miércoles, 2 de septiembre de 2026

¿Quién es Éste?

¿Quién es Éste?

Buscamos una señal en el cielo, una invasión de ángeles procedentes de mundos lejanos, pero no vemos la grieta que se ha abierto en la carne de un hombre.

 

No lo llamemos forastero venido de estrellas remotas; Él es hijo de nuestra misma tierra y, sin embargo, Su mirada arde con una luz que no pertenece al día.

 

Olvidemos la magia. Su autoridad no es un don bajado de lo alto, sino una conquista del desierto.

 

Desde los días de su juventud, mientras sus compañeros se perdían en el bullicio de los mercados y en el cálculo de las ganancias, Él se deslizaba entre los pliegues del silencio.

 

Jesús no visitó el Misterio: se sumergió en el Abismo hasta formar parte de Él. Buscó la soledad no para huir, sino para encontrarse con el Origen.

 

En las largas noches bajo las estrellas de Galilea, interrogó las Escrituras hasta que las letras se convirtieron en llamas, y su espíritu sintonizó con las frecuencias de lo Eterno.

 

Quien cultiva el vacío del silencio recibe a cambio la plenitud de la visión.



Jesús adquirió esa sensibilidad sutil que permite sentir el latido del corazón del Misterio en el susurro de la hierba.

 

La suya no era una doctrina, sino una experiencia sensorial del Espíritu.

 

Caminaba entre nosotros como quien posee un mapa de lo invisible, tratando desesperadamente de prestar sus ojos a una humanidad prisionera del fango y de lo inmediato.

 

Pero he aquí la tragedia que aún hoy se consuma: la Luz ha venido y las tinieblas han preferido su propia ceguera.

 

Él ofrecía el Infinito; nosotros respondíamos con el trueque.

 

Él hablaba del Viento; nosotros pedíamos piedras y pan.


El enfrentamiento era inevitable. La vulgaridad de lo inmediato, esa ceguera espiritual que reduce la existencia al consumo y el alma a una función, no podía tolerar la profundidad de un hombre que desprendía el aroma del Misterio.

 

La cruz no fue una derrota, sino el grito final del Silencio contra el ruido del mundo.

 

Lo matamos porque no lográbamos comprenderlo y, sin embargo, precisamente esa sangre derramada generó la Gran Pregunta que sacude los siglos: ¿Quién es este?

 

Él no era un extraterrestre, era el Hombre Pleno.

 

Su muerte es el espejo de nuestra miseria y, al mismo tiempo, la invitación a ascender hacia aquellas cosas de lo alto que Él, el primero, tuvo el valor de contemplar.

 

El Misterio no está en otra parte; está dentro de quien, como Él, tiene el valor de callar y escuchar.

 

Él no solo leía las Escrituras; encarnaba sus arquetipos.

 

Cuando hablaba, no citaba leyes, sino que tocaba las cuerdas más profundas del alma humana (el Padre, el Hijo, el Reino, la Luz…).

 

Su mística era una psicología aplicada: veía en las personas no el pecado (el comportamiento superficial), sino el bloqueo psíquico o la potencialidad no expresada.


La muerte de Jesús es el momento místico por excelencia, pero psicológicamente es el sacrificio del ego.

 

Para «nacer de lo alto», el hombre debe aceptar el fin de su propia identidad limitada.

 

La gran pregunta sobre su identidad que surge de la muerte es, en realidad, la pregunta que todo ser humano debe plantearse: «¿Soy solo carne e historia, o formo parte de un Misterio más grande?»

 

Jesús vivió esta tensión hasta el extremo, convirtiéndose en el puente entre la finitud humana y el infinito espiritual.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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