El arte del silencio
¿De dónde procedía la fuerza que animaba el corazón de Jesús? ¿Qué fuente secreta alimentaba su luminosa serenidad, su lucidez en los momentos decisivos, su forma amable de acercarse a las almas perdidas?
Había una esencia, un soplo profundo que lo distinguía
de los hombres: su estilo es la meditación, una oración cultivada en los
lugares ocultos, al abrigo de las miradas y los ruidos del mundo.
Jesús cuidaba de su alma en el silencio, y es
precisamente ahí donde el Misterio encontraba morada en Él, irradiándose como
una luz sutil sobre cualquiera que cruzara su mirada.
Sumergido en el silencio, se reencontraba consigo
mismo, dejando que los acontecimientos fluyeran sin arrollarlo: el silencio se
convertía así en su roca y su refugio.
El Misterio nace y se manifiesta en el silencio: como
el rocío que cae en silencio al amanecer, así la paz se posa sobre quien la
busca en lo más profundo.
Solo quien se atreve a detenerse, quien se sumerge en
el silencio, puede escuchar la voz que habla al alma, puede percibir la
profundidad de la palabra y agudizar la mirada que ve más allá de las
apariencias.
Por eso Jesús elegía las primeras luces de la mañana: se adelantaba al día, le quitaba espacio a las tinieblas que se arrastran por los pensamientos y el corazón.
Abandonar la pereza, luchar con determinación para
levantarse antes del amanecer, es el rasgo distintivo del alma que anhela la
luz; por el contrario, posponer el despertar es síntoma de una noche que se
prolonga, de las sombras que aún pesan sobre los huesos y el alma y no nos
dejan dormir, nos mantienen despiertos y agobian el corazón.
No hay que tomárselo a la ligera con las tinieblas que
nos envuelven por la noche. Hay que luchar con todas nuestras fuerzas para no
permitir que invadan nuestros sueños.
¿Quizás por eso Jesús se entregaba a la oración adelantándose
al amanecer?
¡Levántate y resplandece!, parece susurrar el Misterio.
Solo quien se sumerge en el silencio al comienzo del
día aprende a pronunciar palabras que desprenden sabiduría; solo quien escucha
el eco del Misterio puede vivir en su profundidad.
Es necesario habitar el silencio para aprender a mirar
más allá, a no dejarse seducir por la superficialidad de las cosas; hay que
huir del caos, buscar la soledad como se busca un tesoro escondido.
Esta es una de las tareas más elevadas de la vida
adulta: convertirse en guardianes del propio silencio interior.
Solo así se puede ser, como Jesús, portadores de una
fuerza silenciosa que no se deja quebrantar fácilmente por las tormentas del
mundo.
En el silencio se esconde la verdad, y quien sabe
escuchar el silencio se convertirá, él mismo, en voz del Misterio.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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