lunes, 6 de julio de 2026

Una sorpresa que excede toda expectativa - San Mateo 13, 44-52 -.

Una sorpresa que excede toda expectativa - San Mateo 13, 44-52 -

 

Las dos parábolas —muy breves—, la parábola del tesoro (Mt 13,44) y la de la perla (Mt 13,45-46), suelen presentarse como parábolas gemelas. Pero, junto a las analogías que saltan a la vista ya en una primera lectura, también hay que percibir las diferencias que una lectura atenta pone de manifiesto entre ambas.

 

Ambas hablan del «Reino de los cielos», pero con imágenes diferentes.

 

Cabría preguntarse por qué proliferan las imágenes parabólicas para hablar de la única y misma realidad del Reino de Dios. No basta con una sola parábola para hablar del Reino, porque las parábolas no definen el Reino, que, precisamente, está más allá de toda definición.

 

Las parábolas, en cambio, por un lado, aluden a esa acción de Dios que excede la medida —tanto de lo razonable como de la imaginación— humana y, por otro, evocan su impacto en los seres humanos.

 

Por lo tanto, solo una pluralidad de parábolas puede dar cuenta adecuadamente de una realidad que excede la medida humana. Las parábolas deben, por tanto, narrarse una junto a otra y una tras otra para evocar, en su pluralidad, el acontecimiento inagotable del Reino de Dios.

 

Así como existe una pluralidad de Evangelios y no uno solo, así existe una pluralidad de parábolas y no una sola. Y así como los Evangelios presentan aspectos diferentes y en tensión entre sí, las parábolas no deben limitarse a sumarse unas a otras, sino completarse entre sí, corregirse entre sí, desplegar sus peculiaridades y diversidades, sugiriendo al lector-oyente una pluralidad de caminos por los que Dios se manifiesta al hombre y por los que el hombre puede acoger la irrupción de Dios en su vida.

 

En definitiva, este pluralismo respeta y honra el misterio de Dios y de los seres humanos. Honra la pluralidad de las formas de la presencia de Dios en la historia.

 

En ambas parábolas, el hombre que ha «encontrado» un tesoro o una perla reacciona ante tal descubrimiento vendiendo todo lo que tiene para adquirir ese bien. Pero el hombre que encuentra el tesoro lo encuentra sin buscarlo, mientras que el comerciante que encuentra la perla de gran valor es un buscador: él «va en busca de perlas hermosas».

 

Lo fundamental, y común a ambas parábolas, es el «encontrar», el hallazgo, no en el sentido de recuperar lo que se había perdido (como en la parábola de la oveja perdida y de la moneda perdida: Lc 15,4-7.8-10), sino en el sentido del descubrimiento, de un novum que irrumpe en la vida y en la historia de una persona y que tiene el poder de trastornar y transformar su existencia. En la primera parábola, sin embargo, este hallazgo parece fortuito, mientras que en la segunda se produce tras una búsqueda. Y si la búsqueda denota una carencia y una sed, tiene que ver con el deseo.

 

El efecto sorpresa del hallazgo parece, por tanto, mayor en la primera parábola, donde, de hecho, a diferencia de la parábola de la perla, se especifica la reacción emocional de quien ha encontrado el tesoro y, «lleno de alegría, vende todos sus bienes y compra aquel campo».

 

En la segunda parábola, el hallazgo va precedido de la búsqueda, pero la perla encontrada sorprende al propio buscador. Él buscaba perlas hermosas y ahora encuentra una perla de un valor inestimable. La parábola presenta el paso de las muchas perlas a la única y exclusiva perla cuyo valor supera al de todas las demás. Se pasa de un orden de tipo cuantitativo a uno cualitativo. La perla encontrada supera la propia búsqueda del mercader, excede sus expectativas y parece hacer innecesaria la búsqueda de otras «perlas hermosas».

 

La parábola no dice qué hace este hombre con la perla encontrada, cómo la utiliza, sino solo que adquiere para él un valor inmenso: tiene valor en sí misma, hasta tal punto que vende todo para comprarla. Es como si, metafóricamente, nos encontráramos aquí ante el descubrimiento de aquello que da valor a todo, ante el sentido que da sentido a todos los sentidos que podemos atribuir a la vida. Este descubrimiento transforma también la búsqueda y el deseo del buscador: tiene un valor transformador.

 

Al encontrar la perla de gran valor, el comerciante encuentra algo más que lo que buscaba. Quien busca, desea, y quien desea, imagina el objeto de su deseo. Aquí, la perla encontrada opera para este hombre el paso de la imaginación a la realidad y le conduce a una transformación existencial. A una convulsión existencial.

 

Ambos protagonistas de las dos parábolas, para acoger lo que han encontrado, se ven abocados a un despojo, a una desposesión: venden todos sus bienes. Comprendemos que detrás del tesoro y de la perla se esconde el propio Evangelio, el tesoro por el que vale la pena venderlo todo, dejarlo todo y seguir a Jesús.

