Tiempo al tiempo al crecimiento del Reino - San Mateo 13, 24-43 -
El relato evangélico da continuidad al Evangelio del sembrador y, de hecho, sigue muy de cerca su estructura.
También en este caso comienza con una parábola y termina con su explicación. En medio, otras dos parábolas breves y, de nuevo, justo en el corazón de este relato, una cita del profeta (mejor dicho, de un salmista) sobre el sentido general de hablar en parábolas.
Jesús habla en parábolas para los «de fuera», aquellos que aún no se han decidido por Él. Pero ¿qué nos dice esta vez esta serie de parábolas?
En primer lugar, hay dos aspectos que vinculan las distintas parábolas: el Reino y el crecimiento.
El primero es casi obvio. El segundo, en cambio, nos hace reflexionar, sobre todo si lo relacionamos con el primero.
La cizaña y la buena semilla deben crecer juntas; la semilla más pequeña, una vez crecida, es la más grande; la levadura hace crecer la harina.
El Reino de los cielos, por tanto, es algo que crece, que requiere tiempo, que se revela, pero solo a su debido tiempo. Es más, su revelación tiene lugar precisamente en este transcurrir del tiempo.
El Reino no es la planta más grande, es la semilla que crece; el Reino no es la hogaza ya fermentada, es la levadura que crece en la masa. El Reino es una cuestión de tiempo. Algo así decía el Principito de su rosa.
¿Y qué tenemos que ver nosotros en todo esto?
La parábola del trigo y la cizaña también habla de nosotros. Es interesante, al leer la explicación que nos ofrece Jesús, cómo las dos «semillas» sembradas no son algo que esté presente «en nosotros» sino que ya son frutos: los hijos del Reino y los hijos del Maligno. Somos nosotros mismos. Y, sin embargo, también en esta ocasión, no todo está decidido de antemano. Se necesita tiempo, se necesita crecimiento para poder llegar a distinguir unos de otros.
«Por sus frutos los reconoceréis», dirá Jesús en otro pasaje. Pero aquí no somos nosotros quienes debemos reconocerlos.
En este caso, de hecho, tanto la buena semilla como la cizaña desconocen la situación. Han sido sembradas y «solo» deben crecer, dando su fruto. Todo lo demás queda en manos del Señor y de sus siervos.
El Reino se va realizando a lo largo del tiempo y crece, pero al mismo tiempo convive con el mal, que al final, sin embargo, será separado.
Este puede ser un mensaje para nosotros: el Reino ya se está realizando, y nosotros, hijos del Reino o del Maligno, no somos conscientes de ello. Pero cada uno ya está dando su fruto y, al final, cada uno será separado «como se merece».
No hay que olvidar que la parábola va dirigida a quienes aún están «fuera». Nosotros, en cambio, hoy somos como los discípulos: también nosotros recibimos la explicación de Jesús.
No estamos llamados a juzgar ni a arrancar de raíz, sino que estamos llamados a crecer. La pregunta, en todo caso, es: ¿quién nos habrá sembrado? Por lo tanto: ¿cuál será nuestro fruto?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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