De Donald Trump o la banalidad
Hay épocas en las que la crisis no adopta la forma de
un acontecimiento, sino la de una permanencia. Nada explota, nada interrumpe el
curso de las cosas y, sin embargo, algo ya se ha retirado hasta desaparecer.
Las instituciones siguen funcionando, el lenguaje
sigue circulando, el poder se sigue ejerciendo.
Lo que falta no es el funcionamiento, sino el sentido.
Esta es la disfunción sin acontecimiento: una
condición en la que el mundo no se acaba, pero deja de tener valor.
El rasgo decisivo de esta condición no es el caos,
sino la equivalencia. Todo puede ponerse en el mismo plano porque nada tiene ya
fundamento. Las diferencias no desaparecen, pero dejan de importar.
La verdad y la mentira, la decisión y la reacción, el
juicio y la opinión se vuelven intercambiables, no porque sean idénticos, sino
porque el mundo ha perdido la capacidad de distinguirlos.
La equivalencia no es igualdad: es indiferencia
estructural.
En este régimen, el poder ya no necesita pensar. No
planifica, no orienta, no fundamenta: simplemente ocupa.
Ocupa el espacio discursivo, la atención, el tiempo.
Gobierna no a través de la decisión, sino a través del
flujo.
No es un poder fuerte, sino un poder vacío, que
obtiene su eficacia de la ausencia de criterios, de la suspensión del juicio,
de la renuncia al pensamiento.
Las fracturas del orden internacional no son más que
una manifestación de esta condición.
La crisis de las alianzas, la imprevisibilidad de las
grandes potencias, la transformación de la cooperación en instrumento de
presión no solo indican un cambio geopolítico. Señalan la disolución de un mundo
compartido.
El orden basado en normas no se ha derrumbado: ha
dejado de creer en sí mismo. La fuerza que lo sostenía ya no organiza el mundo,
sino que lo expone a una desarticulación permanente.
Donald Trump no es el origen de esta disfunción. Es su figura reveladora. Modélica. Paradigmática.
No introduce una nueva ideología, no funda un nuevo
orden, no inaugura una ruptura histórica. Más bien muestra que la ruptura ya se
ha producido.
Su lenguaje carente de interioridad, su acción sin
duración, su poder sin pensamiento no son desviaciones, sino formas coherentes
con un mundo ya vaciado.
El verdadero umbral no fue su elección, sino el
descubrimiento de que el vacío podía gobernar.
Lo que inquieta no es el exceso, sino la banalidad.
Un poder que no necesita justificarse porque nada pide
ya justificación.
Un lenguaje que no persuade porque ya no apunta a la
verdad, sino a la presencia.
Una política que no decide porque reacciona.
La disfunción se vuelve normal precisamente porque no
aparece como tal. Simplemente funciona.
Esta lógica atraviesa Occidente en su conjunto.
En Europa de manera emblemática se manifiesta como un
aplanamiento simbólico: la sustitución de la acción por el reconocimiento, del
proyecto por la imagen, del sentido por la visibilidad.
La política renuncia a fundar el mundo y se limita a
exponerse a la mirada de los medios de comunicación y de las redes sociales.
Todo es el síntoma de una política que ya no sabe
producir valor y trata de aparentar. La apariencia de lo políticamente correcto
de las buenas formas sustituye a la responsabilidad.
No es astucia, sino adaptación al régimen del vacío.
No existe un retorno posible a la normalidad. Lo que
se querría restablecer ya está sostenido por la inercia más que por el
pensamiento.
El problema no es lo que salió mal, sino lo que siguió
funcionando sin sentido.
La disfunción sin acontecimientos no se corrige con
reformas técnicas ni con cambios de liderazgo.
Pensar, aquí, no significa producir soluciones inmediatas, sino reabrir la posibilidad de la reflexión.
Devolver peso a las palabras y, de paso, límite al
poder.
Reconstruir un mundo en el que algo cuente más que
otra cosa.
Mientras todo sea equivalente, nada es responsable.
Figuras como Donald Trump no son accidentes de la
historia democrática, sino revelaciones históricas.
Muestran lo que sucede cuando el pensamiento se retrae
y el mundo del sentido común pierde consistencia.
La verdadera amenaza no es el desorden, sino un orden
sin sentido.
Y contra esto no basta con oponerse: hay que volver a
pensar.
Y esto, me temo, no es fácil ni sencillo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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