 

Lo que en la parábola se expresa con el verbo «encontrar», en otros pasajes del Evangelio se expresa con el verbo «encontrarse». ¿Acaso no le dirá Jesús al joven rico con el que se había encontrado: «Ve, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme» (Mt 19,21)?

 

Llegados a este punto, podemos volver a comprender las dos parábolas ayudándonos de una antigua invocación: «Tú eres el tesoro, Tú la perla preciosa; oh Señor, Tú me has encontrado a mí, no yo a Ti; Tú me has conquistado y me has atrapado, no yo a Ti; oh mío, yo soy tuyo».

 

El verdadero protagonista de las parábolas no es el hombre que compró el campo ni el mercader que compró la perla, sino precisamente el tesoro, precisamente la perla preciosa; ellos son la luz que da un nuevo sentido y orientación a la vida y en nombre y en vista de la cual se puede vender todo, abandonar todo. Y hacerlo con alegría.

 

La radicalidad cristiana es auténtica si está sellada por la alegría. Es más, la alegría es constitutiva de esa radicalidad, porque esta debe vivirse como gracia y en la renovación de una gratitud cotidiana: estamos agradecidos de estar en la alegría.

 

La experiencia de quien encuentra el tesoro o la perla y lo vende todo por ellos es la experiencia de quien escucha la palabra de Dios que le dice: «Tú eres precioso a mis ojos y yo te amo» (Is 43,4).

 

Este amor es el secreto de la alegría de la radicalidad de una vida cristiana; este amor es el bien precioso que hay que custodiar y salvaguardar; es este amor del Señor y por el Señor el que puede renovar vidas tentadas por la vejez, el cansancio, la insensibilidad, el cinismo, la indiferencia y la desmotivación. A nosotros, que en la oración le decimos al Señor:

 

«Tú eres mi Señor, no hay bien para mí fuera de ti» y «Tú eres mi único bien» (Sal 16,2), y también «En ti, oh Dios, se alegra mi corazón, se regocija mi alma» (Sal 16,9), se nos pide que pongamos a prueba si Cristo habita en nosotros (cf. 2 Cor 13,5). Y esto se debe a que moramos donde está nuestro tesoro: es el tesoro el que nos sitúa, el que nos define. Si Cristo habita en nosotros, nosotros moramos en Cristo y entonces podemos regocijarnos con una alegría inefable en el camino hacia el Reino. Solo hay que redescubrir cada día lo precioso que es el don recibido, luchando contra la tentación de lo banal, de lo dado por sentado, de lo «todo es debido».

 

Una tercera parábola sigue a las del tesoro y de la perla. Se trata de nuevo de una parábola del Reino, pero expresada con imágenes tomadas del mundo de la pesca (Mt 13,47-48). Esta nueva parábola también tiene algo que enseñarnos sobre el Reino de Dios.

 

La imagen es la de unos pescadores que, con una red de arrastre echada en el lago de Genesaret (llamado «mar» en Mt 13,1 y 4,18), recogen todo tipo de peces. Una vez arrastrada la red a tierra, se realiza una selección entre los peces buenos y los malos, es decir, los comestibles y los impuros o no comestibles.

 

Los primeros se recogen en cestas; los segundos se desechan. Los versículos 49-50 proponen una interpretación escatológica de la parábola: se habla expresamente del «fin del mundo» (o de la historia) y, retomando esencialmente el momento de la selección de los peces, se anuncia la realidad del juicio final.

 

Esta parábola, la séptima y última del capítulo 13 del Evangelio de Mateo, presenta la perspectiva del juicio final como un punto de vista que sugiere al lector la gravedad y la seriedad de la situación, así como la urgencia de tomar una decisión en el presente histórico. Ante el Reino de Dios que se ha manifestado en la persona y en el ministerio de Jesús, es necesario tomar una decisión para orientar la propia vida siguiendo los pasos del rabino de Nazaret.

 

El discurso en parábolas concluye con una pregunta de Jesús a sus discípulos sobre la comprensión de «todas estas cosas» (v. 51; cf. Mt 13,34), es decir, los «misterios del Reino de los Cielos» (Mt 13,11).

 

La respuesta afirmativa de los discípulos los asemeja a la semilla sembrada en tierra buena: de hecho, este «es el que escucha la palabra y la comprende» (Mt 13,23). La réplica de Jesús es quizás una forma discreta en la que Mateo pone su firma y se presenta a sí mismo como un escriba convertido en discípulo de Jesús, aquel que es el Reino de Dios en persona.

Pero esta palabra se convierte también en una invitación a la sabiduría dirigida al discípulo, para que sepa integrar lo nuevo y lo antiguo, en la que lo nuevo es la expresión actual de lo antiguo y lo antiguo es el fundamento de lo nuevo.

 

Un principio que sin duda se aplica al Antiguo Testamento, releído y actualizado en el Nuevo, pero también a las propias palabras evangélicas, que deben ser re-expresadas en cada época de una manera nueva. También hoy.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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