¿Qué cristianismo?
Existe una línea de pensamiento que impregna la mentalidad de algunos cristianos que desearía que la Iglesia se dedicara exclusivamente a actos «explícitamente religiosos».
La sospecha es que este tipo de pensamiento no es
exclusivo - y quizá ni siquiera principalmente - de quienes ejercen el
ministerio ordenado, sino que tiene raíces profundas en no pocos creyentes más
o menos comprometidos con las comunidades cristianas.
Animar la liturgia, cuidar el canto sacro y cultivar
las devociones tendrían así la prioridad absoluta en la escala de urgencias,
hasta el punto de relegar a un segundo plano cualquier otra acción pastoral.
Y sabemos bien que todo lo que ocupa el segundo lugar
corre el riesgo de caer en el olvido o incluso de ser menospreciado.
El orden de la lista de prioridades eclesiales no es
una cuestión de gustos o de sensibilidades personales.
Tampoco se trata de un problema exclusivo de los «expertos
en la materia».
Lo que está en juego no es el aspecto estético de una celebración ni la cantidad de tiempo que se dedica a una tarea en lugar de a otra, sino la forma de ser Iglesia y de entender la propia naturaleza de la identidad cristiana.
¿Qué fe es la de los cristianos? ¿En qué creen,
quiénes son y qué buscan? ¿Y qué Dios es aquel al que invocan?
Estas son las preguntas necesarias para no hundirse en un debate estéril en el que «progresistas» y «tradicionalistas» se sitúan en los extremos de un ring, listos para un combate cuyo único objetivo es aniquilar y humillar al adversario.
Una facción de acérrimos defensores de la «tradición» (aunque sería mejor hablar de «tradiciones») se erige con determinación en defensa de las procesiones, los cantos en latín, los rosarios, las estampitas...
Para estos cristianos «íntegros», la máxima
referencia doctrinal sería el Catecismo de la Iglesia Católica y cualquier
forma de interpretación – mediación - diálogo con la historia es una pérdida de
tiempo inútil.
Casi parece que el aparato exterior de la religión
católica - entendido como la práctica consolidada en Europa occidental desde el
Concilio de Trento hasta principios del siglo XX - sea más relevante que el
estudio de la Biblia, que la interpretación de la historia como espacio
teológico, que el encuentro con una humanidad de hermanos y hermanas bajo el
signo del diálogo y la fraternidad.
Se trata de una corriente de pensamiento y de acción
que, de buen grado, daría la espalda a las grandes intuiciones del Concilio
Vaticano II.
La excomunión de los obispos ordenados en Suiza por la
Fraternidad San Pío X a principios de julio causó un gran revuelo. Los
lefebvrianos, firmes opositores a las reformas más recientes del catolicismo,
han provocado un cisma.
Pero, ¿cuántos simpatizantes hay también en nuestras
parroquias hacia esa forma de entender y practicar la fe y hacia todo el
aparato coreográfico que la rodea?
En una época que admira las identidades fuertes y las tomas de posición rotundas- “prietas las filas” que dice un buen amigo mío -, una forma eclesial de tendencia sectaria y muy agresiva ejerce su encanto sobre diversas personas.
Es el equivalente al canto de las sirenas para Ulises, del que hay que defenderse no con tapones de cera y cuerdas, sino con el poder del espíritu crítico y con la fidelidad a las raíces de la fe.
¿Qué piensa de la importancia de la fraternidad, o del
compromiso con los pobres y con la justicia, quien hace un guiño al sentimiento
religioso «tradicional» y mira con recelo el diálogo de la Iglesia con el
mundo?
¿Es este el horizonte en el que reconocemos nuestro
futuro como creyentes: orientado a la afirmación de uno mismo y en lucha contra
todo lo que es diferente?
Sí, hay otra interpretación que seguramente trata de
ser coherente con el estilo del Maestro venido de Nazaret, que se acerca a las
personas y las escucha, que interactúa con gente como Zaqueo el publicano, la
samaritana en el pozo de Sicar, la mujer cananea que pide la liberación de su
hija del mal…
El propio Jesús nutre una clara y expresa desconfianza
hacia los autoproclamados sabios de Israel: fariseos, escribas y otras
autoridades a las que a menudo se acusa de «hipocresía».
Hay distintas formas de decirse discípulos del único
Maestro. El reto de este tiempo para las comunidades a las que pertenecemos es
decidir cuál es el camino que los cristianos pueden recorrer.
Hay una búsqueda que realizar sin olvidar el principio
fundamental que nos dejó Jesús: «En esto conocerán todos que sois mis
discípulos: si os amáis los unos a los otros» (Jn 13,34).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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