lunes, 24 de agosto de 2026

La brújula eclesial: el Concilio Vaticano II.

La brújula eclesial: el Concilio Vaticano II 

Se sabe que, a veces, surgen razonamientos, proyectos y reflexiones que, con la paciencia del tiempo siguientes, quedan totalmente relegados. «Nada nuevo bajo el sol», dirá alguien. «Hay que hablar de algo», exclamará otro. 

El debate surgido a raíz de las consagraciones episcopales de los lefebvrianos del lejano mes de julio… adquirió una densidad por lo menos inquietante en lo que respecta a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, hasta el punto de que algunos comentaristas planteaban la hipótesis de una aceptación limitada —y limitante— de los documentos de la última asamblea conciliar. 

Una vez reconocida la legitimidad de toda perspectiva, basada en el principio del primado de la conciencia acogido por la Gaudium et spes y la Dignitatis humanae, conviene reflexionar sobre las cuestiones que están en juego. 

Con el Concilio Vaticano II, la Iglesia entró —¡¡¡por fin!!!— en la modernidad con una actitud amable, dialogal, fraterna hacia el mundo. 

Lejos de la formulación de excomuniones típicas del pasado, el estilo eclesial está orientado de manera constitutiva a acoger «las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy» (Gaudium et spes, 1). 

Y esto conduce a una Iglesia extrovertida, o «en salida», por decirlo con las palabras del Papa Francisco, lo que perfila un auténtico cambio de paradigma arraigado, por un lado, en la misión evangelizadora y, por otro, en lo que afirma el número 6 del decreto Unitatis redintegratio: «La Iglesia peregrina está llamada por Cristo a esta continua reforma de la que, como institución humana y terrenal, siempre tiene necesidad». 

Desde esta perspectiva, el compromiso con la fraternidad universal constituye la postura eclesial destinada a sostener ese humanismo pleno sobre el que escribirá, a partir del Concilio Vaticano II. En consecuencia, la comunidad de creyentes está llamada a vivir la ley del amor para transformar el mundo y no para condenarlo. 

Así pues, el Concilio Vaticano II, además de delinear la identidad de la Iglesia, expone las consecuencias de su acontecimiento en el aquí y ahora de la historia. Está claro que, como precisa el Concilio, la comunidad de los discípulos de Jesús nunca deberá confundirse con la realidad de la política. 

Pero, respetando la diversidad, la Iglesia colabora en la edificación del bien común, empezando por la proclamación del derecho a la libertad religiosa y la búsqueda de la justicia entre los pueblos. 

Para el Concilio Vaticano II, la labor de evangelización y de transformación del mundo la lleva a cabo todo el Pueblo de Dios —constituido en un 99,9 % por laicos—, cuyo punto de partida es la misión dirigida a todos y todas sin distinción. 

La época de una Iglesia-ciudadela fortificada que había que defender de las hordas mundanas y bárbaras ha llegado definitivamente a su fin. 

Dado que la misión es la prerrogativa principal de todo creyente, se llega al redescubrimiento de la mayoría de edad del sujeto del laicado, que abre —y debería abrir cada vez más— espacios inéditos para la asunción de funciones pastorales y la reforma de las comunidades locales. 

Además, con el Concilio Vaticano II —y, en particular, a través de la Gaudium et spes—, la Iglesia toma conciencia de la importancia de la pluralidad para comprender, a nivel antropológico y sociológico, la complejidad de la humanidad. De hecho, esa constitución pastoral sobre la relación entre la comunidad eclesial y el mundo reconoce la variedad de modelos políticos y económicos para tender hacia el bien común. 

Desde esta perspectiva, los documentos del Concilio Vaticano II han reforzado la capacidad del anuncio cristiano para entrar en sinergia con el discurso cultural y público de la modernidad. 

En este sentido, la Iglesia, con el fin de la salvación de los hombres, está dispuesta a entablar diálogo con todos a través de la actitud de aprendizaje. Esto, además de discernir el carácter histórico del mundo, permite a los creyentes interpretar y reconocer la llegada del Reino en los pliegues y las llagas de la historia. 

El legado del Concilio Vaticano II no representa una opción teológica y pastoral negociable, sino la brújula para orientar el camino de la Iglesia en la complejidad del tiempo presente. 

En una época marcada por las tentaciones identitarias, la lección conciliar reafirma con fuerza su permanente actualidad. Elegir el camino del diálogo, de la corresponsabilidad laical y de la fraternidad universal significa encarnar esa actitud de escucha y discernimiento capaz de percibir los signos de los tiempos y de servir a la humanidad herida. 

La intuición de una comunidad eclesial llamada a reformarse y a abrirse al mundo no es un simple impulso idealista, sino una tarea histórica que no puede posponerse. Repensar el anuncio cristiano en la gramática de la modernidad y del humanismo pleno sigue siendo el único camino fecundo para dar testimonio del Evangelio hoy. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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