sábado, 18 de julio de 2026

Nuestros tiempos humanos no son los tiempos divinos - San Mateo 13, 24-43 -.

Nuestros tiempos humanos no son los tiempos divinos - San Mateo 13, 24-43 - 

Este pasaje evangélico se encuentra en el capítulo 13 del Evangelio de San Mateo, el capítulo de las parábolas, de ese Reino que Jesús vino a anunciar y a hacer realidad. Y ésta es una imagen agrícola, una imagen dinámica, viva y en continua evolución. 

Tras la larga parábola del buen sembrador, Mateo recoge la del trigo y la cizaña, seguida de dos breves comparaciones: el Reino de los Cielos como una pizca de levadura o un grano de mostaza. 

Me parece poder ver en los tres relatos un denominador común: el Reino de Dios no es una entidad ya prefabricada, terminada y definitiva, sino algo que nace prácticamente de la nada y crece hasta alcanzar su plenitud; una plenitud que transforma el objeto en cuestión en algo completamente diferente e irreconocible respecto a su origen. 

En el relato del trigo y la cizaña hay una rica serie de antítesis: el dueño del campo y su adversario; el trigo bueno y la cizaña; el tiempo presente de la siembra y el futuro de la cosecha; el granero donde se guardará el trigo y el fuego donde se quemará la cizaña. 

El motivo central de la parábola parece ser el diálogo entre el dueño de la cosecha y sus colaboradores, pero, quizás más exactamente, se quiere subrayar la impaciencia de estos, a la que se contrapone el carácter paciente del Señor. 

Parece que Jesús pretende subrayar que la prisa es enemiga del bien y que la impaciencia siempre se opone a la prudencia. El dueño de la cosecha es prudente: antes de la siega no es posible arrancar la cizaña sin dañar las plantas de trigo. 

Pero el descubrimiento de la cizaña, realizado por los siervos, lleva a estos últimos a expresar su asombro y su desconcierto incluso ante el sembrador. En sus palabras se puede percibir también un atisbo de sospecha o de duda sobre la siembra y, por tanto, sobre el propio dueño. 

Pero la respuesta del sembrador muestra que la presencia de la cizaña entre el trigo no es en absoluto sorprendente, no debe asombrar ni dar lugar a un escándalo. Y así, también nuestra reacción se orienta no tanto a preguntarnos por el origen de la cizaña, sino sobre cómo actuar al constatar su presencia. Y también nosotros nos quedamos desconcertados, como los siervos. 

No arranquéis la cizaña, que, por cierto, también se parece al trigo, sino dejad que ambas plantas crezcan juntas: de hecho, se correría el riesgo de arrancar también las plantas de trigo. La cizaña deberá separarse sin duda del trigo, pero a su debido tiempo. Ahora no. Ahora es el momento de la paciencia. 

Esa gran virtud que es la paciencia, que es ante todo fuerza frente a uno mismo, es la capacidad de abstenerse de intervenir, dominando el instinto que llevaría inmediatamente a «hacer limpieza». 

Pero ésta, lo sabemos, no es la forma de actuar de Dios. 

Dios es paciente, indulgente; Él soporta y aguanta el pecado de los seres humanos. Y esto no es pasividad, ni desinterés, ni laxismo, sino una espera confiada de los tiempos del hombre, de los tiempos de cada uno. Es señal de la fe que Dios tiene en el hombre y de la confianza en el posible cambio que, en cada instante, le concede. 

En la parábola resuena con fuerza la invitación a «dejar»: «Dejad que uno y otro crezcan juntos». Se trata de un no hacer, de un no actuar, de un no intervenir que, en realidad, exige una gran fuerza, pero para actuar sobre uno mismo, para intervenir en uno mismo y vencer el instinto que llevaría a arrancar y extirpar. 

Habrá que soportar el mal hasta el final: ¿es esto lo que quiere decir Jesús? 

Ciertamente, Él había anunciado que el Reino de los Cielos había comenzado por fin; también había realizado aquellos signos prodigiosos que los profetas habían anunciado como indicios de que el fin era inminente. El Maestro de Nazaret había suscitado, por tanto, un clima de espera febril. 

La figura de Juan el Bautista era emblemática, ya que representaba todas las expectativas que muchos israelitas piadosos albergaban respecto al Señor. Pero el trágico y repentino fin del Bautista pareció coincidir con el fin de las esperanzas de liberación de Palestina. 

Jesús tuvo que hacer frente a esta impaciencia mesiánica y lo hizo contando parábolas como ésta; distinguiendo entre el tiempo presente, en el que buenos y malos conviven codo con codo, y el tiempo futuro, el último, de la separación definitiva: una especie de nueva génesis, en la que Dios restablecería precisamente el orden y la armonía, separando el bien del mal, tal y como ocurrió en los albores de la creación. 

Mientras tanto, nosotros —es la parábola la que nos lo enseña— debemos guardarnos de esas formas un tanto maniqueas de distinción feroz entre los buenos por un lado y los malos por otro. 

La distinción nunca es posible, entre otras cosas porque hay algo bueno y algo menos bueno en todos, y cada historia es a menudo —aunque no siempre, claro está— un campo donde crecen el trigo bueno y la cizaña. 

A veces pienso que, si dependiera de nosotros (o de algunos de nosotros), incluso en el Paraíso estableceríamos zonas reservadas… Pero, nos guste o no, Dios piensa de otra manera: sus caminos no son nuestros caminos y sus pensamientos no son nuestros pensamientos (Is 55). 

Pero si incluso el Buen Dios separara ahora mismo en dos el trigo de la cizaña, ¿dónde nos pondría a nosotros? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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