Todo lo considero una pérdida… delante de este tesoro y de esta perla - San Mateo 13, 44-52 -
La sabiduría de Salomón, que se expresa en su oración, al pedirle a Dios un
corazón «capaz de escuchar» - «un corazón dócil» -, es decir, el discernimiento para juzgar y
gobernar; la sabiduría de Jesús, que se expresa en su hablar en parábolas, pero también la sabiduría de los
protagonistas de las parábolas del tesoro y de la perla (cf. Mt 13,44-45), que
se manifiesta en su discernimiento
y en su rápida decisión; y, por último, la sabiduría del «escriba que se ha convertido en
discípulo del Reino y que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas»
(Mt 13,52). La sabiduría no es maniquea, no elimina lo antiguo en favor
exclusivo de lo nuevo ni se aferra obstinadamente a lo antiguo por temor a lo
nuevo, sino que hace de lo nuevo la reinterpretación de lo antiguo y de lo
antiguo el fundamento de lo nuevo.
La sabiduría es el arte de orientarse en la vida, el
arte de gobernar el timón de la nave: «El hombre sabio sujetará firmemente el timón»
(Pr 1,5 LXX). Es el arte del barquero, de quien gobierna, de quien instruye, de
quien enseña, es decir, de quien entrega símbolos y claves hermenéuticas de la
realidad.
Pero es, ante todo, el arte de quien se gobierna a sí
mismo: una tarea de la que nadie puede permitirse sustraerse. Arte que se
alcanza mediante el laborioso conocimiento de uno mismo: «El verdadero comienzo para crecer
en virtud es conocerse a uno mismo. Quien se conoce a sí mismo es el único
dueño de sí mismo y, sin tener un reino, es verdaderamente un rey»
(Pierre de Ronsard).
Es el arte del que hoy, en medio del desconcierto y la
desorientación en que vivimos, tenemos gran necesidad.
Hoy resuenan con dramática actualidad las palabras de
Thomas Stearns Eliot: «¿Dónde está la Vida que hemos perdido al
vivir? ¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento? ¿Dónde
está el conocimiento que hemos perdido en la información?» (La Roca).
Ahora bien, la sabiduría, ese arte de vivir que sabe
atesorar la experiencia, esa comprensión de uno mismo en relación con el mundo,
con los demás y con Dios, nace del movimiento fundamental de la escucha. No hay sabiduría sin
escucha. No en vano, el texto paralelo de 1 Reyes 3,9, que se encuentra en 2
Crónicas 1,10, dice que Salomón pidió «sabiduría y conocimiento», y la
respuesta de Dios en nuestro pasaje litúrgico consiste en el don de «un
corazón sabio e inteligente» (1 Reyes 3,12).
En la relectura del pasaje de 1 Reyes que aparece en
el libro de la Sabiduría está escrito: «Oré y se me concedió la prudencia; invoqué,
y vino a mí el espíritu de la sabiduría» (Sab 7,7). Para la Biblia, el
sabio es también aquel que reza, que reconoce su propia pequeñez y sus
carencias, las pone ante Dios y se atreve a pedir.
La lógica desconcertante de las parábolas nos obliga a
comprender que ese tesoro escondido en el campo y esa perla preciosa por la que
un hombre se despoja de todo con tal de poseerla remiten a algo que, en sí
mismo y por sí mismo, es motivo de vida y de alegría, y da vida a quienes los
han encontrado.
¿No es el mismo Jesús quien, en otro pasaje, se dirige
al joven rico que se le había acercado y le había preguntado qué debía hacer
para alcanzar la vida eterna, y le dice: «Ve, vende todo lo que tienes, dáselo a los
pobres y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme» (Mt
19,21)?
Aunque la primera parábola habla de un hallazgo
fortuito, no fruto de una búsqueda, en el caso del tesoro en el campo, mientras
que la segunda tiene como protagonista a un buscador («un mercader que busca perlas
preciosas»: Mt 13,45), ambas comparten, sin embargo, el elemento de la sorpresa. También el buscador
queda sorprendido e impresionado por el extraordinario valor de la perla con la
que se ha topado. Tanto es así que la reacción de los dos protagonistas es la
misma: van, venden todos sus bienes y compran lo que han encontrado.
