Un tesoro y una perla que lo merecen todo - San Mateo 13, 44-52 -
El Evangelio nos presenta las últimas parábolas
recogidas por Mateo en el capítulo 13 de su Evangelio, conocido precisamente
como el «discurso de las parábolas».
Al igual que en las parábolas anteriores, Jesús no
recurre a ideas abstractas, sino que ofrece imágenes, para que los oyentes acojan
fácilmente la palabra, la guarden en su corazón y, al recordarla, la pongan en
práctica en su vida cotidiana.
Estas imágenes pretenden, una vez más, hacer
comprender la dinámica del Reino de los Cielos, la forma en que Dios puede
reinar y, de hecho, reina en aquellos que son capaces de volver a Él, de
convertirse y de adherirse a la buena nueva traída por Jesucristo.
De las tres parábolas, las dos primeras son
inseparables, mientras que la tercera, a nivel temático, parece una repetición
de la parábola del trigo bueno y la cizaña (cf. Mt 13,24-30.36-43).
Jesús dice en primer lugar: «El reino de los cielos es
semejante a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra y lo
esconde; luego, lleno de alegría, va, vende todos sus bienes y compra ese campo».
Hay un tesoro escondido, por lo tanto ignorado durante
mucho tiempo y enterrado en un campo, sin duda para protegerlo de posibles
robos; pero si se ha escondido, es para ser encontrado en el momento oportuno.
El labrador que trabaja ese campo, al ararlo, se topa con el tesoro. Entonces
lo desentierra y, presa de un gran asombro, actúa como un hombre prudente: de
inmediato vuelve a esconder el tesoro y, a continuación, pone a la venta todo
lo que posee, cuyo valor es muy escaso en comparación con el tesoro
descubierto. Con el dinero obtenido puede, pues, comprar ese campo, de modo que
se convierte también en propietario de ese tesoro tan precioso.
La parábola es sencilla, muy comprensible, porque «esa
otra cosa» a la que alude el tesoro es precisamente el Reino de los Cielos,
la única realidad que justifica la venta de todo lo que uno tiene para poder
formar parte de él, como afirma Jesús más adelante, dirigiéndose a un joven
rico: «Ve, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el
cielo. ¡Luego ven y sígueme!» (Mt 19,21).
Del mismo modo, aquí Jesús revela al oyente de
entonces, al igual que a nosotros hoy, que el reino de Dios es el tesoro que no
tiene precio y, precisamente por eso, para adquirirlo hay que despojarse de
todos los bienes, las riquezas y las propiedades. De hecho, si estas cosas
están presentes en la vida del ser humano y reinan sobre él, impiden
precisamente que Dios reine (cf. Mt 6,24: «¡No podéis servir a Dios y a Mammón, el
ídolo de la riqueza!»).
Por otra parte, ya en el Sermón de la Montaña Jesús
había advertido con claridad: «No acumuléis tesoros en la tierra, donde la
polilla y el óxido los consumen y donde los ladrones los fuerzan y los roban;
acumulad, en cambio, tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido los
consumen y donde los ladrones no los fuerzan ni los roban. Porque donde esté tu
tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,19-21).
Quien quiera seguir a Jesús y formar parte del Reino
venidero, debe despojarse de todo lo que tiene, de aquello que en la vida
humana es seguridad y garantía.
Esto se puede hacer si se comprende el misterio del
Reino de los Cielos confiado precisamente a los discípulos (cf. Mt 13,11) y si
se es consciente de que se lleva este tesoro en vasijas de barro, mostrando así
que proviene de Dios y no de nosotros mismos (cf. 2 Cor 4,7).
Algo similar le ocurre también a un comerciante que,
en el ejercicio de su oficio, descubre un día una perla de inmenso valor. Como
buen comerciante, se dedica a la búsqueda de perlas preciosas, pero incluso él
se sorprende y se maravilla al encontrar esta perla única. ¿Cómo hacer para
poseerla? Vende todos sus bienes y la compra, porque a sus ojos tiene un valor
inestimable: merece la pena venderlo todo, sacrificarlo todo por esta realidad
descubierta y valorada como incomparable.
Ambas parábolas tienen como verdaderos protagonistas a
los objetos, el tesoro y la perla, que se apoderan de los dos hombres, los
atrapan y determinan sus acciones. Al mismo tiempo, precisamente, ambas ponen
el énfasis en las acciones, es decir, en la respuesta humana ante el don
inconmensurable del reino de los cielos.
Sí, nos encontramos ante el radicalismo evangélico de
Jesús, que nos pide que nos despojemos para acoger el Reino. Y hay que prestar
atención: no se trata de despojarnos solo al inicio del seguimiento, de una vez
por todas, sino de renovar cada día esta renuncia, en situaciones diferentes y
en distintas etapas de la vida.
