lunes, 6 de julio de 2026

La divina paciente mansedumbre- San Mateo 13, 24-43 -.

La divina paciente mansedumbre- San Mateo 13, 24-43 -

 

La mansedumbre de Dios en su actuar con los hombres (Sab 12,13.16-19), mansedumbre narrada por el dueño del campo en la parábola de la cizaña (Mt 13,24-43), constituye un elemento decisivo del Evangelio.

 

La mansedumbre, que forma parte constitutiva de la acción de Dios desde el acto de la creación, es también esencial para los hombres y para la acción eclesial. No se manifiesta tanto como debilidad o impotencia, sino como voluntad y capacidad de dominar la propia fuerza, de gobernarla, de domesticarla y de orientarla.

 

Así como Dios dio muestra de su fuerza al crear, también la demostró al cesar de obrar en el séptimo día y al pedir al hombre, su imagen en el mundo, que realizara la semejanza con él dando muestra de fuerza sobre sí mismo, no sobre los demás: es decir, limitándose a sí mismo para permitir el crecimiento de los demás.

 

Así como la mansedumbre se manifestó en el acto de la creación dando espacio a la alteridad humana, así la mansedumbre humana consiste en dejar que el otro sea lo que es.

 

La mansedumbre de Dios se manifiesta también como paciencia, espera de los tiempos del hombre, confianza concedida al hombre: «Tú concedes, tras los pecados, la posibilidad de la conversión» (Sab 12,19).

 

La mansedumbre se expresa además como no exclusión, no erradicación, capacidad de no emitir juicios definitivos e ineludibles, sino como fuerza inclusiva y capacidad de convivir con lo negativo, tal y como se desprende de la parábola de la cizaña.

 

La mansedumbre, como actitud de poner límites a la propia fuerza, se presenta también como método de convivencia que se opone a la lógica de la sociedad tecnológica, cuyo fin es su propio crecimiento y auto-potenciación, y que considera admisible e incluso obligatorio todo lo que es técnicamente factible.

 

La mansedumbre sigue otorgando sentido al límite como elemento en cierto modo constitutivo de lo humano, mientras que una cultura radical se complace en la erosión progresiva de todos los límites, hasta su abolición, casi como si en ello se manifestara el poder del hombre y el pleno despliegue de lo humano.

 

El autor del libro de la Sabiduría vincula la fuerza de Dios —y, por tanto, también su mansedumbre— a la compasión y a la misericordia: «Tienes compasión de todos, porque todo lo puedes» (Sab 11,23). Esa compasión que consiste en percibir al otro en su singularidad preciosa y precaria, irrepetible, expresada en su rostro, icono de lo trascendente en la historia, y que invoca respeto y piedad. El Dios al que se dirige el autor del libro de la Sabiduría es también aquel que «cuida de todas las cosas» (Sab 12,13) y, también en esto, se presenta como guía para los seres humanos. ¿No es acaso de una cultura del cuidado de lo que necesitamos, mientras estamos inmersos en una cultura de la guerra?

 

La guerra es exactamente lo contrario del cuidado: el otro es un enemigo al que hay que eliminar, la naturaleza y el hábitat son destruidos, la lógica de la reparación y la custodia se sustituye por la de la destrucción, y la solidaridad se sustituye por el paradigma de la enemistad.

 

Y la mansedumbre se opone a la prepotencia, a la opresión y al abuso, a imponerse sobre el otro por la fuerza. Lo contrario de la mansedumbre es la arrogancia, la soberbia y la prepotencia.

 

Además, la justicia, afirma el libro de la Sabiduría (Sab 12,18), va de la mano de la mansedumbre, mostrando así la dimensión social fundamental de esta última como reguladora de las relaciones entre los seres humanos.

 

Es más, el justo «debe amar a los hombres» (Sab 12,19), ser amigo de los hombres; ser «humano». En definitiva, para el Libro de la Sabiduría, la mansedumbre es la verdadera demostración de fuerza, o quizás mejor dicho, la demostración de la verdadera fuerza, de aquello en lo que consiste la verdadera fuerza de un hombre.

 

En este Evangelio, la mansedumbre está presente en la parábola de la cizaña, de la que Mateo nos ofrece primero el relato (Mt 13,24-30) y luego la explicación (13,36-43).

