jueves, 21 de mayo de 2026

De la decepción política al arte de una buena política en democracia.

De la decepción política al arte de una buena política en democracia

Todos sabemos lo que es la decepción. La sentimos ante nuestras propias acciones, ante los proyectos políticos y ante el deseo de generar un cambio social. Y aunque a menudo nos sentimos decepcionados, quizá no todo tiene por qué agotarse ahí de manera resignadamente fatal.

 

La decepción podría considerarse una presencia indeseada en nuestra vida cotidiana. Sus implicaciones no siempre son tan evidentes. La decepción no tiene un punto final, nunca significa sentirse decepcionado uno solo: al contrario, la decepción es abierta, está contextualizada socialmente y estructurada políticamente.

 

La decepción, de hecho, es a la vez personal y universal, subjetiva y política. Es sin duda un sentimiento genérico que todos compartimos —el fracaso de nuestras expectativas—.

 

La pregunta que me hago es si, con cada fracaso, con cada brutal instancia de decepción, se hace posible una nueva forma de política. Porque entiendo que la decepción es inevitablemente crítica: expresa un límite real de los sistemas políticos y de nuestra democracia.

 

La decepción por el estado de las cosas, o por nuestra incapacidad para generar un cambio genuino, no es solo una cuestión de percepción. También surge de las imperfecciones intrínsecas de nuestro sistema político democrático.


Ciertos acontecimientos políticos no se repiten solo como tragedia y luego como farsa, sino como una farsa que conduce a una tragedia aún más extrema.

 

Y todos podemos sentirnos optimistas humillados e impotentes. ¿Se puede ver algún lado positivo de toda esta decepción en cadena? ¿Las crisis pueden afrontarse con un simple cambio de actitud?

 

¿Deberíamos quizá decirnos que nos convirtamos en mejores estoicos sufridores? ¿O sugerir que la clave para afrontar esta cadena de decepciones es evitar caer en el pesimismo?

 

Uno quisiera creer que las semillas de una política o de una democracia nuevas también se pueden cultivar a la sombra del fracaso.

 

No es que yo sea, ni quiera ser, optimista. A estas alturas me doy cuenta de que insistir en la necesidad del optimismo no hace más que reproducir las condiciones desesperadas en las que cierta política decadente vuelve a tropezar y caer una y otra vez con una alarmante periodicidad sistemática y sistémica.

 

A lo mejor uno tiene que acabar reconociendo la decepción como compañera inevitable de este viaje de nuestra democracia política. De hecho, la decepción está inscrita en la propia naturaleza humana.

 

Por eso, y a estas alturas, me basta con reconocer la decepción y abandonar una actitud ciega o ingenuamente positiva. Y a partir de ahí, de ese reconocimiento, tratar de seguir construyendo críticamente otra posibilidad para nuestra política y democracia. Como digo, también con esta compañera inevitable de viaje que se llama “decepción”.


Uno creía que existía una gramática común que  incluso los enemigos más acérrimos compartían y respetaban. Uno pensaba que incluso en los fuertes contrastes ideológicos, en las visiones opuestas del hombre y de la sociedad,…, todos aceptaban las mismas reglas del juego y quien intentaba violarlas se veía obligado a hacerlo a escondidas, haciendo trampa.

 

Hoy la pérdida de esta gramática ha provocado la explosión caótica e incontrolable de la arbitrariedad, que nos entrega a la lucha hobbesiana de todos contra todos. Cada uno pretende establecer las reglas y, si es capaz de hacerlo, las impone a los demás. El derecho coincide con la fuerza.

 

Y con ese derecho que coincide con la fuerza ha desaparecido también aquel pudor que empujaba a enmascarar los propios designios esforzándose por hacerlos parecer justos. Ya en política nadie se avergüenza de nada. Basta con decir: “pues mira que tú” o “tú más”.

 

Nuestro país está siendo uno de los laboratorios de este embrutecimiento del estilo político en el que se permitirse un lenguaje y unos comportamientos que rompen la gramática de la política y han abierto el camino a un clima de violencia verbal —y no solo eso—.

 

Donde el problema no ha sido el predominio de la derecha o de la izquierda, sino el afianzamiento de un estilo que ha trastocado el sentido de la política, tanto en los partidos de derecha como en los de izquierda. Hoy se rebaja el debate democrático al nivel de una pelea de taberna.

 

Si hoy el nivel del debate político es el que es, se lo debemos a estas y otras faltas de ortografía de nuestros políticos. Y con estupor uno contempla cada día una violencia verbal que va mucho más allá del legítimo desacuerdo y transforma el debate político en un enfrentamiento ciego.

 

Con este lenguaje y este estilo, la convivencia democrática, basada en sí misma en la diversidad de posiciones, se transforma, independientemente de quién tenga la razón o no, en una guerra civil permanente.


¿Cómo gestionar esta decepción política? A mí, que no soy político se me ocurría, por poner un ejemplo, algunas reglas como las que siguen:

 

·        Volver al civismo que impone el poder abstenerse de actuar y de hablar a base de agravios, calumnias, improperios...

 

·        Elevar a la máxima categoría el respeto por las personas incluso cuando hay que criticar su actuación o se disienta de sus opiniones.

 

·        Evitar contradecirse para ganar en fiabilidad. En realidad, el político debe cambiar a menudo de postura en función de cómo se desarrollan los acontecimientos. Por eso, si es prudente, evita pronunciarse cuando no es estrictamente necesario.

 

·        No mentir. Uno entiende que no siempre puede decirse todo y que, a veces, uno se ve obligado al silencio. Y, en cambio, ciertas afirmaciones resultan ser claramente falsas y ciertas mentiras son patológicas.

 

·        Presentar las cuestiones relacionadas con los intereses de la ciudadanía de tal manera que se hagan aceptables para todos.

 

·        No mezclar los intereses privados con el cargo público de representante político.

 

·        No ser prisionero de una burbuja de vanidad autorreferencial o de narcisismo solipsista que impide ver, o al menos admitir, los propios límites y escuchar a los demás.

 

·       

 

Lo que tenemos hoy ante nosotros, tanto en un bando como en el otro, es una caricatura de la política. No podemos resignarnos a esto aunque la decepción sea siempre nuestra compañera de viaje. Hay que restablecer una gramática que esté a la altura y que nos permita salir del caos y entrar más decididamente en el arte de la buena política. Está en juego la salud de nuestra democracia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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