domingo, 1 de febrero de 2026

Vic (Barcelona), una ciudad bella a la medida humana.

Vic (Barcelona), una ciudad bella a la medida humana

Hay algo silenciosamente inquietante en la estética del mundo contemporáneo.

 

Las ciudades funcionan, los objetos son eficientes, los espacios responden a criterios racionales y medibles. Y, sin embargo, cada vez más a menudo, carecen de belleza. 


No son feos en un sentido provocativo o expresivo, sino simplemente pobres, escuetos, anónimos. No son bellos. ¿Esta progresiva renuncia a la belleza está relacionada con una pérdida de espiritualidad?

 

La estética moderna es fruto de una necesidad concreta: hacer más con menos y a menor coste. El siglo XX, marcado por las guerras y las reconstrucciones, impuso la velocidad y la estandarización.

 

El mundo soviético, por ejemplo, era un ejemplo emblemático: edificios macizos, repetitivos, sin ornamentación, diseñados para responder a necesidades colectivas inmediatas y extremadamente prácticas. No estaban diseñados para gustar, sino para contener y durar.

 

En un contexto diferente, pero con resultados similares en definitiva, la lógica capitalista del máximo beneficio ha producido objetos y arquitecturas funcionales, pero a menudo estéticamente insignificantes. El criterio dominante ya no es un resultado grato, sino el beneficio en términos de coste y, por lo tanto, la eficiencia.


No hay nada intrínsecamente negativo en ello: el pragmatismo es una virtud cuando evita el despilfarro y responde a necesidades reales. Pero reducir el entorno humano a la mera funcionalidad significa olvidar que el ser humano no vive solo de pan, en un momento histórico, en Occidente, en el que no es el estómago el que tiene hambre, sino el espíritu. 


El espacio que habitamos educa nuestra mirada y moldea nuestra forma de estar en el mundo.

 

La cuestión se vuelve aún más compleja en el ámbito artístico. El arte contemporáneo ha declarado a menudo haber superado la belleza. La armonía, la proporción y el placer se han percibido como engañosos, consoladores, incapaces de decir la verdad de un mundo herido.

 

Pero, ¿se trata realmente de una superación o más bien de una pérdida de contacto con lo sublime? Lo sublime no es simplemente lo que es bello, sino lo que excede, lo que desorienta, lo que abre una brecha hacia lo más allá. 


Si la sociedad pierde el sentido de una realidad que trasciende lo útil y lo calculable, también el arte deja de buscarla. En este sentido, el arte no traiciona la belleza: registra fielmente la dirección tomada por un mundo desencantado... que se aleja de la medida humana...

 

En una cultura dominada por el rendimiento, el espacio para la introspección se reduce. La belleza requiere tiempo, silencio, disponibilidad interior,…, todos ellos elementos percibidos como improductivos y, por lo tanto, inútiles. La belleza no es eficiente. La belleza tampoco es medible.


Pero sin lugares y formas que favorezcan la contemplación, el alma se atrofia. La fealdad nunca es neutra: acostumbra al descuido y acaba haciendo aceptable la indiferencia. Los entornos deshumanizantes no solo afectan a la vista, sino también a la forma en que nos percibimos a nosotros mismos y a los demás.

 

Pienso y escribo esta reflexión después de más de un año de vida en mi nueva ciudad de Vic (Barcelona): una ciudad a la medida humana.


Durante siglos, las ciudades buscaron también la belleza como vía privilegiada hacia lo trascendente. Quizás por ostentación, pero también para suscitar el asombro, la percepción de la grandeza del Dios que las habitaba y de la creación. La belleza era lenguaje humano. También teológico.

 

Algunas urbanizaciones contemporáneas, en cambio, adoptan una estética austera, a veces brutal: hormigón, volúmenes anónimos, indiferencia… Las razones son conocidas: contención de costes, funcionalidad... pero el resultado es a menudo un espacio que cuesta que llegue a la medida del corazón.

 

El problema no es elegir entre belleza y funcionalidad, entre esplendor y sobriedad. El problema es preguntarse si nuestro mundo, tan eficiente, todavía deja espacio para la belleza… para el misterio...

 

La belleza no salva… pero abre espacios de contemplación. No sustituye a la espiritualidad… pero la prepara predisponiendo el alma. 


Y quizás la verdadera pregunta no es si necesitamos la belleza para encontrar el misterio... sino si, sin belleza, corremos el riesgo de olvidarnos de buscarlo.


Por eso, hoy prefiero Vic (Barcelona) para vivir.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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