Durante el camino de la vida, de hecho, aunque al
principio nos hayamos despojado de lo que teníamos, seguimos recibiendo muchas
cosas y adquiriendo otras. La ambición de poseer es una amenaza que siempre se
opone al señorío del Reino de Dios sobre nuestra vida. Por eso, con gran
sabiduría, un padre del desierto advertía: «Debemos ejercitarnos en
despojarnos de lo que tenemos hasta la muerte, cuando se nos pida que digamos
“amén” al despojarnos de nuestra propia vida».
Esta exigencia radical nos da miedo, quizá hoy más que
nunca, inmersos como estamos en la sociedad del bienestar; pero si comprendemos
el don del Reino, la alegría de la Buena Nueva que es el Evangelio, entonces se
hace posible vivirla, precisamente en virtud de la gracia que nos atrae y nos
hace llevar a cabo lo que no querríamos ni seríamos capaces de realizar solo
con nuestras propias fuerzas.
Entonces podremos decir, junto con el apóstol Pablo: «Por
Cristo… he dejado todas estas cosas y las considero basura, con el fin de ganar
a Cristo y ser hallado en él» (Fil 3,7-9).
Y todo esto —no hay que olvidarlo— solo puede llevarse
a cabo animados por la alegría, aquella de la que Jesús nos habla
explícitamente al referirse al labrador. Quien sigue a Jesús, por tanto, no
dice: «He dejado», sino: «He encontrado un tesoro»; y no
humilla a nadie, no se siente mejor que los demás, sino que simplemente se
regocija por haber encontrado el tesoro. En última instancia, de hecho, la
medida de ser discípulo de Jesús es la pertenencia a él, no el desapego de las
cosas (que, en todo caso, es una consecuencia): ¡un verdadero seguimiento se
hace impulsado por la alegría!
La tercera parábola narra cómo «una red echada al mar recoge toda
clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla, se
sientan, recogen los peces buenos en cestas y tiran los malos. Así —explica
Jesús— será al final del mundo. Vendrán los ángeles y separarán a los malos de
los buenos, y los arrojarán al horno ardiente, donde habrá llanto y crujir de
dientes».
Hay un tiempo para pescar y un tiempo para evaluar las
diferentes calidades de los peces que han acabado en la red. Hay peces buenos y
peces malos, como en la comunidad cristiana, compuesta por hombres y mujeres «pescados»
a través del anuncio del Evangelio (cf. Mt 4,19) y reunidos en una comunidad
que no puede estar formada únicamente por puros y justos. Pero llegará el día
del juicio, y entonces habrá discernimiento: será la hora de la separación
entre los que participarán plenamente en el Reino y los que, habiendo elegido
la muerte, la saborearán…
Esta imagen nos asusta y no querríamos encontrarla
entre las palabras de Jesús: nos cuesta considerarla como Evangelio, como Buena
Noticia. Pero a través de esta última parábola, Jesús quiere darnos una
advertencia: él no destina a nadie a la muerte eterna, sino que nos advierte,
porque sabe que el juicio tendrá que producirse. Será en misericordia, pero
habrá, como confesamos en el Credo: «El Señor Jesucristo… vendrá en gloria para
juzgar a los vivos y a los muertos, y su Reino no tendrá fin». Por otra
parte, rechazar el don del Reino no puede equivaler a acogerlo: ¡es un don, es
gracia, es amor!
Al final de este largo discurso, Mateo recoge un
diálogo entre Jesús y sus discípulos: «¿Habéis comprendido todo esto? Le
respondieron: «Sí». Y él les dijo: «Por eso, todo escriba que se ha convertido
en discípulo del Reino de los Cielos es como un dueño de casa que saca de su
tesoro cosas nuevas y cosas antiguas».
Quien comprende estas parábolas de Jesús es como un
escriba que, al convertirse en discípulo de Jesús, posee un gran tesoro: el
tesoro de la sabiduría (cf. Sab 8,17-18; Pr 2,1-6), un tesoro inestimable e
inagotable (cf. Sab 7,14). Si un discípulo es consciente de este tesoro, por
don de Dios puede sacar de él cosas nuevas y cosas antiguas, porque reconoce en
cada palabra del Antiguo y del Nuevo Testamento a «Jesucristo, la Sabiduría de Dios»
(1 Cor 1,24). «En Cristo», de hecho, «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría
de Dios» (Col 2,3).
Se trata simplemente de esto, de estar convencidos de
ello, de no cansarnos de gustar este tesoro día tras día. De hecho, es al
tesoro de Jesucristo, al tesoro que es Jesucristo, al que nos conduce toda
nuestra búsqueda: cuanto más pasa el tiempo, más nos damos cuenta de que es
siempre a Él a quien volvemos para contrastar nuestros pequeños pasos en la
adquisición de la sabiduría.
Es Él, su palabra, su sentir, su vida en nosotros, lo
que da fuerza a cada uno de nuestros caminos. Es Él quien, una y otra vez, dice
a nuestro corazón: «Rema mar adentro (cf. Lc 5,4), no te canses de buscar
(cf. Mt 7,7), abre tus horizontes, porque yo estoy siempre contigo (cf. Mt
28,20)».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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