Alegre en la tristeza y triste en la alegría
Ésta es una reflexión muy personal, mejor aún, autobiográfica a partir del grande músico Enrique Urquijo y su canción “Aunque tú no lo sepas”: https://www.youtube.com/watch?v=o6OULHNV3js
¿Por qué quien habla de felicidad tiene los ojos
tristes? Lo noté la otra noche. Observaba uno a uno a quienes alababan la
felicidad y percibía en ellos un trasfondo de tristeza mal disimulado tras la
fachada de la euforia.
Quien más se llenaba la boca de felicidad y se
entusiasmaba con su nombre, delataba en sus ojos y a veces en su tono viejas
cicatrices de melancolía, infelicidades añejas; se percibía en él la falta de
felicidad o su lejanía.
Quizás porque quien habla de felicidad no la vive en
su interior, sino que la invoca desde fuera y de ella resurge el recuerdo
perdido; quizá porque solo la ha rozado en algún lugar extasiado y remoto y
sufre su vacío, como si la falta de felicidad fuera ausencia de vida, de aire y
de luz; o quizá porque es de un carácter tan infeliz que piensa disipar su
estado de ánimo con solo invocar la felicidad, esperando que su mero nombre
pueda ofrecer ya una muestra de ella o suscitar un atisbo.
Entonces hablar de felicidad se convierte en un rito
de propiciación. Por eso me he convencido de que hablar de felicidad es propio
de los infelices. La felicidad se vive, no se describe, mientras se está
dentro; si se quiere contarla, ya se está fuera.
Cuán infeliz debe de ser una época que exalta la
felicidad y se regodea en su culto; escribe sobre ella, la canta, habla de
ella, la inunda de felicitaciones y buenos augurios. Como si la vida pudiera
renunciar a todo, a la verdad y a la dignidad, a la libertad y al amor, al
conocimiento y a la piedad, en nombre divino de la felicidad.
Están convencidos de que la felicidad los contiene a todos, o los hace a todos superfluos, y en cambio la felicidad es precisamente la suspensión de la vida; no es el despertar, sino el sueño. Debe de ser esclavo de un placer enfermo y doloroso quien se afana por detener la felicidad y coronarla como reina de su vida.
La felicidad desaparece en cuanto se desea, llega
inesperada, es una huésped voluble y fugitiva. Las alegrías y los dolores
duelen ambos, pero en momentos distintos; tarde o temprano se paga la
felicidad. Los otoños y los inviernos vienen a hacernos pagar las primaveras y
los veranos.
La tristeza nace de la pérdida, la felicidad, en
cambio, surge de perderse. La tristeza genera tesoros cuando se convierte en el
arte de la derrota, y al reelaborar la pérdida alcanza glorias radiantes, aunque
dolorosas. (…)
Nuestros padres pensaban que la felicidad era un bien
público, incluso la más íntima y privada; ahora hemos caído en el extremo
opuesto y creemos que la felicidad es solo un bien privado.
En realidad, la felicidad no tiene naturaleza pública
ni privada; sino que es una armonía, una breve coincidencia entre vivir y
querer. Más que íntima, la felicidad es interior; más que exterior, es
extrovertida. Hay infelicidades que provienen de la vida pública y otras de la
vida privada.
La felicidad no es una condición, sino una caricia; es
la convergencia fugaz del clima, la suspensión y los gestos, de la soledad
dichosa o la compañía armoniosa. La felicidad se deja ver solo un instante, y
no se deja atrapar; más bien es ella quien te atrapa; pero en cuanto te das
cuenta, se desvanece. No es un programa de vida, sino un extra; ni hablar de
que pueda residir en los objetos.
La felicidad desaparece en cuanto se desea, llega
inesperada, es una huésped voluble y fugitiva. Las alegrías y los dolores
duelen ambos, pero en momentos distintos; tarde o temprano se paga la
felicidad. Los otoños y los inviernos vienen a hacernos pagar las primaveras y
los veranos.
Cuando eres consciente, no está presente; cuando está presente, no eres consciente. La felicidad tiene el corazón abierto pero los ojos cerrados. Tiene el paso rápido y las manos ligeras. Los días más felices de la vida son los primeros en escapar a los miserables mortales. Porque la felicidad es volátil y vuela deprisa, la humanidad es terrenal y camina lentamente.
Y, sin embargo, se dice a menudo que a las almas
nobles les conviene más la melancolía, porque el pensamiento se nutre de la
falta, de la tristeza y, a veces, se eleva y se purifica en el dolor.
La nostalgia de vivir y la aguda percepción de la
muerte son propias de las naturalezas más pensativas, y su unión engendra el
pensamiento filosófico y la poesía. ¿Cómo es posible desear la felicidad y
reconocer la austera belleza de su contrario?
Es humano buscar la felicidad, es noble acoger la
melancolía. Personalmente, amo más la primera y admiro más la segunda, y en el
fondo no sé renunciar a ambas porque ambas traen dones: los dones de la
felicidad se saborean apenas brotan, los dones de la melancolía se saborean
cuando se marchitan.
Porque la melancolía es fértil, pero tiene su
gestación y sus dolores; la felicidad ya se anuncia con su aroma y llena los
ojos. La melancolía es un puente entre el pasado y el futuro, la felicidad es
la plenitud del presente.
La vida perfecta consiste en moverse con destreza entre los frutos dulces de una y los frutos agrios de la otra, sabiendo que sería imposible vivir solo de unos o de otros, o pretender de unos lo que nos dan los otros.
Las naturalezas más inclinadas a la melancolía saben
saborear con más alegre plenitud el gusto de la felicidad; es como si su
profundidad amplificara su sabor y su aroma. Quien conoce la tristeza sabe
apreciar más la felicidad.
El sabio se embarca tanto en la melancolía como en la
felicidad para cruzar el río de la vida. La sabiduría es lo que queda de ambas,
una vez vadeado el río. La vida auténtica está en la otra orilla, más allá de
la felicidad y de la tristeza.
No sé si tiene razón quien exhorta a ser «alegre en la
tristeza y triste en la alegría»; pero sé que la previsión de una modera el
disfrute o el sufrimiento de la otra, evitando perderse en las secuelas de la
alegría o la tristeza, y las convierte a ambas en sirvientas y no en dueñas de
nuestra alma.
Sin embargo, sigue siendo cierto, y tal vez me
equivoco, que la felicidad es un fermento de locura, mientras que la tristeza
va de la mano del sentido común. Hay algo infantil en la felicidad y algo senil
en la sensatez; la perfección sería saborear la infancia con la sabiduría de un
anciano y las energías de un muchacho; pero es imposible.
Pero necesitamos esa locura si sabe ser leve y breve;
y en esa sensatez se funda la humanidad, siempre que vigile pero no suprima
nuestro humanísimo placer de vivir.
Y todo esto... aunque tú no lo sepas: https://www.youtube.com/watch?v=o6OULHNV3js
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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