Cuando oréis…
Basta que aprendáis a respirar…
1.- Hay que respirar siempre.
Respiramos sin interrupción.
A veces respirar se vuelve fatigoso y a veces lo hacemos sin darnos cuenta, a veces respiramos con alegría y a veces con dolor, pero nunca dejamos de hacerlo y, por muy ocupados que estemos, una parte de nosotros, incluso considerable, siempre está ocupada respirando.
Así debería ser con la oración, no una actividad entre otras, sino el «alma» en el que se desarrollan todas nuestras actividades, el entorno vital en el que nos movemos y existimos, como dice San Pablo, citando al poeta estoico Arato, a los atenienses: «En Él nos movemos y existimos».
Al igual que la respiración, antes de ser una actividad consciente, la oración es una necesidad misma de la vida, el presupuesto de nuestra existencia como seres conscientes. Somos seres humanos porque oramos…
2.- Hay que inspirar y espirar.
Al igual que la respiración, la oración también se compone de dos movimientos: inspiración y espiración, invocación y alabanza.
Con demasiada frecuencia reducimos la oración al solo momento de la inspiración, queremos llenarnos de Dios, de sus dones, de su Gracia, pero si todo esto no se convierte en alabanza, si nunca nos lleva a salir de nosotros mismos, entonces permanece estéril y no da ningún fruto espiritual auténtico.
La alabanza es decirle a Dios «cuán hermoso eres», es perderse en el gigantesco Tú que está frente a nosotros, como un enamorado se pierde en la mirada de la otra persona enamorada, es dejar de lado a uno mismo y sus propias necesidades, poniendo en el centro de la atención a Dios y solo a Dios, es la afirmación necesaria y definitiva de que Dios no es un ente filosófico, ni siquiera una energía cósmica, sino una persona amorosa.
Alabar es devolver a Dios lo que se ha recibido, es gritar que la vida es un don, es proclamar solemnemente la belleza de todo lo que existe, es la primera ascética y la primera evangelización, es el gesto que más que ningún otro nos caracteriza como creyentes, es el deber de la gratitud, el Gracias que da principio a nuestra existencia.
3.- Hay que respirar por la nariz (y cerrar la boca).
La nariz filtra el aire que respiramos y permite que el oxígeno llegue directamente a los pulmones, mientras que por la boca también respiramos muchas impurezas nocivas. Del mismo modo, debemos aprender a filtrar lo que entra en nuestro espíritu.
No digo que debamos vivir sin entrar en contacto con el mal, lo cual sería, en primer lugar, imposible y, en segundo lugar, contrario a nuestro mandato de testigos, pero no debemos permitir que el mal con el que convivimos contamine nuestro aire, debemos tratar, en la medida de lo posible, de respirar aire puro, es decir, de alimentar la mente y el corazón con verdad y benevolencia.
Nada contamina más el aire espiritual que nos rodea que la mentira y la malicia. ¡No les demos espacio en nuestra conciencia!
Un buen consejo es prestar atención a los primeros pensamientos de la mañana: nada más despertarnos, antes de dedicarnos a nuestra agenda diaria, ocupemos nuestra mente en Dios, llenémosla de Él.
De esta manera, en primer lugar, la mente, casi inconscientemente, seguirá «masticando» esos primeros pensamientos durante el resto del día, y luego, si los malos pensamientos intentan entrar, encontrarán el «espacio» ocupado y vigilado.
4.- Hay que respirar con respiraciones lentas y profundas.
Una respiración apresurada o agitada es una mala respiración, lo mismo ocurre con la oración.
La oración requiere calma, tranquilidad y tiempo. Ciertamente, es verdad que hay que orar siempre, incluso cuando se está agitado o apresurado, pero como no se puede vivir siempre agitado, porque tarde o temprano el corazón cede, así también si nuestra oración nunca tiene momentos de calma y profundidad, el oxígeno no circula bien en nuestro organismo espiritual y nuestra capacidad de amar se ve afectada, hasta el punto de detenerse por completo, casi como si no rezáramos en absoluto.
La realidad nunca es obvia, nunca es banal, ¿cómo podría serlo si es un don de Dios? Si a veces nos parece así es solo porque no nos hemos dado el tiempo suficiente para mirarla con atención, para ver a través de ella al Dios que viene.
Esto es la meditación, no la lectura de un libro, sino la lectura del libro de la vida. Los libros pueden ayudar, pero si no conducen a la vida son un obstáculo en lugar de una ayuda.
Oramos como respiramos, oramos siempre, profundamente y con calma, purificando nuestros pensamientos, alabando e invocando. Por eso nuestra oración, la vuestra y la mía, es un gran himno a la vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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