domingo, 1 de febrero de 2026

De Donald Trump o la banalidad.

De Donald Trump o la banalidad

Hay épocas en las que la crisis no adopta la forma de un acontecimiento, sino la de una permanencia. Nada explota, nada interrumpe el curso de las cosas y, sin embargo, algo ya se ha retirado hasta desaparecer.

 

Las instituciones siguen funcionando, el lenguaje sigue circulando, el poder se sigue ejerciendo.

 

Lo que falta no es el funcionamiento, sino el sentido.

 

Esta es la disfunción sin acontecimiento: una condición en la que el mundo no se acaba, pero deja de tener valor.

 

El rasgo decisivo de esta condición no es el caos, sino la equivalencia. Todo puede ponerse en el mismo plano porque nada tiene ya fundamento. Las diferencias no desaparecen, pero dejan de importar.

 

La verdad y la mentira, la decisión y la reacción, el juicio y la opinión se vuelven intercambiables, no porque sean idénticos, sino porque el mundo ha perdido la capacidad de distinguirlos.

 

La equivalencia no es igualdad: es indiferencia estructural.

 

En este régimen, el poder ya no necesita pensar. No planifica, no orienta, no fundamenta: simplemente ocupa espacio y titulares.

 

Ocupa el espacio discursivo, la atención, el tiempo.

 

Gobierna no a través de la reflexión, sino a través del flujo, también de las salidas de tono.

 

No es un poder fuerte, sino un poder vacío, que obtiene su eficacia de la ausencia de criterios, de la suspensión del juicio, de la renuncia al pensamiento.

 

Las fracturas del orden internacional no son más que una manifestación de esta condición.

 

La crisis de las alianzas, la imprevisibilidad de las grandes potencias, la transformación de la cooperación en instrumento de presión no solo indican un cambio geopolítico. Señalan la disolución de un mundo compartido.

 

El orden basado en normas no se ha derrumbado: ha dejado de creer en sí mismo. La fuerza que lo sostenía ya no organiza el mundo, sino que lo expone a una desarticulación permanente.


Donald Trump no es el origen de esta disfunción. Es su figura reveladora y ejemplar. Modélica. Paradigmática.

 

No introduce una nueva ideología, no funda un nuevo orden, no inaugura una ruptura histórica. Más bien muestra que la ruptura ya se ha producido.

 

Su lenguaje carente de interioridad, su acción sin duración, su poder sin pensamiento,..., su verborrea infinita no son desviaciones, sino formas coherentes con un mundo ya vaciado.

 

El verdadero umbral no fue su elección, sino el descubrimiento de que el vacío podía gobernar.


Y ese vacío fue elegido democraticamente por millones de personas, por la mayoría de electores del país de las libertades y del progreso.

 

Lo que inquieta no es el exceso, sino la banalidad.

 

Un poder que no necesita justificarse porque nada pide ya justificación.

 

Un lenguaje que no persuade porque ya no apunta a la verdad sino a la presencia y al titular.

 

Una política que no reflexiona porque se limita a reaccionar.

 

La disfunción se vuelve normal precisamente porque no aparece como tal. Simplemente funciona.

 

Esta lógica atraviesa Occidente en su conjunto.

 

En Europa de manera emblemática se manifiesta como un aplanamiento simbólico: la sustitución de la acción por el reconocimiento, del proyecto por la imagen, del sentido por la visibilidad, de la verdad por la propaganda, de la honestidad por la estrategia...

 

La política renuncia a fundar el mundo y se limita a exponerse a la mirada de los medios de comunicación y de las redes sociales.

 

Todo es el síntoma de una política que ya no sabe producir valor y trata de aparentar. La apariencia de lo políticamente correcto de las buenas formas sustituye a la responsabilidad éticay moral.

 

No es astucia, sino adaptación al régimen del vacío.

 

No existe un retorno posible a la normalidad. Lo que se querría restablecer ya está sostenido por la inercia del exabrupto - salida grosera de tono - más que por el pensamiento de la reflexión ponderada.

 

El problema no es lo que salió mal, sino lo que siguió funcionando sin sentido.

 

La disfunción sin acontecimientos no se corrige con reformas técnicas ni con cambios de liderazgo.


Pensar no significa producir soluciones inmediatas, sino reabrir la posibilidad de la reflexión.

 

Pensar es devolver peso a las palabras y, de paso, límite al poder.

 

Reconstruir un mundo en el que algo cuente más que la nada multiplicada por cero.

 

Porque mientras todo sea equivalente, nada es responsable.

 

Figuras como Donald Trump no son accidentes de la historia democrática, sino revelaciones históricas.

 

Muestran lo que sucede cuando el pensamiento se retrae y el mundo del sentido de más elemantalmente humano pierde consistencia.

 

La verdadera amenaza no es el desorden, sino un orden sin sentido, el vacío a la enésima potencia.

 

Y contra esto no basta con oponerse: hay que volver a pensar.

 

Y esto, me temo, no es fácil ni sencillo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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