Una reflexión a propósito de “Magnifica humanitas”
Es verdad que no pocos de nuestros dispositivos, cada vez más sofisticados, ya son capaces de sustituirnos en algunas funciones. Poco a poco, acabamos por dejar de percibir esa omnipresencia de nuestros dispositivos… para transformarse en una especie de subconsciente tecnológico que influye profundamente en nuestra vida cotidiana y en nuestras relaciones con los demás.
Digo esto porque creo que estamos tan inmersos en este
proceso que no nos damos cuenta de lo mucho que está cambiando la realidad en
la que vivimos.
Cambian las reglas, los paradigmas, las visiones del
mundo y las formas de organización social.
Casi sin darnos cuenta, se redefinen normas y
estructuras que durante siglos han regulado las vidas, las proximidades y las
pertenencias: el imaginario colectivo, las referencias culturales, los valores,
los afectos, las expectativas sobre el futuro…
El cambio es profundo y trascendental, y ya nos
encontramos inmersos en una fase histórica radicalmente nueva.
En este replanteamiento tan rápido y desestabilizador,
quienes provienen de contextos marcados por reglas y visiones diferentes suelen
experimentar desorientación y dificultad.
Se hace necesario un ejercicio continuo de
re-educación, un aprender a pensarse de manera diferente a como se ha sido
formado a lo largo de la vida.
Es aquí donde, para mí, surge una cuestión decisiva:
la propia forma en que he sido educado para pensar y vivir la fe es cuestionada
por la realidad digital.
Y siento la necesidad de un replanteamiento profundo.
Lo que irrumpe en la vida cotidiana no es solo un
salto tecnológico, sino un auténtico acontecimiento cultural. La transformación
digital modifica la forma en que trabajamos, nos comunicamos, aprendemos e
imaginamos el futuro.
A un nivel aún más profundo, se pone en tela de juicio
nuestra relación con el sentido, con el límite, con lo humano.
Es en este espacio donde la espiritualidad y la
cultura se convierten en claves interpretativas decisivas: no como residuos del
pasado, sino como lugares críticos capaces de orientar el presente.
La realidad que toma forma en el seno de la cultura de
la inteligencia artificial está marcada por la centralidad de la eficiencia, la
cuantificación y la medición de los procesos y la reducción de la complejidad a
datos procesables.
Los algoritmos y los modelos predictivos prometen
anticipar comportamientos, optimizar decisiones y reducir la incertidumbre.
El mundo tiende así a aparecer como un conjunto de
problemas técnicos por resolver.
Este paradigma no es neutro.
Tiende a transformar la experiencia humana en
información, la relación en interacción funcional, el tiempo en una sucesión de
rendimientos.
El riesgo cultural no es tanto una des-humanización
genérica, sino una colonización progresiva del imaginario, en la que lo que no
es calculable se percibe como inútil, ineficiente o marginal.
La espiritualidad, en sus diversas formas religiosas y
laicas, introduce, por el contrario, otra gramática.
Porque afirma que no todo lo que importa puede medirse,
que el sentido precede a la eficiencia y que lo humano no coincide con su
función.
En este sentido, la espiritualidad no se opone a la
tecnología en cuanto tal, sino que cuestiona su pretensión totalizadora.
Desde el punto de vista bíblico, es decir, judeocristiano,
esta resistencia simbólica hunde sus raíces en la idea de un ser de creatura
frágil y relacional, llamado no a dominarlo todo, sino a custodiarlo.
Experiencias fundamentales como el silencio, la
espera, la vulnerabilidad, el perdón, la compasión y la esperanza no pueden ser
replicadas ni sustituidas por la inteligencia artificial. Sencillamente porque
no responden a la lógica de la optimización, sino a la de la gratuidad y al
reconocimiento del otro como fin, nunca como medio.
Con la inteligencia artificial, las tecnologías
digitales son hoy capaces de imitar el lenguaje humano, la escritura e incluso
algunas formas de creatividad.
Y esto produce un efecto cultural ambivalente. Por un
lado, pone en crisis narrativas ingenuas sobre la singularidad de la
inteligencia humana; por otro, hace aún más evidente lo que no es reducible a
la imitación.
La conciencia, la responsabilidad moral, la
experiencia del dolor y de la alegría, el deseo de justicia y de sentido último
no son simples funciones cognitivas. Son dimensiones existenciales.
La tradición cristiana insiste en este punto: el ser
humano no es solo aquel que piensa, sino aquel que sufre, ama, espera y confía.
La inteligencia artificial puede acompañar algunos procesos, pero no puede habitarlos
desde dentro.
En este escenario, la tarea de la cultura no es ni
celebrar ni demonizar la inteligencia artificial, sino ejercer el
discernimiento.
Y esto implica plantearse preguntas incómodas: ¿quién
controla los algoritmos? ¿Qué intereses económicos y políticos los orientan?
¿Qué desigualdades corren el riesgo de amplificar? ¿Qué idea del ser humano
presuponen?
La espiritualidad cristiana, sobre todo en su
dimensión profética, ofrece herramientas valiosas para este discernimiento: la
crítica de la idolatría (hoy a menudo la de la eficiencia y del mercado), la
centralidad de los últimos y los marginados, la primacía de la conciencia
frente a los sistemas.
Y recuerda que una tecnología es buena no cuando es
poderosa, sino cuando sirve a la dignidad de todos, empezando por los más
frágiles.


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