Ars celebrandi del Triduo Pascual
El cristianismo nace de un acontecimiento. No de un mito, ni de una idea. Nace de un hecho, de un acontecimiento fundacional (al igual que el budismo y el islam).
El acontecimiento tiene un lugar, un tiempo, testigos.
La tradición lo llama acontecimiento
pascual: un acontecimiento que se extiende en tres momentos
inseparables: autodonación, muerte
y resurrección.
Pero creo que está teológicamente fundamentado
declinar estos tres momentos como acto personal de Cristo y no como
acción impersonal: Cristo entregado,
Cristo crucificado, Cristo resucitado.
Por otra parte, es mejor no citar solo «resurrección»,
porque nadie fue espectador ni testigo de ella; de lo que los discípulos fueron
testigos no es del acto de la resurrección
(como nadie ha sido nunca testigo de la creación…), sino de la nueva presencia
del Resucitado.
El acontecimiento central de la fe es el
acontecimiento central del Año Litúrgico (después del Domingo).
El Triduo Pascual es la forma ritual con la que la Iglesia se sitúa en este acontecimiento. Y, sin embargo, es precisamente aquí donde aparecen los límites de las celebraciones de estos días.
El Triduo a menudo parece traicionado por un
imaginario que lo ha fragmentado en días aislados. Nos hemos acostumbrado a
celebrar «por días» y no «por
acontecimientos», a vivir la Semana Santa (y el Triduo) como un
calendario de emociones, no como una entrada en la Pascua.
Intento retomar los tres momentos del único Triduo con
la certeza de que las referencias son múltiples, tantas como las experiencias
humanas que cada uno atraviesa.
No se trata de sustituir el rito por experiencias
personales, ni de reducirlo a una ceremonia vacía. Los ritos son la luz que
interpreta y transfigura la vida; sin ellos, la fe se reduciría a ideas o
emociones privadas, una relación sin cuerpo y sin comunidad.
El Triduo Pascual nos libera de esta ilusión y
devuelve a la fe su forma concreta y pascual. Esto siempre y cuando se
garanticen y custodien los ritmos de los ritos; los ritmos (tanto del Triduo
Pascual como de la Semana Santa y de los tiempos fuertes en general, de los Domingos…)
continuamente interrumpidos por interferencias en forma de comentarios prolijos
e inútiles sobre el propio rito o sobre la vida de la comunidad en general, por
la incapacidad de dejar que el rito se desarrolle, y que dañan y socavan la
reforma litúrgica no en su estructura ceremonial, sino en su patrimonio real:
el deseo de garantizar el acceso al misterio de Cristo.
Una comunidad que no ha recibido educación litúrgica
es una comunidad que no se deja formar por el misterio pascual y permanece (o
corre el riesgo de permanecer) al margen de la fe, o atravesándola sin dejarse
tocar…
El Jueves Santo es el día en que el
cuerpo se inclina, lava, parte el pan, bebe vino. Es el día del Cristo
entregado (de su autodonación; cf. Éx 12; 1 Cor 11;
Jn 13), el día en que el amor no se impone, sino que se expone.
Y, sin embargo, cuántas veces ha sido traicionado este
día por un imaginario que lo reduce a un recorrido de «sepulcros», a una peregrinación
estética, a un rito de paso entre amigos…
La Paschalis
sollemnitatis lo recuerda con fuerza: no hay «sepulcros», no hay
tumbas, no hay escenografías fúnebres.
El Viernes Santo es el día de la
fidelidad herida. El día en que el amor no se retrae, incluso cuando todo a su
alrededor lo niega. El día en que Cristo no reacciona, no se defiende, no
devuelve el golpe (cf. Is 52-53; Jn 18-19).
Sin embargo, este día sigue siendo a menudo
traicionado por devociones y procesiones medievales que transforman la Pasión
en una tragedia autónoma, separada de la Pascua, en dolor humano.
Durante siglos hemos vivido un «Triduo de la Pasión»
separado de un «Triduo de la Resurrección», como si la muerte fuera un fin y no
un paso. Las procesiones y las devociones corren el riesgo de perpetuar este
malentendido: un Cristo muerto
que no conduce al Resucitado,
sino que permanece suspendido en un sufrimiento humano sin salida posible.
Como si ese dolor nunca hubiera entrado en el corazón
de la Trinidad y no hubiera, por ello, introducido una experiencia en la propia
dinámica de la perijóresis (relación) trinitaria: una dinámica
que hay que (re)pensar por completo…
El momento del Resucitado está, además, rodeado de
silencio, de una suspensión abierta, de una fecundidad inesperada. Y, sin
embargo, cuántas veces este día ha sido traicionado por una «disolución
de la gloria». Una gloria anticipada, fuera de tiempo, que rompe la
lógica del silencio-espera-posibilidad.
Y cuántas otras devociones llenan el sábado de palabras,
de sonidos, de actividades, como si el silencio fuera una insoportable remisión
al vacío estático. Pero la Vigilia —que remite al Cristo
resucitado— no es una prolongación artificial del sábado, ni un rito
situado «al final» por razones prácticas: es el culmen del tercer día,
el momento en que lo que comenzó al atardecer del viernes alcanza su plenitud:
la posible apertura silenciosa de la vida que nace.
