Un lenguaje para cada vida: la profecía de Pentecostés
En la hermosa imagen que nos transmiten los Hechos de los Apóstoles, con esas llamas que iluminan a todos los presentes —los Apóstoles, María y las demás mujeres (Hch 1,14)—, —, mientras «estaban todos juntos», es hermoso ver cómo se manifiesta la consecuencia de ese don del Espíritu: la capacidad de «hablar en otras lenguas», según la capacidad que el mismo Espíritu concedía.
Y es en ese hablar en lenguas donde «partos,
medos, elamitas» y otros entienden y comprenden, sintiendo que hay una
palabra para ellos, que una voz les concierne. Cada uno, en la diversidad de
procedencias, culturas y orígenes, se siente de alguna manera reconocido, se
percibe como destinatario de un mensaje.
Mientras que en Babel la multiplicidad de lenguas
había generado confusión y falta de comprensión, aquí hay, en cambio, un inicio
de unidad, sin uniformidad: cada rostro tiene una historia, y la palabra
pronunciada se refiere a esa historia, una historia que, nos recuerda San Pablo,
se sacia en el mismo Espíritu, aun en la riqueza cambiante de las existencias.
Y aun en la diversidad de relatos de Pentecostés —el Evangelio
de san Juan o el relato de san Lucas— es hermoso notar cómo el Espíritu llega
como un don allí donde las puertas estaban cerradas; miedos, temores,
desorientaciones, incertidumbres, decepciones son esos cerrojos que cierran las
puertas del lugar donde se encontraban los discípulos. Pero el Espíritu llega,
el Espíritu no se detiene, el Espíritu regenera.
¿Creemos en esta Palabra? ¿Acaso debemos preguntarnos por qué hoy nos cuesta tanto hablar las lenguas de los hombres, por qué nuestro esfuerzo no logra sintonizarnos con los «partos, medos y elamitas» que habitan nuestro tiempo; por qué nuestro decir parece a menudo infructuoso?
Quizá tengamos miedos y temores, incertidumbres y
decepciones; pero el Espíritu llega, reconforta, consuela, abre, fecunda.
Y a partir de ahí, si realmente nos volviéramos más
dóciles, si confiáramos menos en nosotros mismos y más en el Espíritu de vida,
quizá a partir de ahí podríamos volver a intentar caminos de reconocimiento de
los demás, podríamos intentar formular palabras que nuestros contemporáneos
puedan entender.
¿Pero somos al menos conscientes de que
nuestra lengua es poco entendida, poco comprendida?
¿Somos conscientes de que en nuestro tiempo,
tiempo de conflictos y de lenguas utilizadas como medio de violencia, nos haría
falta una lengua que una, una lengua de humanidad, sin dejar de custodiar las
diferencias?
De alguna manera, la Iglesia, incluso en su dimensión
más cotidiana, si se convirtiera en una comunidad que una sin querer uniformar,
que valore la pluralidad de carismas sin extender un velo de conformismo,…,
podría ser un lugar de profecía para el hoy… si realmente, más allá de la
retórica, fuera capaz de hablar un lenguaje para cada uno, un lenguaje para
cada vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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