Tú, Señor, mi perla y mi tesoro - San Mateo 13, 44-52 -
Ésta es la última parte del discurso con el que Jesús
dirige a la multitud y a los discípulos el anuncio del Reino de los Cielos. En
ella escuchamos las parábolas del tesoro y de la perla, muy similares entre sí,
y la de la red echada al mar.
En las dos primeras parábolas aparecen dos personajes
distintos: un jornalero agrícola y un joyero rico; son ellos quienes actúan,
pero no son los protagonistas de la historia.
Los verdaderos protagonistas son, más bien, el tesoro
y la perla, que con su mera presencia provocan las acciones de los dos hombres.
El labrador, que probablemente no es rico, encuentra
un tesoro en un campo que no es suyo; entonces, con gran sabiduría, «lo
esconde enseguida; luego, lleno de alegría, va, vende todos sus bienes y compra
ese campo». El joyero, que busca perlas preciosas, cuando «encuentra
una de gran valor, va, vende todos sus bienes y la compra». Uno no es
rico, el otro es muy rico, pero ambos —y esto es lo decisivo— venden todo lo
que poseen para poder hacerse con el tesoro y la perla. En ellos no hay ningún
remordimiento, no hacen un sacrificio, ¡sino un buen negocio!
Lo que les ocurre a estas dos personas les ocurre a
muchos otros hombres y mujeres: el Reino es vislumbrado por ellos, se encuentra
cuando se manifiesta de improviso o cuando se busca, y la elección sabia es la
de venderlo todo para tomar posesión de él.
Así lo hicieron los discípulos de Jesús: llamados por
Él, «lo
dejaron todo y le siguieron» (Lc 5,11; cf. Mt 4,20.22); no así lo hizo
el joven rico, quien ante la invitación de Jesús: «Ve, vende lo que tienes, dáselo a
los pobres… luego ven y sígueme», no tuvo el valor de hacerlo y, por tanto, «se
marchó triste, pues tenía muchos bienes» (Mt 19,21-22).
El seguimiento de Jesús, que exige un desprendimiento
rápido y radical, nace de haber encontrado un don inesperado: el Reino de los Cielos
que se ha hecho muy cercano en el propio Jesús (cf. Mt 4,17). Quien le sigue no
dice: «He dejado», sino: «He encontrado un tesoro»; y no
humilla a nadie, no se siente mejor que los demás, sino que simplemente se
regocija por haber encontrado tal tesoro.
En verdad, la medida de ser discípulo de Jesús no es
el desprendimiento de las cosas, sino la pertenencia a Él, que es el verdadero
tesoro, la perla preciosa: como dice Pablo, «por él lo he dejado todo y lo
considero basura, para ganar a Cristo» (Fil 3,8).
Esta impaciencia debe aplicarse a uno mismo, no a los
demás: eso es lo que nos enseña la última parábola, aquella en la que Jesús
compara el Reino de los Cielos «con una red echada al mar, que recoge toda
clase de peces».
Así como junto al trigo crece la cizaña (cf. Mt
13,24-30), también se pescan peces buenos y peces malos: cuando luego se saca
la red a la orilla, los primeros se recogen en cestas, los otros se desechan.
Pero es fundamental aceptar la interpretación que da
Jesús: «Así será al final del mundo. Vendrán los ángeles y separarán a los
malos de los buenos».
Una vez más nos advierte de que esta separación solo
tendrá lugar en el día del juicio, y corresponderá a Dios y a nadie más: si en
la actualidad «el Padre hace salir su sol sobre los malvados y sobre los buenos»
(Mt 5,45), ya que es paciente y misericordioso y no quiere que nadie perezca,
sino que más bien se convierta (cf. 2 P 3,9), ¿quiénes somos nosotros para
erigirnos en jueces de los demás?
Mientras aún estemos a tiempo, deberíamos más bien
pensar en convertirnos para acoger el Reino que viene, recordando las palabras
de San Agustín: «En el último día, muchos que se creían dentro se descubrirán fuera,
mientras que muchos que pensaban estar fuera serán hallados dentro».
Al concluir su largo discurso, Jesús afirma,
dirigiéndose a sus discípulos: «Todo escriba que se ha convertido en
discípulo del Reino de los Cielos es semejante a un dueño de casa que saca de
su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas». Con estas palabras nos confía
la gran responsabilidad de interpretar el tesoro de las Sagradas Escrituras a
la luz del Reino vivido y anunciado por él: «En Cristo», de hecho, «están
escondidos todos los tesoros de la sabiduría de Dios» (Col 2,3).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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