 

En la parábola se trata de la paciencia y la visión de futuro del «dueño de la casa» (13,27), que impide a sus siervos arrancar la hierba mala que ha crecido entre el trigo y aplaza la operación hasta el momento de la siega, que, por otra parte, no se encomendará a los siervos, sino a otras figuras, «los segadores» (13,30.39): «Dejad que crezcan juntos ambos».

 

La impaciencia sugeriría arrancar las plantas de cizaña y liberar así el campo para que solo crezca el fruto de la «buena semilla», pero esta acción es rechazada por el propio sembrador de la buena semilla, quien además sabe discernir de inmediato que la presencia de la cizaña es obra de un enemigo.

 

La pregunta que plantean los siervos es la típica pregunta que el hombre se hace ante el mal: ¿De dónde? ¿De dónde viene? Si el Reino de Dios indica la forma de actuar divina, la parábola nos muestra que la presencia del mal es un hecho, por escandaloso que sea, pero que hay que aceptar con realismo.

 

La historia humana, campo en el que se siembra la buena semilla, está impregnada de ella hasta el fin del mundo, cuando el juicio de aquel que escudriña los corazones y los riñones operará el discernimiento entre los hijos del Reino y los hijos del Maligno.

 

Pretender acabar con el mal antes de tiempo es querer anticiparse al juicio y arrogarse una acción que debe dejarse en manos de Dios. Y también es ilusorio. El mal coexiste con el bien, en el corazón de cada hombre, así como en la Iglesia y en la historia. Y tal y como ha sido «sembrado», así puede resurgir siempre en momentos y formas imprevisibles.

 

Existe un perfeccionismo que es enemigo del bien y empuja a actuar basándose en una ilusión, en una ideología. Las palabras del dueño de la casa y del sembrador de la buena semilla, es decir, del Hijo del hombre, al invitar a dejar crecer juntos el trigo y la cizaña, advierten contra emprender acciones que puedan impedir u obstaculizar el crecimiento del bien.

 

Ciertamente, la parábola plantea al lector un escándalo: la «gratuidad» del mal. Es decir, la presencia de personas que actúan mal deliberadamente, con el único fin de causar daño a los demás.

 

Y es interesante observar cómo la acción malvada sabe camuflarse y hacerse parecer con la acción buena: siempre se trata de sembrar una semilla. El tiempo revelará el fruto diferente, pero la única diferencia perceptible de inmediato es que la acción malvada se ha llevado a cabo a escondidas, de noche, «mientras todos dormían».

 

El mensaje tiene también un significado importante para el individuo: en cada uno de nosotros hay una sombra, un enigma, que normalmente intentamos eliminar o ignorar, o que odiamos y desearíamos que desapareciera; pero esa es la forma de concederle poder sobre nosotros y seguir viviendo en dependencia de él.

 

Si, por el contrario, aceptamos reconocer su presencia y dejamos de oponernos con ahínco a ella, ya no le proporcionamos el punto de apoyo para mantenernos como rehenes y podemos empezar a hacer algo con ella, es decir, a ejercer nosotros un poder sobre ella.

 

Si empezamos a amar, en lugar de odiar, esa parte de nosotros que nos parece inaceptable, podemos empezar a amar al enemigo y a obrar el gran milagro: convertir al enemigo en amigo.

 

Sí, porque también existen enemigos internos, no solo externos; es más, el odio hacia uno mismo puede ser mucho más frecuente que el amor propio. Espiritualmente, el perfeccionismo, el no tolerar aspectos oscuros o negativos en nuestro corazón, o el querer borrarlos con la ilusión de alcanzar una condición inmaculada, es una acción insensata y dañina. Además de condenada al fracaso.

 

La mansedumbre se convierte aquí en paciencia hacia uno mismo, en conciencia de las propias carencias y fragilidades, asumiendo, sin embargo, su peso y llevándolo sin negarlo ni echárselo a los demás. Y esta paciencia se convierte en camino hacia la sabiduría.

 

La lógica del Reino expresada en las parábolas no exige, por tanto, una extirpación quirúrgica de las partes «tenebrosas» de uno mismo, ni pide tampoco que se tema a la pequeñez como si fuera sinónimo de insignificancia.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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