La divina paciente mansedumbre- San Mateo 13, 24-43 -
La mansedumbre
de Dios en su actuar con los hombres (Sab 12,13.16-19), mansedumbre narrada por
el dueño del campo en la parábola de la cizaña (Mt 13,24-43), constituye un
elemento decisivo del Evangelio.
La mansedumbre, que forma parte constitutiva de la
acción de Dios desde el acto de la creación, es también esencial para los
hombres y para la acción eclesial. No se manifiesta tanto como debilidad o
impotencia, sino como voluntad y capacidad de dominar la propia fuerza, de
gobernarla, de domesticarla y de orientarla.
Así como Dios dio muestra de su fuerza al crear,
también la demostró al cesar de obrar en el séptimo día y al pedir al hombre,
su imagen en el mundo, que realizara la semejanza con él dando muestra de
fuerza sobre sí mismo, no sobre los demás: es decir, limitándose a sí mismo
para permitir el crecimiento de los demás.
Así como la mansedumbre se manifestó en el acto de la
creación dando espacio a la alteridad humana, así la mansedumbre humana
consiste en dejar que el otro sea lo que es.
La mansedumbre de Dios se manifiesta también como paciencia, espera de los tiempos
del hombre, confianza concedida al hombre: «Tú concedes, tras los pecados, la
posibilidad de la conversión» (Sab 12,19).
La mansedumbre se expresa además como no exclusión, no
erradicación, capacidad de no emitir juicios definitivos e ineludibles, sino
como fuerza inclusiva y capacidad de convivir con lo negativo, tal y como se
desprende de la parábola de la cizaña.
La mansedumbre, como actitud de poner límites a la
propia fuerza, se presenta también como método
de convivencia que se opone a la lógica de la sociedad tecnológica,
cuyo fin es su propio crecimiento y auto-potenciación, y que considera
admisible e incluso obligatorio todo lo que es técnicamente factible.
La mansedumbre sigue otorgando sentido al límite como elemento en cierto
modo constitutivo de lo humano, mientras que una cultura radical se complace en
la erosión progresiva de todos los
límites, hasta su abolición, casi como si en ello se manifestara el poder del
hombre y el pleno despliegue de lo humano.
El autor del libro de la Sabiduría vincula la fuerza de
Dios —y, por tanto, también su mansedumbre— a la compasión y a la misericordia:
«Tienes
compasión de todos, porque todo lo puedes» (Sab 11,23). Esa compasión
que consiste en percibir al otro en su singularidad preciosa y precaria,
irrepetible, expresada en su rostro, icono de lo trascendente en la historia, y
que invoca respeto y piedad. El Dios al que se dirige el autor del libro de la
Sabiduría es también aquel que «cuida de todas las cosas» (Sab 12,13) y,
también en esto, se presenta como guía para los seres humanos. ¿No es acaso de
una cultura del cuidado de lo que necesitamos, mientras estamos inmersos en una
cultura de la guerra?
La guerra es exactamente lo contrario del cuidado: el
otro es un enemigo al que hay que eliminar, la naturaleza y el hábitat son
destruidos, la lógica de la reparación y la custodia se sustituye por la de la
destrucción, y la solidaridad se sustituye por el paradigma de la enemistad.
Y la mansedumbre se opone a la prepotencia, a la
opresión y al abuso, a imponerse sobre el otro por la fuerza. Lo contrario de
la mansedumbre es la arrogancia, la soberbia y la prepotencia.
Además, la justicia, afirma el libro de la Sabiduría
(Sab 12,18), va de la mano de la mansedumbre, mostrando así la dimensión social
fundamental de esta última como reguladora de las relaciones entre los seres
humanos.
Es más, el justo «debe amar a los hombres» (Sab
12,19), ser amigo de los hombres; ser «humano». En definitiva, para el
Libro de la Sabiduría, la mansedumbre es la verdadera demostración de fuerza, o
quizás mejor dicho, la demostración de la verdadera fuerza, de aquello en lo
que consiste la verdadera fuerza de un hombre.
En este Evangelio, la mansedumbre está presente en la
parábola de la cizaña, de la que Mateo nos ofrece primero el relato (Mt
13,24-30) y luego la explicación (13,36-43).
