sábado, 10 de enero de 2026

Educar en el arte del juego limpio.

Educar en el arte del juego limpio

La palabra «deporte», en su larga trayectoria histórica, contiene una multitud de perspectivas que han dado lugar a numerosas investigaciones y especulaciones sociológicas sobre el tiempo, los usos y las costumbres de las distintas épocas. 

Se han recopilado principalmente las historias de los ganadores, de los héroes mitificados, de los talentos precoces y sobresalientes, de los récords batidos uno tras otro, de las estrellas que lo han conseguido con esfuerzo y sacrificio, construyendo una constelación de gloriosos éxitos, obras maestras indiscutibles, ídolos seductores, dando forma a un imaginario en el que todos desean reflejarse, al que todos tienden por emoción y ambición. 

Desde el punto de vista cultural, cívico y educativo, y también desde el punto de vista político, tal vez sería curioso enriquecer esta geografía consolidada haciendo aparecer en su interior otros puntos de vista… 

El deporte es una gran institución moderna que, en muchos aspectos, ha adoptado las formas ancestrales del espectáculo. La función social que en algunas épocas y en algunas sociedades desempeñaba el teatro, hoy la interpreta, a su manera, el deporte: reunir a la ciudadanía en una experiencia común, compartir emociones, solicitar una participación activa… 

El deporte tiene una tendencia: corre el riesgo de transformarse, de forma subterránea, en una burbuja casi separada, con su propio ritmo, su propio estatus, un calendario repleto de actuaciones, lleno de torneos, competiciones y partidos sin interrupción. Los atletas y deportistas, a veces, corren el riesgo de no distinguir claramente la naturaleza de su condición emocional, laboral y existencial. 

Hoy más que nunca, se exige a los entrenadores, maestros y directivos una postura y una atención complejas y multidisciplinares: deben saber garantizar el acompañamiento en un proceso de crecimiento humano y profesional dentro y fuera del deporte. 

Del mismo modo, en los programas escolares debería profundizarse en la complejidad del mundo deportivo, poniendo de relieve sus valores y sus sombras, sus oportunidades y sus logros, y debatiendo con los jóvenes sobre la conveniencia de un modelo deportivo orientado al futuro. 

Hoy en día, sin embargo, este tipo de enfoque tantas veces parece cada vez menos posible. La sociedad hiper-competitiva, en sus picos más desenfrenados, ha sustituido por completo la dimensión comunitaria, mágica y ritual, en la que el juego representaba una actividad auténtica para quienes lo practicaban y para la comunidad que asistía. 

El deporte, con una transformación cada vez más rápida y acelerada, incluso a edades tempranas, parece haber dejado de asociarse a las posibilidades de un proceso educativo, a un momento de juego y diversión. Algunos datos hablan de una alarmante dispersión de la actividad deportiva, de una sensación de ansiedad precoz en los entornos deportivos, incluso en los deportistas amateurs. 

Todo ello impone la urgencia y, al mismo tiempo, el deseo de intentar responder a algunas preguntas extremadamente concretas: ¿El deporte, en sus aplicaciones cotidianas, es bueno para quienes lo practican? Y más concretamente: ¿tiene la práctica deportiva una utilidad social y pedagógica? 

El concepto de fair play, literalmente juego limpio, nació en Inglaterra en el siglo XIX. Concebido inicialmente para las competiciones deportivas, con el tiempo se ha ido abriendo paso en otros ámbitos y se ha extendido también a las relaciones sociales, las instituciones y la política, donde el fair play no solo representa una forma de comportarse, sino también una forma de pensar. 

El fair play significa mucho más que jugar respetando las reglas. No se trata solo de la lucha contra el dopaje o la violencia física y verbal. Es una práctica de cuidado, es una postura —elegida, asumida— que se transforma en una red colaborativa espontánea, que teje una dirección educativa, que desea denunciar la explotación, las desigualdades, la corrupción, poniendo de relieve las evidentes incongruencias que se esconden bajo el resplandor cegador de un contexto tan complejo como el deportivo. 

Practicar el juego limpio exige salir del escenario, ponerse de acuerdo con la alteridad del otro y de los otros. 

El juego limpio no acepta el abuso entre atletas durante una competición en el terreno de juego, y, al mismo tiempo, con más fuerza aún, fuera de ese campo tiene la obligación de denunciar la construcción de un estadio sin contratos y sin seguridad en el trabajo, no puede tolerar la discriminación generalizada de los medios de comunicación, se niega a justificar el enorme gasto de recursos públicos en eventos gigantescos que producen beneficios para unos pocos privados. El juego limpio es una oportunidad de humanidad para la humanidad. 

El juego limpio rompe la barrera virtual de los estadios y pabellones: incorpora los conceptos de empatía, amistad y respeto por los demás, contribuye a la construcción de un espíritu deportivo. 

La ausencia de una educación en el juego limpio, tanto en el deporte como en la vida, conlleva inevitablemente un desinterés por el cuidado de uno mismo y de los demás, produce una soledad cansada y vacía, fomenta una ira profunda, una incapacidad para escuchar, o dependencias patológicas; confunde la dimensión lúdica con un escenario de hiper-competencia, burla y opresión del adversario, alimentando mecanismos consolidados que nuestro sistema actual ya produce con obstinada violencia. 

El deporte, y el juego en general, son bienes públicos, o al menos deberían serlo. Pero en la sociedad contemporánea, el riesgo es que los campos de juego se conviertan en lugares de exclusión, ansiedad por el rendimiento y competencia tóxica. 

