sábado, 10 de enero de 2026

Yo estaré contigo cada día hasta el final - una meditación en la cama del enfermo -.

Yo estaré contigo cada día hasta el final - una meditación en la cama del enfermo - 

Vivir mucho tiempo con la enfermedad, además de exigir presencia, requiere el desarrollo de unas habilidades específicas para la vida. 

Una es la habilidad de «lidiar» con la propia vulnerabilidad, aceptada y asumida. 

Esta competencia permite reorganizar las condiciones de limitación y posibilidad en la vida personal y social, cultivando y practicando el equilibrio afectivo y la fortaleza psicológica necesarios. 

Esta competencia requiere otras: por ejemplo, la de cuidar la dimensión simbólica, y no solo la proyectual, de los gestos en los que se expresan la atención, el cuidado, la escucha, la delicadeza, la profundidad, …. 

Vivir bajo el signo de la disminución y el declive exige, además, la capacidad de no oscilar entre la libertad imaginaria y la reducción del horizonte de expectativas, y puede capacitar para mantener el sueño dentro de la realidad. 

Un sueño con los ojos abiertos que capta el valor propio de las cosas, que capta la espera. Espera de respeto, de cultivo, de encuentro, de escucha, de diálogo, de atención. 

Es una competencia suave y delicada que nace del encuentro entre aquellos que son capaces de confiar y exponerse, de ser promesa sin otras certezas que la de aquella palabra sublime que se regala. Solamente con aquella palabra tantas veces callada y silenciosa: “no te abandonaré”. 

Ocurre, a veces ocurre, que allí donde las personas más frágiles corren el riesgo de ver anulada toda posibilidad, precisamente allí se pueden tejer tramas de búsquedas concretas que pueden llevar a decir: «Creo que puedo, puedo intentar poder»; es más, «debo intentar poder porque tú estás ahí». 

Lo desconocido, la reaparición de la suspensión entre el ser y la nada, pone a prueba la capacidad de permanecer en lo abierto… 

Lo desconocido, lo abierto que nos da miedo y que tememos; lo desconocido, lo abierto que nos protege, nos custodia, nos defiende. 

Lo evitamos, lo negamos y, sin embargo, en la rendición y el abandono, se puede abrir paso un asombro sin fin. 

En el reflejo de la gracia encontrada, de la belleza captada y conservada, de la inocencia que se nos confía, en la remisión de las deudas y las culpas no confesadas, ahí está la vida. 

La vida puede retirarse… y puede seguir dándose… La vida puede estará apagándose hasta morir… y alumbrándose en una vida nueva y más plena… 

Lo esencial está en los pliegues, en las vidas arrugadas; o un poco desgarradas, remendadas e incluso retorcidas. Donde se vuelve a empezar un poco por necesidad y un poco por deseo… pero puede ser volver a intentar desear, volver a nacer… 

Nos encontramos en la vida, precisamente: gracias a otros, con y entre otros. Y, a veces, caemos en la cuenta de que «ya no nos pertenecemos», poco a poco lo sentimos con claridad. 

Y no tememos ver reflejada nuestra pequeñez y nuestra insignificancia, nuestros miedos y nuestras impotencias. 

Y el cuerpo, poco a poco, siente el gemido y el final, y quizás también la belleza, el placer, del don de una presencia cercana; siente la bondad, el placer de una presencia que acompaña y sostiene: “no temas, yo estoy contigo”. 

En la pobreza y en la fuerte torpeza de los cuerpos, las palabras a menudo no logran articularse, entonces pueden intentar sentir ese silencio de la vida del que una palabra debe renacer continuamente. 

Quizás solo en la pasividad del cuerpo que ya no aguanta, del ser humano que toca su fin, es posible volver a aprender las palabras y el silencio, la vigilia y la espera. 

Cuando nos ha ocurrido pensar desde los márgenes de la vida (los nuestros y los que encontramos o en los que nos situamos), vivimos como una disolución. 

El tiempo ya no se desenrolla como un proyecto sino que se sorprende como lugar de una promesa de verdad y de bondad, de un tesoro escondido de redención y de sanación salvadoras. 

La enfermedad es también, tantas veces lo es, un vivir declinando. Y que recuerda la necesidad y la posibilidad de encontrar nuevas formas y tiempos para vivir, precisamente declinando... disminuyendo. 

Cada «ruptura» que se determina en la biografía personal, relacional…, impone y permite volver a buscar una forma, una dimensión, un nuevo destino al tiempo vivido y al tiempo que resta. 

Saber resistir, re-existir, comenzar, terminar y entregar, cuidar los legados, recapitular, desear, regenerar y hacerlo disminuyendo: buscar encontrar este cuidado de uno mismo puede requerir un nuevo, inédito y diferente aprendizaje de la relación con el tiempo. 

Marcado de manera muy diferente al tiempo del querer poder, del controlar y dominar, del disponer, del aumentar, del crecer, del multiplicar, de la eficiencia... 

Me he encontrado con personas que lo viven en el ámbito del cuidado durante la enfermedad, en el que se siente que uno ya no dispone de sí mismo, que ya no se pertenece a sí mismo. 

La enfermedad, a veces, se convierte en un lugar existencial, un lugar de significado, …, un lugar de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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