viernes, 17 de julio de 2026

Tú también llevas contigo tu sombra - San Mateo 13, 24-43 -.

Tú también llevas contigo tu sombra - San Mateo 13, 24-43 -

Que el mal exista es indiscutible; lo hemos experimentado desde pequeños. 

Lo problemático, en cambio, es que crezca junto al bien, incluso en el mismo terrón de tierra, allí donde no es nada fácil distinguir el trigo bueno de la cizaña, ya que esta tiene un tallo similar al del trigo, pero la espiga está vacía. 

Es como decir una nada revestida de bien: y casi parece que se divierte creciendo sin oposición, aferrándose al trigo bueno hasta el punto de arrebatarle toda su energía vital. 

Esto plantea un problema porque, en el imaginario colectivo, existen terrenos buenos que no pueden dejar de dar buenos frutos, al igual que existen zonas infestadas que no pueden dejar de producir plantas malas. 

Es decir: el bien por un lado, el mal por el otro; por un lado, los buenos; por el otro, los malos. Y todo ello separado por una línea divisoria que no se puede cruzar, salvo que un día te despiertes y te des cuenta de que es la misma tierra la que produce ambas cosas. 

Es obvio que el bien no es el mal y viceversa, pero, sin embargo, están ahí juntos justo cuando habrías apostado a que algo así nunca ocurriría. 

¿Acaso, aunque queramos a alguien, no le hemos herido de infinidad de formas inesperadas y, a veces, incluso incomprensibles? 

¿Acaso no cometemos errores o imprudencias que pueden parecernos pequeñas o insignificantes y que, en cambio, provocan sufrimiento y dolor? 

¿Acaso no sembramos discordia cuando, con extrema ligereza, alimentamos los chismes difamando o calumniando? 

¿Y qué decir de aquellas ocasiones en las que somos autores activos del mal, tal vez con el pretexto de defender a alguien, a nosotros mismos y a nuestros seres queridos? 

¿Qué hacer, entonces? 

Sencillo, repiten los siervos torpes. La cizaña hay que arrancarla y eliminarla: una operación que, a lo largo de la historia, se ha cobrado no pocas víctimas. Por eso el «no» de Jesús suena perentorio: de hecho, está en juego la propia supervivencia del bien. 

Pero ¿qué hay detrás de esa ansia de purga que nos invade a casi todos? 

La estigmatización del mal del otro —quizá evidente, claro está— sirve para no tener que enfrentarnos a esos elementos de cizaña de los que, en mayor o menor medida, todos estamos provistos. Estigmatizar al otro significa exculparse a uno mismo situándose en el rango de los buenos. 

En cambio, parece decir Jesús, hay una carga de sombra que hay que tener en cuenta, porque no siempre es imputable a la responsabilidad de uno u otro. 

Si de verdad te importa el bien, no permitas que el afán por erradicar el mal se cargue en cuenta del bien. El «por principio» no pocas veces acaba siendo solo la tapadera de un mal que a duras penas reconozco y afronto en mi interior. 

Nadie, de hecho, está confirmado en la gracia y no pocas veces somos ora el trigo bueno, ora la cizaña. ¡Y no hay bautismo ni consagración que nos libre mágicamente de una experiencia así! 

Por eso, la invitación que subyace a esta espléndida página es la de no erigirse nunca en juez de nadie, no subirse nunca al pedestal de una supuesta justicia y, con sincera humildad, orar al Padre diciendo: «perdona nuestras ofensas». 

El hombre o la mujer evangélicos es alguien que se equivoca como todos, sabe reconocer sus puntos débiles y que no los justifica como méritos; al contrario, trata de orientar hacia el bien todos sus instintos, tiene una visión acertada de sí mismo y no pretende tener la última palabra en cada situación. No se cree el único que ha salido bien de entre todos los que, por error, han acabado en un mundo que no lo merece en absoluto. 

Ninguno de nosotros pertenece a la clase de los perfectos que pueden examinar minuciosamente las posibles limitaciones y pecados ajenos. 

La cosecha no faltará, pero la tarea de distinguirla no nos corresponde a nosotros, sino a los ángeles de Dios. 

A su debido tiempo, no ahora. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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