Recuperar la dimensión del juego como ritual social, como espacio relacional abierto y acogedor, se convierte hoy en una urgencia educativa y política. 

Esto significa también invertir en la escuela, en la formación de los educadores, en los espacios públicos, en el tiempo lento del aprendizaje motor y cooperativo. Significa, sobre todo, afirmar una visión cultural del deporte que vuelva a situar a la persona y a la comunidad humana en el centro. 

Según el gran analista de la infancia Donald Winnicott: «Es en el juego y solo mientras juega cuando el individuo, niño o adulto, es capaz de ser creativo y hacer uso de toda su personalidad, y es solo siendo creativo cuando el individuo descubre su yo». 

En el fondo, cada uno de nosotros tiene cualidades y capacidades personales que, si se apoyan con la atención y el cuidado adecuados, pueden acompañarnos hacia nuestra propia realización. 

Todo el mundo, sea deportista de élite, olímpico, …, o no, debería poder ser acogido en un entorno que alimente y apoye sus aspiraciones individuales. No para que todos se conviertan en grandes campeones y suban al podio, sino para que todos puedan convertirse en protagonistas satisfechos de sus propias vidas, que quizá sea lo único que importa para ser feliz. 

La educación en el juego limpio se convierte entonces en una práctica de ciudadanía activa, una construcción compartida de sentido y valores, un espacio en el que se puede aprender la convivencia democrática, en el que se puede aprender que las reglas no son instrumentos de control, sino pactos de reconocimiento mutuo. 

El juego limpio, por lo tanto, no es el deporte, sino lo que decidimos hacer del deporte. 

El juego limpio no es solo un código de conducta deportiva, sino un modelo social de vida en sentido pleno. Es una gramática relacional, una ética del límite, una forma de respeto que se opone a la lógica de la opresión, del individualismo desenfrenado, de la victoria a cualquier precio. 

El deporte y la ética, si se pretende fomentar un cambio lento pero necesario, deberían representar un binomio indisoluble. Por esta razón, es fundamental que el mundo del deporte sitúe en el centro de sus actividades iniciativas de carácter educativo y formativo dirigidas a atletas, entrenadores, directivos, padres/madres y todos aquellos que participan en actividades deportivas, incluido el público que asiste a los eventos. 

En una sociedad en la que a menudo se exalta el éxito personal, la competencia agresiva y la lógica de la eficiencia, el juego limpio representa una contra-narrativa cultural: afirma que las reglas solo tienen sentido si se comparten, que la fuerza no vale nada sin responsabilidad, que la libertad del individuo solo tiene valor si se basa en la reciprocidad. 

Respetar al otro en el juego significa aceptarlo como parte constitutiva de la propia acción, no como un obstáculo que hay que eliminar. De ahí surge una concepción de la convivencia que puede y debe trascender el ámbito deportivo: en la escuela, en el trabajo, en la política, en las relaciones cotidianas. 

El juego limpio se convierte así en un principio educativo permanente, no limitado a una edad o un contexto, sino válido para toda la vida. Es un “habitus”, una postura existencial que nos entrena para la ciudadanía, la cooperación e incluso la gestión de conflictos. 

Pensar en el juego limpio como modelo social significa reconocer su capacidad para generar bienes relacionales: confianza, reconocimiento, escucha, respeto por la diversidad. 

En una época en la que se habla a menudo de crisis de la democracia, de fracturas sociales y de exclusión, educar en el juego limpio equivale a construir capital social, a promover vínculos significativos, a enseñar que no puede haber libertad sin equidad, ni mérito sin justicia. 

Desde esta perspectiva, el deporte y el juego se convierten en laboratorios de la sociedad: microcosmos donde se experimenta de forma simbólica lo que luego ocurre en la vida real. Por eso es fundamental que no se reduzcan a meras actuaciones, sino que se reconozcan como prácticas culturales dotadas de un enorme potencial transformador. 

El juego limpio, en este sentido, es un proyecto de sociedad: inclusiva, equitativa, cooperativa. 

Es tarea de los clubes deportivos, las federaciones, los medios de comunicación, la pluralidad de atletas y deportistas, las escuelas, las instituciones educativas, las familias y las comunidades hacerse cargo de este proyecto, no como una imposición moralista, sino como una visión cultural compartida, que debe alimentarse cada día a través del ejemplo, el diálogo y el cuidado de las relaciones. 

Enseñar el juego limpio significa educar en la responsabilidad, la gestión del poder y la empatía. Significa enseñar que «jugar bien» es mucho más que ganar: es saber compartir un espacio de confrontación e imaginación, afrontando los límites propios y ajenos, respetando su frágil complejidad. 

En definitiva, el juego limpio es una apuesta ética y política por el futuro: una forma de imaginar y construir una sociedad más justa, a partir de gestos sencillos pero radicales. Hoy en día, no hay nada más urgente que volver a educar en el sentido del límite, en la delicadeza del equilibrio, en el valor de la relación. 

Expresar el arte del juego limpio puede mostrar, dentro y fuera de los campos deportivos, que es posible otra forma de habitar el mundo: más humana, más solidaria, más sostenible. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

La fuerza bruta tiene miedo del Crucificado.

La fuerza bruta tiene miedo del Crucificado El Crucificado es una persona, frágil, un hombre.   Es alguien que vivió pobre entre los pob...