
movimiento en una huida vana.
Que este sea, pues, nuestro camino: busquemos su
rostro en lo secreto, para ser fuego en la plaza. No temamos lo incierto, pues
quien pertenece al Espíritu no tiene dónde recostar la cabeza, pero posee el
universo entero.
La libertad espiritual no es la facultad de hacer lo
que uno quiere, sino la capacidad de convertirse en lo que uno es en lo más
profundo, liberándose de las cadenas invisibles que nos esclavizan.
Salir de la vida «sedentaria».
No se trata solo de movimiento físico, sino de
desapego interior.
La libertad espiritual es la capacidad de habitar el
mundo sin poseerlo.
Quien es libre no pertenece a ningún lugar, sino que
es un peregrino. Esto le hace inmune a los chantajes de la comodidad y la
seguridad material.
Es la libertad de quien sabe que su patria está en los cielos (o en lo Invisible) y, por eso, puede estar plenamente presente en cualquier lugar sin ser esclavo de nada.
Esta es la parte más paradójica: solo se es libre
cuando uno se une a algo más grande. Sin el contacto diario con el Misterio (la
meditación, la oración, el silencio), la libertad degenera en arbitrariedad o
en soledad.
Al igual que una cometa solo es libre de volar
mientras está atada al hilo, el ser humano alcanza su máxima plenitud cuando
reconoce que «todo viene de Él y a Él vuelve».
La dependencia de la Fuente nos libera de las
dependencias del mundo (el juicio ajeno, las dependencias emocionales, la
ansiedad por el rendimiento…).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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