jueves, 11 de junio de 2026

Memoria de Santa María Magdalena: la Apóstol de los Apóstoles.

Memoria de Santa María Magdalena: la Apóstol de los Apóstoles

La palabra en la Iglesia tiene un peso específico muy elevado, porque la dinámica constitutiva del «nosotros» eclesial tiene que ver precisamente con la Palabra, ya que consiste en transmitir y compartir la Buena Noticia.

 

Preguntarse quién habla en la Iglesia afecta, por tanto, al eje central de la propia comunidad cristiana.

 

Sin embargo, si la dinámica propia de la Iglesia es la de la comunicación del Evangelio, que siempre exige una palabra explícita, quien no puede hablar queda excluido o, en caso de que solo pudiera hablar bajo ciertas condiciones, queda incluido parcialmente o bajo condiciones.

 

Siendo así las cosas, en la Iglesia todos y todas deben poder hablar, es decir, dar testimonio de aquello en lo que creen, transmitirlo y justificarlo. Y, de hecho, esto es lo que siempre ha ocurrido.

 

A pesar del intento de silenciar a las mujeres desde algunos textos del Nuevo Testamento o de relegar su palabra solo a algunos ámbitos (en su mayoría privados), las mujeres no han dejado de hablar, de dar testimonio, de transmitir, porque si no lo hubieran hecho, ya no tendríamos Iglesia, dado que ellas constituyen bien más de la mitad de ella.



En el Evangelio de Mateo, la mañana de Pascua, Jesús dice a las mujeres que digan a los discípulos que vayan a Galilea porque allí lo verán. Por lo tanto, si los discípulos no las hubieran dejado hablar o no hubieran obedecido su palabra, no habrían visto al Resucitado.

 

En el Evangelio de Juan es María Magdalena quien regresa al cenáculo para decirles a todos que el Señor ha resucitado y explicar así a Pedro y Juan el sentido de lo que habían visto en el sepulcro.

 

Todo ello para recordarnos que si ellas hubieran callado, nadie habría disfrutado del Evangelio. Si ellas no hubieran hablado, no habría habido ninguna Buena Noticia.

 

Se ha creído que había que restar valor a todo lo que hacen las mujeres. Por eso se nos ha hecho creer que la palabra de las mujeres vale menos que la de los hombres.

 

Lucas nos lo muestra a su manera. Cuando los discípulos en el camino de Emaús se encuentran con Jesús, relatan lo que las mujeres habían dicho sobre la resurrección, haciéndonos comprender que esas palabras habían sido consideradas un desvarío.

 

Cuando, poco después, estos mismos discípulos, tras reconocer a Jesús, regresan a Jerusalén, son recibidos por los demás, que les dicen: «En verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón». Como si la aparición a Simón tuviera mayor peso, como para juzgar al propio Dios por haberse atrevido a confiar el anuncio fundamental de la Iglesia a las mujeres.



¿Seguimos así? ¿O hemos sido capaces de dar credibilidad a la palabra de las mujeres? ¿Hemos sido capaces de reconocer en las mujeres una palabra pública proclamada con autoridad, tras haber verificado debidamente (como deberíamos hacer con los hombres) su competencia, sus carismas, su capacidad comunicativa, además de su testimonio de vida? ¿O todavía nos cuesta valorar los carismas y las competencias si pertenecen a seres humanos nacidos mujer?

 

Si la Iglesia sigue existiendo, también significa que el flujo de esta palabra testimonial no se ha interrumpido aunque se haya tenido que abrir paso entre mil obstáculos y continuas sospechas.

 

Creo que a estas alturas ya sabemos que las mujeres no son seres humanos inferiores y que no son «adecuadas» solo para algunos ámbitos y algunas tareas.

 

Las hemos visto en acción y sabemos que saben escribir obras maestras de la poesía, la filosofía y la literatura. Saben hacer descubrimientos científicos, inventar tecnologías, enseñar en todos los ámbitos del saber.

 

Ya lo sabemos.



Aunque quien mejor debería saberlo es la Iglesia, cuya historia se inicia con la palabra de unas mujeres que no solo escuchan lo que dice el Resucitado, sino que lo comprenden recordando lo que habían escuchado como discípulas.

 

Ellas se encuentran entre los testigos autorizados elegidos por Dios, que «no hace acepción de personas, sino que le es agradable quien practica la justicia, sea cual sea su nación» (Hechos 10, 34-35).

 

Comprender este estilo de Dios a la hora de acoger a los paganos no fue fácil (se tardó unos años); también fue difícil con los esclavos (unos siglos), pero con las mujeres es toda una hazaña, hasta tal punto que aún estamos en medio del proceso.

 

Uno cree que sin duda sucederá y todos y todas podremos alimentarnos también de su testimonio con carisma y autoridad. Pero aún no hemos llegado.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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