lunes, 2 de febrero de 2026

El Evangelio es cuestión de atracción - San Mateo 5, 13-16 -.

El Evangelio es cuestión de atracción - San Mateo 5, 13-16 -

La luz como responsabilidad de los creyentes. La fe está llamada a convertirse en luz. Sabiendo bien que la luz no pertenece al creyente y que él solo puede acogerla y reflejarla.

 

Y Mateo subraya que la luminosidad del creyente se manifiesta en obras de justicia y caridad, en una manera evangélica actuar. Por eso su Evangelio subraya que la luz de los creyentes se traduce en obras buenas.

 

La exhortación a hacer el bien es ante todo una invitación a luchar: luchar para vencer la tentación de una ascética y una mortificación que son fines en sí mismas, que alejan de la relación con los demás y por tanto de la caridad y la justicia.

 

Es una invitación a luchar contra la tentación de la facilidad, la superficialidad y la fealdad en las que a menudo caemos sin siquiera darnos cuenta, y a oponernos a ellas con acciones bellas, es decir, sabias y sabrosas («ser sal»), cálidas y luminosas («ser luz»).

 

La luz de los creyentes debe brillar en esta historia que a menudo se percibe como opaca y en esas relaciones que a veces se consideran un obstáculo para una cualidad espiritual.

 

La luminosidad de los creyentes debe, por tanto, declinarse como belleza, pero una belleza que conjuga la dimensión estética y la dimensión ética y que encuentra su momento más alto en hacer el bien a quienes nos han hecho el mal, en responder con mansedumbre a las ofensas recibidas.

 

Las obras «bellas» de las que habla Jesús se arraigan en el corazón del creyente y suponen un trabajo interior.

 

El Evangelio ya había dicho que Jesús había comenzado a irradiar su luz en la zona de Galilea: «El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz» (Mt 4,16). Ahora, después de presentar a Jesús proclamando las bienaventuranzas, Mateo muestra a los discípulos y a las multitudes que escuchan la luz. Solo escuchando la palabra luminosa de Jesús se llega a ver su luz. Es gracias a la escucha de su palabra que los discípulos pueden ser llamados «luz del mundo» y «sal de la tierra».

 

En la simbología bíblica, la luz es un atributo de la palabra de Dios: «Tu palabra es lámpara para mis pasos, luz en mi camino» (Sal 119,105). «Luz» es la primera palabra que sale de la boca del Dios creador (Gn 1,3). Y el mismo Jesús, «luz del mundo» (Jn 8,12), transmite su luminosidad a quienes aceptan dejarse guiar por su palabra a través de la escucha que se convierte en seguimiento.

 

«El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). La escucha y el seguimiento transmiten la luz al discípulo, que se convierte en un reflejo de ella y, a su vez, puede irradiarla.

 

Es significativo que estas palabras de Jesús a los discípulos, tan importantes y constitutivas sean imágenes: sal, luz y luego ciudad. Es un lenguaje simbólico y metafórico que no define ni norma con precisión los deberes y las tareas, sino que constituye un cauce en el que moverse, una dirección a seguir, un espacio en el que sumergirse. Y esto para que la presencia y el testimonio de los cristianos en el mundo tengan sentido.



Las imágenes de la sal, la luz y la ciudad remiten en su conjunto a lo que podemos llamar «sentido».

 

Mateo ha especificado que el discurso de Jesús en la montaña es una enseñanza y enseñar tiene que ver con el sentido, en todos los significados que tiene esa palabra y que están bien expresados por las metáforas de la luz, la sal y la ciudad.

 

Como luz, los creyentes recorren un camino y señalan una vía, una dirección. Su presencia tiene una importante dimensión ética. La luz, que permite ver y dar forma a las cosas, también tiene un valor significativo.

 

Como sal, dan sabor y dan gusto a la vida. Su presencia está llamada a ser sabrosa, no insípida, y tiene un valor estético en cuanto evocación y testimonio de la belleza.

 

En cuanto a la ciudad situada en una montaña, su sentido es el de atraer, orientar el deseo, proporcionar una meta al camino de los seres humanos. Así, simboliza la tarea de la Iglesia, que es «crecer no por proselitismo, sino por atracción» (Papa Benedicto XVI).

 

Lo que llama la atención en las imágenes utilizadas por Jesús es que todas ellas ponen de relieve la posibilidad del fracaso: la sal puede volverse «insípida» y una sal insípida no sirve para nada. La lámpara puede ponerse bajo el celemín y dejar de iluminar; una ciudad puede permanecer oculta y dejar de cumplir su función de acoger y ser habitada.

 

Jesús vislumbra la posibilidad de la insignificancia en la que pueden acabar los cristianos.

 

En este sentido esta página evangélica hasta puede reflejar gran parte de la situación actual de los cristianos en el mundo, o al menos en los países de antigua cristiandad.

 

¿Dónde está hoy el poder de atracción de la Iglesia? ¿Dónde está la promesa de vida, de sentido y de felicidad para las personas, en particular para las generaciones jóvenes? ¿Dónde y cómo es la Iglesia hoy sal? Es decir, ¿capaz de infundir sabor y dar belleza y gusto a la vida? ¿Y dónde y cómo es luz? Es decir, ¿dónde y cómo es capaz de indicar caminos a seguir, abrir el futuro y la esperanza, abrir senderos de sentido? A menudo nuestras iglesias se presentan como debilitadas, cansadas, sin pasión, agotadas, desgastadas.

 

La imagen de la sal que se ha vuelto insípida va acompañada de la constatación de que «ya no sirve para nada». Y no es de extrañar que la presencia cristiana a menudo solo suscite indiferencia. ¿Qué se necesita?

 

No se trata de indicar «cosas que hay que hacer», sino actitudes que hay que adoptar: valentía, imaginación, creatividad. Es decir, inteligencia creativa. La luz y la sal también indican inteligencia.

 

Y la inteligencia se atreve con valentía a afrontar los cambios, reconociendo que no se puede pretender que las cosas cambien si se sigue pensando de la misma manera de siempre y haciendo las mismas cosas de siempre.

 

La inteligencia analiza las situaciones y se atreve a imaginar soluciones inéditas, arrojando rayos de luz en zonas de sombra en las que se avanza a tientas. La inteligencia se atreve a dar forma creativa a modos de presencia, a lenguajes, a contenidos que traducen el evangelio eterno en el hoy histórico.

 

Quizás así podamos redescubrir lo que significan esas palabras: «Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo».



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


 

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