Todo converge en la Vigilia de la historia de
la salvación (cf. Gn 1, 22; Ex 14-15; Is 54-55; Ez 36; Rm 6; Mt 28; Mc 16; Lc
24). La Vigilia es el lugar donde la fe donada y herida se abre, se extiende,
se dilata: no cierra un tiempo, no cierra al hombre, no lo exalta sin pasado.
La Vigilia
transfigura la donación y las heridas en un proceso incesante que viene de
lejos, como el trabajo constante, silencioso y tenaz de las abejas que generan
la cera de la que nace el cirio pascual.
En este lento y constante permanecer en el misterio, el rito es, por tanto, performativo: es ese lugar en el que la forma no se exhibe, sino que sumerge, convirtiéndose en un espacio generativo en el que la fe no se contempla desde fuera, sino que ocurre, envuelve y transforma.
Esto significa enseñar que el rito no es algo que «se
hace», sino una acción «que
nos hace»; no un gesto que observar, sino un lugar en el que dejarse
transformar; no un recuerdo que conmemorar, sino un acontecimiento que nos
lleva dentro y ante el misterio de Cristo.
Explicar el rito sin hacerlo vivir es como enseñar las
tácticas futbolísticas sin hacer jugar: se transmiten conceptos, pero se niega
la experiencia (y los resultados se ven no solo en el fútbol…).
El rito no se entiende de antemano, se entiende desde
dentro; no se aprende escuchando, sino participando. Solo sumergiéndose en el
gesto, en el silencio, en el ritmo, en el misterio de Cristo que se entrega,
puede surgir la fe.
Está claro que las devociones populares no deben
abolirse: es su ritmo, sin embargo, el que debe servir eventualmente al ritmo
del Triduo Pascual y no al revés.
Las devociones son parte viva de la fe del pueblo, un
lenguaje afectivo, corporal, identitario, de masas. Son acciones «emocionales».
Pero se convierten en un problema cuando sustituyen al rito, cuando lo
anticipan, lo retrasan, lo ocultan, lo hacen superfluo y casi «ilógico».
Una devoción es auténtica cuando conduce al Triduo Pascual, no cuando lo sustituye. Cuando una devoción impide vivir el ritmo radical del Triduo Pascual, ya no es popular: es ritualidad populista, que traiciona lo que pretende honrar.
El drama del Triduo Pascual está aquí: se multiplican
los gestos y se pierde el evento (como cuando durante las celebraciones
eucarísticas de los «tiempos fuertes» se intercalan —con
estilo didáctico— carteles, frases, coreografías…: otra forma de traicionar el
recorrido experiencial del rito).
Hay que volver siempre al ritmo del Triduo Pascual, y
no solo porque las devociones corren el riesgo de reducirlo a partes rancias de
viejas costumbres, sino porque es el hombre quien siempre corre el riesgo de
reducir las experiencias religiosas a nichos de autocomplacencia y a
aislamiento ideológico: todo creyente (todo individuo) se ve siempre tentado a
reducir la experiencia religiosa (y la vida) a un refugio autorreferencial.
Por el contrario, el ritmo del Triduo Pascual nos
despierta a la dinámica de la fe: la entrega del Jueves, la herida del Viernes,
la apertura de lo posible generativo de la Vigilia. Así, la Pascua no está
después del Triduo Pascual, está dentro del Triduo Pascual.
Desde el punto de vista existencial, por tanto, el ritmo
del Triduo Pascual es la gran refutación de toda tentación de autosuficiencia
humana; y, al mismo tiempo, es la revelación de la grandeza de la existencia
como posibilidad, como capacidad de regenerarse, que no es fruto de un esfuerzo
que nace de uno mismo sino que se realiza en el encuentro, en la relación:
siempre que se permanezca en el ritmo del Triduo Pascual.
El ser humano, cuando se confía solo a sí mismo, tiende a construir pequeñas fortalezas interiores: sistemas cerrados, formas rígidas, hábitos que tranquilizan más que transforman. Es una dinámica tan antigua como el hombre: uno se protege de la vida endureciéndose, se defiende de la verdad repitiendo gestos que ya no cuestionan.
Y si esto es cierto para el individuo, también lo es
para las comunidades: incluso las Iglesias, si no se dejan formar por el ritmo
del Triduo Pascual, se reducen a un grupo cerrado, intolerante, ideológico,
espiritualista, narcisista…
El rito, por el contrario, cuando está vivo, rompe
esta inercia. No consuela: sacude. No confirma: abre. No cierra: expone. El
rito auténtico arranca al hombre (y al grupo) de la autorreferencialidad y lo
devuelve a lo «totalmente otro» que para él se convierte en lo «totalmente
posible».
El ritmo del Triduo Pascual es un itinerario: libera
de la fantasía narcisista del control, rompe la posesión, abre a lo posible,
ilumina la vulnerabilidad como lugar de cambio y de crecimiento más allá de la
desesperación estéril hacia una posibilidad inédita.
Entonces, la Pascua (como las experiencias de fe) no
está después del Triduo Pascual: está dentro del Triduo Pascual, que no nos
ofrece ceremonias tradicionales, sino que intenta devolver al hombre al hombre,
a su posibilidad e identidad radicales.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF






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