En la parábola se trata de la paciencia y la visión de
futuro del «dueño de la casa» (13,27), que impide a sus siervos arrancar la
hierba mala que ha crecido entre el trigo y aplaza la operación hasta el
momento de la siega, que, por otra parte, no se encomendará a los siervos, sino
a otras figuras, «los segadores» (13,30.39): «Dejad que crezcan juntos ambos».
La impaciencia sugeriría arrancar las plantas de
cizaña y liberar así el campo para que solo crezca el fruto de la «buena
semilla», pero esta acción es rechazada por el propio sembrador de la
buena semilla, quien además sabe discernir de inmediato que la presencia de la
cizaña es obra de un enemigo.
La pregunta que plantean los siervos es la típica
pregunta que el hombre se hace ante el mal: ¿De dónde? ¿De dónde viene?
Si el Reino de Dios indica la forma de actuar divina, la parábola nos muestra
que la presencia del mal es un hecho, por escandaloso que sea, pero que hay que
aceptar con realismo.
La historia humana, campo en el que se siembra la
buena semilla, está impregnada de ella hasta el fin del mundo, cuando el juicio
de aquel que escudriña los corazones y los riñones operará el discernimiento
entre los hijos del Reino y los hijos del Maligno.
Pretender acabar con el mal antes de tiempo es querer
anticiparse al juicio y arrogarse una acción que debe dejarse en manos de Dios.
Y también es ilusorio. El mal coexiste con el bien, en el corazón de cada
hombre, así como en la Iglesia y en la historia. Y tal y como ha sido
«sembrado», así puede resurgir siempre en momentos y formas imprevisibles.
Existe un perfeccionismo
que es enemigo del bien y empuja a actuar basándose en una ilusión, en una
ideología. Las palabras del dueño de la casa y del sembrador de la buena
semilla, es decir, del Hijo del hombre, al invitar a dejar crecer juntos el
trigo y la cizaña, advierten contra emprender acciones que puedan impedir u
obstaculizar el crecimiento del bien.
Ciertamente, la parábola plantea al lector un
escándalo: la «gratuidad» del mal. Es decir, la presencia de personas que
actúan mal deliberadamente, con el único fin de causar daño a los demás.
Y es interesante observar cómo la acción malvada sabe
camuflarse y hacerse parecer con la acción buena: siempre se trata de sembrar
una semilla. El tiempo revelará el fruto diferente, pero la única diferencia
perceptible de inmediato es que la acción malvada se ha llevado a cabo a
escondidas, de noche, «mientras todos dormían».
El mensaje tiene también un significado importante
para el individuo: en cada uno de nosotros hay una sombra, un enigma, que
normalmente intentamos eliminar o ignorar, o que odiamos y desearíamos que
desapareciera; pero esa es la forma de concederle poder sobre nosotros y seguir
viviendo en dependencia de él.
Si, por el contrario, aceptamos reconocer su presencia
y dejamos de oponernos con ahínco a ella, ya no le proporcionamos el punto de
apoyo para mantenernos como rehenes y podemos empezar a hacer algo con ella, es
decir, a ejercer nosotros un poder sobre ella.
Si empezamos a amar, en lugar de odiar, esa parte de
nosotros que nos parece inaceptable, podemos empezar a amar al enemigo y a
obrar el gran milagro: convertir al enemigo en amigo.
Sí, porque también existen enemigos internos, no solo
externos; es más, el odio hacia uno mismo puede ser mucho más frecuente que el
amor propio. Espiritualmente, el perfeccionismo, el no tolerar aspectos oscuros
o negativos en nuestro corazón, o el querer borrarlos con la ilusión de
alcanzar una condición inmaculada, es una acción insensata y dañina. Además de
condenada al fracaso.
La mansedumbre se convierte aquí en paciencia hacia
uno mismo, en conciencia de las propias carencias y fragilidades, asumiendo,
sin embargo, su peso y llevándolo sin negarlo ni echárselo a los demás. Y esta
paciencia se convierte en camino hacia la sabiduría.
La lógica del Reino expresada en las parábolas no
exige, por tanto, una extirpación quirúrgica de las partes «tenebrosas»
de uno mismo, ni pide tampoco que se tema a la pequeñez como si fuera sinónimo
de insignificancia.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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