Y aunque solo en la primera parábola se especifica la
alegría que inunda a quien ha descubierto el tesoro («lleno de alegría», sin
duda podemos extenderla también al mercader protagonista de la segunda
parábola.
Esto es lo que ocurre cuando el Reino de los Cielos
(13,44.45) se convierte en un encuentro entre Dios y el hombre. Se produce un
acontecimiento transformador que trastorna la vida de una persona, llenándola
de alegría y orientando su camino, dándole un sentido y una dirección, un sabor
y un gusto, un significado y una plenitud incomparables: de cada uno de los dos
protagonistas de las parábolas se dice que, una vez hecho el descubrimiento, «se va»
(13,44.46).
El «Evangelio», el anuncio gozoso y que
suscita alegría, logra orientar el deseo, dar un futuro, dejar entrever un
horizonte, poner en marcha vidas, empujar a la locura de quien elige perderlo
todo con tal de sumergirse totalmente en la novedad de vida que se le ha
presentado de repente. ¿No es acaso esta la experiencia que Pablo expresa con
las vibrantes y apasionadas palabras de su carta a los cristianos de Filipos?
Pablo escribe: «Todo lo considero una pérdida a causa de la grandeza del conocimiento
de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he dejado de lado todas estas cosas y las
considero basura, para ganar a Cristo… Ciertamente no he alcanzado la meta, …
pero me esfuerzo por correr para conquistarla, porque yo también he sido
conquistado por Cristo Jesús» (cf. Fil 3,8.12).
Esto es lo que ocurre cuando Dios llega a reinar sobre
una persona. He aquí la sabiduría loca, he aquí la locura sabia que suscita el
valor de dejarlo todo, de despojarse de todo lo que hasta ese momento
constituía la propia vida, de abandonar toda seguridad y partir, en una especie
de renovación del gesto de Abraham, quien, dejando toda seguridad, «partió
sin saber adónde iba» (Heb 11,8).
La parábola siguiente (13,47-50), la séptima y última
del capítulo 13 del Evangelio de Mateo, retoma imágenes tomadas del mundo de la
pesca.
Habla de una red de arrastre que captura todo tipo de
peces, que luego los pescadores distinguen entre «buenos» y «malos»:
los primeros se ponen en las cestas, los segundos se tiran.
La parábola se explica en referencia al fin del mundo
y al juicio final. Así, la perspectiva escatológica, el punto de vista del fin,
se convierte en el ángulo desde el que considerar el presente.
La actitud sapiencial puede tener su origen
precisamente en la consideración de la historia y de la vida cotidiana
partiendo de la perspectiva de su fin. Entonces, el presente y la experiencia
que en él podemos vivir adquieren todo su peso al ser captados en su
relatividad y en su valor, en su precariedad y en su singularidad irrepetible.
Se convierten en el fragmento en el que podemos vivir el todo que da sentido y
dirección, sabor y gusto, significado y plenitud a nuestros días.
Al igual que un maestro pregunta a sus alumnos al
final de la clase, ahora Jesús pregunta a los discípulos si han comprendido «todas
estas cosas». Su respuesta afirmativa los confirma como destinatarios
de los misterios del Reino de Dios: sus ojos han visto y sus oídos han
escuchado el anuncio del Reino por parte de Jesús, tanto en el discurso
parabólico como en las obras del Mesías («lo que oís y veis»: Mt 11,4).
Ellos han visto y oído lo que los profetas y los
justos no pudieron ni ver ni oír. Este es el novum, las cosas nuevas a cuya luz se leen ahora las
antiguas. Jesús, sabiduría de Dios personificada («la sabiduría ha sido reconocida
justa por las obras que realiza»: Mt 11,19), da cumplimiento a lo
antiguo renovándolo en su persona.
Y el escriba cristiano (cf. Mt 23,34) está llamado a
la tarea sapiencial y profética de integrar lo nuevo y lo antiguo: una
operación en la que lo nuevo es la expresión actual de lo antiguo y lo antiguo
es el fundamento de lo nuevo. Un principio que se aplica al Antiguo Testamento,
releído y actualizado en el Nuevo, pero también a las propias palabras
evangélicas, que deben ser reformuladas en cada época de manera nueva. También
hoy.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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