martes, 8 de septiembre de 2026

A la altura de lo pequeño, a la grandeza del suelo, a la gloria de lo humilde.

A la altura de lo pequeño, a la grandeza del suelo, a la gloria de lo humilde

Al recordar el nacimiento de María, a nosotros, al igual que aquel día a José, se nos repite: No temas acoger a María.

 

Sabemos lo que significó para José aceptar esta invitación del ángel.

 

Pero, ¿qué podría significar para nosotros?


En primer lugar, aprender a acoger la falta de armonía y la contradicción.

 

Habríamos esperado quién sabe qué relato del momento en que la Madre del Señor vino al mundo. Y, en cambio, nada de eso.

 

En una larga lista de nombres que va desde Abraham hasta José, María casi se pierde. Pero precisamente esa lista de nombres —la mayoría de los cuales… resultan tan inadecuados para la generación del Hijo de Dios— nos ofrece un dato con el que esta fiesta nos pide que nos midamos: el entramado de nuestras vivencias, a veces desarmónicas y contradictorias, nunca representa un impedimento definitivo para que Dios lleve a buen término su plan de salvación para la humanidad.

 

Solo se llega a esta toma de conciencia gracias a la fe, que es precisamente la capacidad de conciliar la promesa de Dios con aquello a lo que nos enfrentamos humanamente cada día.

 

Seguramente María se preguntó cómo conciliar lo que el ángel le había anunciado sobre aquel niño: será grande, será llamado Hijo del Altísimo… y, por ejemplo, aquel nacimiento fuera de casa.

 

Él, el cumplimiento de las expectativas de Israel, rechazado precisamente por su propio pueblo.


¡Qué contradicciones! Y, sin embargo, el designio de Dios sobre la historia se cumple siempre a través de lo humanamente irreconciliable.

 

Todo se reinterpreta como una pieza que, poco a poco, va componiendo lo que más le importa a Dios: una humanidad reconciliada. Y, en ese sentido, cada nacimiento representa el nuevo injerto que Dios realiza en el tronco de la humanidad: una nueva posibilidad ofrecida para que la vida supere las resistencias y las dificultades.

 

De verdad, «todo contribuye al bien de quienes aman a Dios» (Rom 8,28). Nuestra vida, por muy pobre y frágil que sea, no está marcada por el azar y mucho menos abandonada a merced del caos. Una atención amorosa acompaña los pasos de nuestro deambular…

 

¡Qué bonito sería poder continuar esa genealogía hasta llegar a nosotros!

 

Todos nuestros nombres se iluminan con ese fruto maduro, que es el Dios con nosotros, el Dios mezclado con nosotros. Esta larga genealogía que llega hasta mí me habla de la fidelidad de Dios a nuestra tierra, a nuestra humanidad.

 

Por eso no puedo caer en actitudes de desesperación. Si Dios es fiel a mi tierra, no puedo desesperar de los hombres y las mujeres de hoy. Dios vincula el milagro de su presencia a la cotidianidad de mis días y a la sucesión de nuestros nombres.

 

Luego, aprender a concebir nuestra vida como una experiencia a través de la cual el Señor Jesús pueda tener derecho a permanecer en la historia.

 

Una normalidad transparente, la de María. Nada excepcional en sus días. Solo una gran disposición a confiar en una palabra que venía de otro lugar distinto a sus planes y proyectos. Casi una especie de inconsciencia la suya, ¡y sin embargo, qué bien le permitió no complicarse la vida con razonamientos vacíos!

 

Tomar a María consigo significa también no escandalizarse ante la propia pequeñez y la de los demás.


El Evangelio nunca muestra ningún atisbo de vergüenza por la medida de la pequeñez cuando esta se manifiesta, ya sea en el plano de la cantidad o en el de la eficiencia.

 

¿Qué era María y quién era María en relación con aquello para lo que se le pedía? Y, sin embargo, es por ese camino por donde Dios se ha abierto paso en la historia de la humanidad.

 

Nuestras proyecciones siempre nos han llevado a pensar en Dios como algo que trasciende cualquier medida. Y, sin embargo, Dios se muestra desde siempre «convertido» al encanto de la pequeñez. Incluso se vacía de sí mismo.

 

Nada del Altísimo puede conocerse sino a través de lo Infinitamente Pequeño, a través de este Dios a la altura de un niño, este Dios pegado al suelo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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