lunes, 6 de julio de 2026

Tú, Señor, mi perla y mi tesoro - San Mateo 13, 44-52 -.

Tú, Señor, mi perla y mi tesoro - San Mateo 13, 44-52 -

 

Ésta es la última parte del discurso con el que Jesús dirige a la multitud y a los discípulos el anuncio del Reino de los Cielos. En ella escuchamos las parábolas del tesoro y de la perla, muy similares entre sí, y la de la red echada al mar.

 

En las dos primeras parábolas aparecen dos personajes distintos: un jornalero agrícola y un joyero rico; son ellos quienes actúan, pero no son los protagonistas de la historia.

 

Los verdaderos protagonistas son, más bien, el tesoro y la perla, que con su mera presencia provocan las acciones de los dos hombres.

 

El labrador, que probablemente no es rico, encuentra un tesoro en un campo que no es suyo; entonces, con gran sabiduría, «lo esconde enseguida; luego, lleno de alegría, va, vende todos sus bienes y compra ese campo». El joyero, que busca perlas preciosas, cuando «encuentra una de gran valor, va, vende todos sus bienes y la compra». Uno no es rico, el otro es muy rico, pero ambos —y esto es lo decisivo— venden todo lo que poseen para poder hacerse con el tesoro y la perla. En ellos no hay ningún remordimiento, no hacen un sacrificio, ¡sino un buen negocio!

 

Lo que les ocurre a estas dos personas les ocurre a muchos otros hombres y mujeres: el Reino es vislumbrado por ellos, se encuentra cuando se manifiesta de improviso o cuando se busca, y la elección sabia es la de venderlo todo para tomar posesión de él.

 

Así lo hicieron los discípulos de Jesús: llamados por Él, «lo dejaron todo y le siguieron» (Lc 5,11; cf. Mt 4,20.22); no así lo hizo el joven rico, quien ante la invitación de Jesús: «Ve, vende lo que tienes, dáselo a los pobres… luego ven y sígueme», no tuvo el valor de hacerlo y, por tanto, «se marchó triste, pues tenía muchos bienes» (Mt 19,21-22).

 

El seguimiento de Jesús, que exige un desprendimiento rápido y radical, nace de haber encontrado un don inesperado: el Reino de los Cielos que se ha hecho muy cercano en el propio Jesús (cf. Mt 4,17). Quien le sigue no dice: «He dejado», sino: «He encontrado un tesoro»; y no humilla a nadie, no se siente mejor que los demás, sino que simplemente se regocija por haber encontrado tal tesoro.

 

En verdad, la medida de ser discípulo de Jesús no es el desprendimiento de las cosas, sino la pertenencia a Él, que es el verdadero tesoro, la perla preciosa: como dice Pablo, «por él lo he dejado todo y lo considero basura, para ganar a Cristo» (Fil 3,8).

 

Esta impaciencia debe aplicarse a uno mismo, no a los demás: eso es lo que nos enseña la última parábola, aquella en la que Jesús compara el Reino de los Cielos «con una red echada al mar, que recoge toda clase de peces».

 

Así como junto al trigo crece la cizaña (cf. Mt 13,24-30), también se pescan peces buenos y peces malos: cuando luego se saca la red a la orilla, los primeros se recogen en cestas, los otros se desechan.

 

Pero es fundamental aceptar la interpretación que da Jesús: «Así será al final del mundo. Vendrán los ángeles y separarán a los malos de los buenos».

 

Una vez más nos advierte de que esta separación solo tendrá lugar en el día del juicio, y corresponderá a Dios y a nadie más: si en la actualidad «el Padre hace salir su sol sobre los malvados y sobre los buenos» (Mt 5,45), ya que es paciente y misericordioso y no quiere que nadie perezca, sino que más bien se convierta (cf. 2 P 3,9), ¿quiénes somos nosotros para erigirnos en jueces de los demás?

 

Mientras aún estemos a tiempo, deberíamos más bien pensar en convertirnos para acoger el Reino que viene, recordando las palabras de San Agustín: «En el último día, muchos que se creían dentro se descubrirán fuera, mientras que muchos que pensaban estar fuera serán hallados dentro».

 

Al concluir su largo discurso, Jesús afirma, dirigiéndose a sus discípulos: «Todo escriba que se ha convertido en discípulo del Reino de los Cielos es semejante a un dueño de casa que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas». Con estas palabras nos confía la gran responsabilidad de interpretar el tesoro de las Sagradas Escrituras a la luz del Reino vivido y anunciado por él: «En Cristo», de hecho, «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría de Dios» (Col 2,3).

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Tú, Señor, mi perla y mi tesoro - San Mateo 13, 44-52 -.

Tú, Señor, mi perla y mi tesoro - San Mateo 13, 44-52 -   Ésta es la última parte del discurso con el que Jesús dirige a la multitud y a...