El Evangelio más allá de la lógica instintiva - San Mateo 13, 24-43 -
«El reino de los cielos se puede comparar
con…», que debe entenderse como: «Al reino de los cielos le ocurre lo mismo
que a…». Es decir, Jesús crea imágenes de la vida, porque sabe que el
Reino es una realidad viva, un acontecimiento dinámico que se desarrolla
gracias a la acción de Dios.
Un hombre siembra buena semilla en su campo. Pero
mientras todos duermen, su enemigo viene a sembrar cizaña entre el trigo; así,
cuando llega la cosecha, aparecen, inextricablemente mezclados, el trigo bueno
y la cizaña. Entonces, algunos siervos celosos se ofrecen a arrancar la cizaña,
pero el dueño se opone: «No, no sea que, al arrancar la cizaña,
arranquéis también el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la cosecha».
Solo entonces dará orden de separar el trigo de la cizaña, recogiendo el
primero en el granero y quemando la otra: solo entonces y solo Él, el Señor,
llevará a cabo esta acción de separación; ¡ni antes ni nosotros, sus siervos!
Dios siembra su Palabra y, con sus energías de vida,
trabaja incansablemente para instaurar su Reino. Sin embargo, nos vemos
obligados a constatar, junto al bien, la escandalosa presencia del mal, obra
del Enemigo, de Satanás: el mal atraviesa a la humanidad, a la Iglesia y —si
queremos reconocerlo— también el corazón de cada uno de nosotros. Y a menudo,
advierte Jesús, contribuimos a su propagación con nuestra escasa vigilancia,
con nuestro dormir…
Pero ante el doloroso descubrimiento de esta
coexistencia de trigo y cizaña, la reacción errónea es ceder a la tentación de
la impaciencia, pretendiendo ejercer nosotros el juicio que corresponde a Dios
y al Hijo del hombre cuando venga en su gloria (cf. Mt 25,31-46).
Siempre hay en la Iglesia quienes se creen justos y,
cegados por sus certezas, desearían una comunidad de puros: ¡pero solo Dios
conoce a los verdaderos justos y, en el día del juicio, de la cosecha (cf. Gl
4,13; Ap 14,15-16), los revelará y los acogerá en su Reino! En la actualidad,
su paciencia y su visión de conjunto son para nosotros una oportunidad para
convertirnos y acoger la salvación (cf. 2 Pe 3,15)…
El Reino —dice aún Jesús— es semejante a un grano de
mostaza sembrado en un campo: es una semilla minúscula y, sin embargo, «una
vez crecida, es más grande que las demás hortalizas y se convierte en un árbol,
hasta tal punto que las aves anidan entre sus ramas» (cf. Ez 17,22-24).
Aquí la atención se centra en el extraordinario desarrollo
de la semilla, en la diferencia entre su pequeñez inicial y su grandeza final.
Lo mismo ocurre con el Reino: en nuestro presente se presenta como una realidad
pequeña, pero al final de los tiempos se manifestará su grandeza. El discípulo
de Jesucristo debe fijarse en el contraste entre el presente y el futuro, pero
también debe comprender que el futuro depende precisamente de la pequeñez del
presente.
De hecho, su Maestro le ha revelado que los criterios
de grandeza y apariencia no deben aplicarse al Reino de los Cielos: la fuerza
del Reino no debe confundirse con el encanto de la grandeza, que puede
traducirse en cada caso en número, prestigio, poder…
Para reiterar esta realidad, Jesús recurre a otra
parábola: una mujer echa un poco de levadura en una gran cantidad de harina; es
más, el texto dice que la mujer «esconde» la levadura, para subrayar
que la presencia del Reino está velada, no se impone. Sin embargo, la fuerza
insospechada de la levadura hace fermentar toda la masa.
La atención se centra aquí en el poder de la levadura:
algo pequeño, pero capaz de provocar una gran transformación. Así es
precisamente: la vida de Jesús era algo pequeño, prácticamente desconocida para
los historiadores de la época; pero en él, el hombre sobre el que Dios reinó
plenamente, se ocultaba el poder del Reino, ofrecido a todos los hombres…
Estamos, pues, llamados a la paciencia, a la humildad,
al ocultamiento: en vivir con libertad e inteligencia estas realidades reside
nuestra posibilidad de acoger el Reino anunciado por Jesús, es decir, de
obedecerle a él, grano de trigo caído en tierra y muerto para dar mucho fruto
(cf. Jn 12,24). Esta dinámica de muerte y resurrección es ya un primer fruto
del Reino, si sabemos asumirla en nuestra vida y dar testimonio de ella en
compañía de los hombres.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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